martes, 28 de febrero de 2017

2005


















DESDE DENTRO 















ANTXON RABELLA



















SUSANARENTZAT, BETI SUSANA………

         Para SUSANA












































Y para Jon, Guille, Josemi, Rober, Mari José, Patxi, Miguel, Carlos, Ibon,  Javi, Korito, Aritz, Josune, Maite, Raul, Txoni, Joni, Lourdes, Vicente, Ana,  Arantxa( auxiliar primera planta de San Juan de Dios, por cinco minutos de abrazo), Ion, Milagros, Maria, María Rosa, Kontxi, Xabier,Oier, Edurne, Eneko, Maite, Inaxio, Unai, Saioa, Mikel, Jokin, Asier, Joaquin, Mila, Rachel, Javi Laínez, Timo, Aita, Ama, y otros cuantos buenos elementos que no me vienen ahora (Pero vendrán demasiado tarde)  a la mente.



























Breve Introducción




Este es un escrito (novela no creo, tampoco ensayo, que cada uno le ponga el tipo de nombre que quiera, yo le llamo escrito) deliberadamente autobiográfico. Un amigo mío lo calificó de demasiado autobiográfico. Yo, francamente, no sé dónde está la barrera entre alguien bueno y demasiado bueno, o entre autobiográfico y demasiado autobiográfico. Que nadie espere acontecimientos muy universales por tanto. Puede que en la mente de algunas personas el escrito chirríe por eso o produzca pudor. Por aquello de que “algunas cosas no se cuentan”. Ya, pero este es mi escrito; me lo publiquen o no, y si ni siquiera aquí puedo ser libre…
 Que nadie busque tampoco muchas coherencias temporales por cierto, porque no las hay.
 Por otro lado no hay nada como convivir con uno mismo todo el tiempo como para que ese uno no se dé cuenta de que no es interesante. Las cosas que han ocurrido a mi alrededor, por circunstancias que enseguida se conocerán, si podrían ser interesantes.


“I can’t do a love song like the way it’s meant to be” Mark Knopfler.
  “No puedo hacer una canción de amor como se dice (o se supone) que debe hacerse”


     



































1





--La verdad es que, bueno, ya conocemos a Sebastián, en fin, hay que tener en cuenta la clase de persona con la que estamos tratando aquí. Hablamos de alguien con una personalidad tremendamente manipuladora y absorbente. Una persona complejísima y con conflictos emocionales extremos, un border-line que se diría. Aquí mismo tengo unos diagnósticos de psiquiatras jóvenes -al decir esto hizo una mueca claramente despreciativa- que, en fin, son algo inconexos y especulativos, pero remitiéndome a lo principal, sabemos que Sebastián es un gran maquinador inconsciente de ideas paranoicas, colocándose en el límite de los sentimientos propios y ajenos, especialista en chantajes emocionales,  con una forma de ser tremendamente ambigua y...
            La doctora Eguiguren siguió un buen rato hablando en términos parecidos sin dejarme intervenir en ningún momento. No me podía creer lo que estaba escuchando ¿Estaba refiriéndose al Sebas que yo conocía y conozco, o estaba hablando de otro paciente, equivocándose con el nombre y hasta con los amigos y familiares que fuimos al psiquiátrico a informarnos? ¿Se había tomado algo? ¿Por qué no me dejaba intervenir?
Una de las cosas que más me molestaba de lo que decía era la manera en que lo hacía; con un lenguaje absurdamente recargado en una conversación que debía ser totalmente clara y concisa, al menos a mi entender, y sin abstracciones (¿qué demonios querría decir “colocándose en el límite de sentimientos propios y ajenos”?) que no venían a cuento en absoluto. Me dejaron asombrado las inflexiones en su tono de voz, a modo de sensacionalista presentadora de telediario que informa de algo terrible. Pero lo más hiriente de todo no eran las  formas, sino el hecho de que estuviera hablando tan mal de Sebas (si es que realmente hablaba de él). Él era y es mi amigo y le conocía y conozco mucho mejor de lo que la psiquiatra pudo haberle conocido a través de informes  de colegas o en un par de consultas, en las cuales Sebas no estaba en el mejor momento para ser conocido o analizado y menos para ser juzgado. Pero es que yo dudaba, insisto, y todavía dudo de si Eguiguren no estaba equivocándose de paciente al hablar de Sebas. El bueno de Sebas era y es, desde mi muy subjetiva posición (téngase en cuenta que es uno de mis mejores amigos) todo lo contrario del ser que Eguiguren estaba describiendo.
Todas las palabras de la psiquiatra me parecían crueles además de falsas. Sebas, una de las personas más buenas que conozco, el más leal amigo de sus amigos, ni manipulador ni absorbente... Desde luego no más manipulador o absorbente de lo que podemos ser todos. Cómo gusta dramatizar. Esa maldita grandilocuencia de los dramas. Eguiguren estaba hablando de mi amigo como si éste fuera una de esas personalidades en cuyas póstumas biografías, el morbo y el sensacionalismo más cruel hacen que dichos personajes aparezcan ante la opinión pública representados poco menos que como auténticos monstruos.
 Pero yo pensaba en la indefensión de Sebas en aquel momento (ingresado en el maldito psiquiátrico) en todos sus miedos, algunos de los cuales yo compartía, en su impotencia, parte de la cual también compartía, en su dolor, que sería mucho más grande que el mío; recordaba su sonrisa amistosa, sus bromas, su camaradería, su interés y su apoyo cuando me veía pasar por un mal trance. Se me olvidaban en ese momento sus defectos pero éstos quedaban empequeñecidos de todas formas por sus virtudes. Un ser incapaz de matar a una mosca y obsesionado con ser feliz ¿Dónde estaba el crimen? En la cruel enfermedad.
Me molestó mucho, también, (y es que, en aquellos días, lo reconozco, yo era un campo abonado para todo tipo de irritabilidad o molestia) que la chica de la portería del psiquiátrico no me dejara entrar en tan agradable lugar para ver a mi amigo, argumentando que los que habían estado ingresados alguna vez allí, como era mi caso, no podíamos entrar a visitar a nadie. En fin, que fue una tarde llena de irritabilidades ante hechos un tanto absurdos. Sólo conseguimos hablar con la doctora Eguiguren y me tuve que marchar sin ver a mi amigo.
Era un viernes de noviembre que recuerdo demasiado bien. Sé que volvía a mi casa con la sensación  de no haber hecho nada de provecho. Había ido al hospital a enterarme de cómo estaba mi amigo y  me encontré con una doctora aficionada a las frases impactantes. Sólo más tarde me enteré, gracias a las palabras del mismo interesado, cómo estaba Sebas en aquellos momentos. Sufrió una pequeña (de duración, no de intensidad) crisis paranoica o para entendernos todos mejor, estaba convencido de que le iban a torturar y a matar de un momento a otro y por eso vivió dos días literalmente aterrorizado. Da igual que todo estuviera sólo en su imaginación, pues él vivía la situación  como algo cierto; su miedo y terror era más real que todo lo demás, independientemente de que fuera irracional. El tema puede parecer cómico al que observe estas cosas sin conocerlas y de lejos, pero aseguro que yo no le veo la gracia por ningún lado; el cerebro le puede jugar una mala pasada de éstas a cualquiera. Sí, digo bien, a cualquiera. Bioquímica cerebral pura en caótico funcionamiento; en este caso, por lo menos en este caso, no creo en un trastorno psicológico de personalidad como origen de la paranoia, sino que ésta se produjo como consecuencia de un mal funcionamiento del organismo (aunque sobre este tema hay teorías contrapuestas) Neurotransmisores (sustancias del sistema nervioso circulando entre las neuronas) cumpliendo incompetentemente sus funciones regulares. Pues Sebas tenía y tiene una cabeza muy lúcida y no le había sucedido nada grave en el tiempo anterior al ingreso. Justo  un mes antes estuve en su casa y él estaba de lo más animado. Los dos lo estábamos, ignorando lo que vendría en unos días.
Pero hasta el día siguiente al monólogo de la Dra Eguiguren no supe lo que realmente le estaba ocurriendo a Sebas. Tras salir del psiquiátrico, iba en el tren hacia mi casa --oyendo una música que aquellos días se expandía por todas partes, que “ambientaba” el tren y que a mí particularmente me producía una irritación importante--  y no podía saber nada de lo que estaba pasando, sólo que, según la doctora, mi amigo estaba ‘muy mal’ y que la situación era ‘muy grave’(aunque yo no me creía que allí hubiera nada muy grave, sino sólo dramatismo malamente interpretado por Eguiguren, para justificar tratamientos  con medicamentos en  elevadas  dosis, seguro que con el inicial objetivo de “neutralizar el mal” y de paso, inevitablemente, al paciente; ese fatalismo en el diagnóstico era también una estrategia para cubrirse de gloria con futuros diagnósticos más positivos gracias a su, “acertada intervención”, o para confirmar lo acertado de su diagnóstico si los resultados eran malos.)
Una vez en casa, ese viernes por la noche, me empecé a entristecer sin remedio, y ya no recuerdo lo que hice (nada trascendental, seguro) hasta que me fui a la cama.
            Pero en la cama no pude dormir; el haber pisado el psiquiátrico nuevamente, aunque fuera sólo en su parte externa, me hizo recordar más cosas de las que hubiera querido.
Es curiosa la relación que algunos de los ingresados hemos tenido con el psiquiátrico. Cuando yo era todavía alguien relativamente normal (y ésta es una forma de lo más vulgar de entendernos, pues yo no creo en la gente normal) la sola palabra psiquiátrico me provocaba escalofríos; sólo tenemos referencias de lugares así por las películas (por los profesores de escuela no, desde luego) y también por “comentarios” sueltos oídos a quién sabe qué persona y en qué momento de la vida. Pero  por fuerza del espanto y la alarma ante lo aparentemente  terrible y desconocido, esos venenosos “comentarios” quedaban  muy grabados en la mente como únicos referentes de la palabra  psiquiátrico, y uno se los creía y se aterrorizaba sólo de pensar que algún día pudiera ser ingresado en un lugar así: lugar donde se entra pero no se sale; o si se sale, se sale peor; gritos, gente perdida en el infierno de sus cerebros, uno mismo perdido en su locura, en medio de la locura e histeria de otros, en el psiquiátrico.
La primera vez que me llevaron al mencionado lugar “maldito”, me sorprendió el hecho de encontrarme con tanto ingresado “normal y corriente” (siempre para entendernos la palabra “normal”) y desde el segundo ingreso el sitio pasó a ser como un refugio donde huir de mis tormentos, como una protección ante el dolor que sentía en sociedad (aunque ahora me dé cuenta de que no era la mejor protección precisamente.) Más tarde, después de repetir estancias y habiendo cogido el truco al lugar (otro decir) yo lo llegué a sentir como un centro rutinario.
Pero para  aquel viernes de noviembre (a quién le importa el año), incluso mucho antes, yo ya me creía, pobre de mí, curado de espanto del  tipo de situaciones por las que estaba atravesando Sebas. A mí ya me tocó vivir,  unos cuantos años antes, unas cuantas pruebas muy parecidas a las que se enfrentaba ahora él; en mi caso en forma de interminables depresiones. Pero ahora me creía totalmente curado de dichos trastornos, y un poquito de vuelta de todo, muy lejos de cualquier posible ingreso psiquiátrico. Esta última posibilidad se me hacía impensable. Además ya no dependía de ninguna medicación para llevar eso que se da en llamar vida normal. Vivía los días un tanto arrogantemente, como creyéndome con derechos especiales por las patadas que la vida me había propinado. Ingenuidad, ignorancia, arrogancia, etcétera.  
Aquella noche, y mientras esperaba inquieto en la cama a que el sueño me dejara inconsciente durante unas horas, rememoré, pausadamente y con imágenes mentales, mis cinco ingresos (estando seguro de que no iba a haber más) en un hospital de aquellas características, y la verdad, el recuerdo general (salvo un ingreso en el manicomio de Asteasu y otro en el que no pude conectar con la gente) no era muy desagradable. Sin embargo hubo algunas horas terribles, horas al límite de la cordura, horas imposibles.
Las emociones que se podían observar allí entre la gente, eran de todos los colores; eso sí, yo vi muy poco paciente agresivo. Gente que sonreía al pasar, gente con la que te cruzabas en tu infierno y que te mandaba una sonrisa o palabras de ánimo a pesar de estar ellas (más ellas que ellos en lo que a solidaridad en el dolor se refiere) en otro tipo de infierno pero infierno al fin y al cabo. Sonrisas y hasta momentos de risa seguidos de  lloros a escondidas.
Antes de que el sueño viniera en mi rescate, seguían llegándome a la mente, y ya en contra de mi voluntad, imágenes de aquellos primeros ingresos, una y otra vez;  daba vueltas en la cama sin poder dormirme y  me venían a la mente también,  como absurdas bombas, las contundentes frases de Eguiguren, con ese aire trascendente que se daba, y tenía ganas de reírme de sus ridiculeces: “hablamos de alguien con una personalidad tremendamente manipuladora (...) colocándose en el límite de sentimientos ajenos y propios”, me reía ya, hasta que tuve que pararme recordando lo trágico del asunto. Desde la calle llegaban sonidos de ambulancias y de tráfico nocturno, la habitación se me hacía extraña, no cogía postura y en una de estas me dormí. 
            El día siguiente, un sábado más. Me levanté a las diez. La mañana  era lluviosa, el cielo estaba oscuro, el mar muy enfadado. Empezamos bien, me dije. Para continuar y mientras desayunaba, fui visitado, sin previo aviso y a traición, por los recuerdos de los capítulos más desagradables de mi vida. De sopetón. Ya digo que tenía unos días muy poco divertidos en cuanto a estados de ánimo. Me iba poniendo de mal humor, y me proyectaba mentalmente en conversaciones con algunas personas que había creído tener olvidadas.
 Puse la radio y fue para peor, no ponían más que anuncios publicitarios y entonces me acordé inútilmente de los anuncios de la televisión que venía observando con algo de resignada impotencia y asco, hacía muchísimo tiempo. Los anuncios de televisión siempre han sido algo molestos para mí pero yo aquellos días me creía con derecho a protestar por ellos (a quién, no se sabe)  con el consiguiente desperdicio de energía.
 Vaya imaginación y vaya forma de insultarnos, pensaba. Está claro, me dije, que los psicólogos que más dinero ganan hoy en día, si tienen imaginación y no mucha más ética que la de enriquecer su cuenta corriente, son los publicistas. La única cosa que les diferencia de los psicólogos de consulta terapéutica es que éstos cobran por tratar de ayudar a otros mientras que aquéllos lo hacen para ayudar a que se venda algún producto y de paso cobrar cifras astronómicas por ello. Con lo rebuscado de muchos anuncios nadie podrá negar que los publicistas juegan con todos los aspectos más débiles de la psicología humana (magistral y cruelmente) para hacernos comprar sus mayoritariamente inútiles productos. Y caemos. Y compramos.
Y tras pensar todo ese rollo del párrafo anterior (esas ideas tan manidas que hoy me parecen carentes de toda novedad u originalidad) pensé sin embargo, que yo era inteligente por pensarlo. Y al  observar que pensé que yo era inteligente pensé que era un vanidoso. Y al darme cuenta de que me di cuenta de que era vanidoso por creerme inteligente volví a pensar que era inteligente y quizá humilde. Y al darme cuenta de que pensaba que era humilde al pensar que había pensado... ¡Ah! ¡Socorrooo!, sáquenme de aquí, esto es agotador. Era agotador.
            No debía de serlo mucho de todas formas (in-te-li-gen-te) pues no pude evitar que, rematando las tinieblas y comidas de coco de mi incansable e incontrolable mente en  aquella mañana gris, y  quién sabe por medio de qué asociaciones de ideas, me pusiera a pensar nada menos que en la muerte, en mi inevitable muerte, en mi cercana o lejana muerte, pero obviamente segura, esperándome tras el sudor de la vida.
 Rememoré de golpe una película que había visto recientemente. En un pasaje, el protagonista decía algo así como: “¿Y por qué tantos remilgos a la hora de hablar de algo que sucede todos los días y que va a sucedernos a todos? Por supuesto que es duro darse cuenta de que uno como individuo no es más que un diminuto eslabón en medio de las vidas de los millones que ya están bajo tierra y de los millones que todavía no son nada pero que serán todo cuando nosotros a su vez ya no existamos. Sí, nos causa terror, pero nada haremos con intentar engañarnos no hablando de lo inevitable de la muerte y pensando, secreta, infantil y absurdamente, casi inconscientemente, que no nos sucederá, o que mejor no pensar en ello porque ahora por lo menos todavía somos, y lo que importa es que ahora  brillamos, sentimos, sufrimos pero también disfrutamos y no queremos que nos amarguen el pastel...” (pienso en lo que ha quedado escrito entre comillas: las influencias pueden ser terriblemente eficaces y crueles al mismo tiempo cuando uno cree ser algo original; digamos que dichas influencias se tornan en parodia de uno mismo; perdona, todopoderoso Marías, no me impongas una dura penitencia; con tu indiferencia me conformaría; vuelvo a dar paso al narrador.)
           
Aseguro que tener buena memoria para pasajes de este tipo es una maldición, porque yo no quería acordarme en aquel momento de semejante perorata, y tal como decía aquel puntilloso personaje de la  película, yo no quería recordar la muerte, no en aquel momento, en el que tan indefenso me encontraba psicológicamente. Pero la memoria de las cosas más amargas era así de traidora conmigo aquellos días y venía a visitarme con frecuencia creándome un aturdimiento y un malestar tan grandes que perdía el norte por momentos. Me sentía con ganas de volver a la cama a pasar el día escondido entre las mantas.
Tuve la suerte de que hacia las dos de la tarde me llamara mi amigo Iñaki (amigo también de Sebas y también antiguo ingresado), con una buena noticia. Lo era el hecho de que tras una breve conversación que tuvo  con la doctora Eguiguren a última hora del día anterior, la psiquiatra había cedido al final para que Iñaki  y yo pudiéramos visitar a nuestro amigo en el Psiquiátrico. Al final, por lo visto, decidieron saltarse la norma con nosotros; quise pensar que la razón de ello obedecía a que la doctora nos consideró sujetos razonables; pero recordando lo poco razonable que ella nos pareció a nosotros, mejor era no hacer conjeturas y simplemente acudir a la cita con Iñaki, a las cinco de la tarde. Las visitas tenían lugar de cinco a siete  de la tarde.
            Cuando vimos a Sebas, nos sorprendió gratamente el hecho de encontrarle completamente calmado y diciéndonos estas palabras: ‘Lo más gordo ya ha pasado, ya estoy mejor y se me ha ido la paranoia. Qué horror, qué mal lo pasé, qué semana más horrorosa; estaba convencido de que me iban a matar. En fin, qué vergüenza me dan ahora algunas cosas que hice y dije como consecuencia del brote. Pero bueno, a ver cuando me dan el alta. Con esta medicación parece que voy bien’ Bien, bien, ésta era la situación tan delicada y terrible que la doctora nos había presentado nada menos que un día antes de  escuchar estas palabras de Sebas; he aquí a nuestro peligroso border-line en bata y zapatillas. De todas maneras no pude menos que alegrarme de verle tan tranquilo y tan sensato. Estuvimos con él las dos horas reglamentarias para las visitas, hablando de detalles insignificantes o de cosas que nos importaban mucho, de forma azarosa y parados en el tiempo de esas dos horas, en aquel lugar lleno de familiares y de gente (no me atrevo a decirlo categóricamente) ¿enferma?

             
            Con la alegría en el cuerpo salí a cenar con mis amigos hacia las nueve de la noche.  Todo me parecía bien; la irritación y la tristeza de la mañana habían dado lugar, tras la fresca transición de la tarde con Sebas recuperado, a un estado de risa fácil, de congraciarme con la vida, la cena, las bromas y la música. Me encontraba sin ninguna presión psicológica, despreocupado y feliz, y todo era fácil, todo era contrario al estrés. No bebí alcohol pero como si lo hubiera hecho pues tenía una sensación de tierna flojera interna, de insólita amistad con el mundo. Se puede decir que medio chocheaba, pero era tan agradable...
            La forma de meterme a la cama y de sentirme en ésta era completamente distinta a  la del día anterior. Me invadieron una calma y una alegría de dormir tremendamente agradables, acompañadas de un pensamiento semiconsciente que me aventuraría a decir que era del tipo de la insensatez que sigue: “si en realidad nada es tan difícil, si yo puedo con todo, si  todo es mucho más sencillo” No hace falta decir que con la realidad del  día siguiente desapareció inmediatamente esta especie de cómoda felicidad, de “irresponsable” ingenuidad que tan buenos momentos me dio antes de dormirme.

            Domingo. Y volvíamos a empezar el día con mis amargos despertares. Con mis despertares en la armada, hasta terminar de engullir el primer café tras el cual comenzaba a orientarme en la cocina. Y encima domingo. Yo odiaba  los domingos. Cómo los odiaba. Con todas mis fuerzas. Yo perdía fuerzas inútilmente con toda mi rabia y asco por algo tan estúpido como un día de la semana. Actualmente dicho día de la semana me es más indiferente y no permito que me deprima (aunque todavía sienta por él algo de nausea) pero es que entonces... y de entonces quiero hablar; sí, aquel ambiente mañanero de paseíllo, parques e iglesias, esa tontera general, esas comidas de compromiso, todos los sitios interesantes cerrados, esas tardes atrapadas entre la fiesta y el prólogo de otra dura semana de trabajo o de estudio, o de paro, o de inactividad desorientada (en mi caso) que se va acercando minuto a minuto, con lentitud pero con seguridad, esos partidos de fútbol por la radio... “goool en Anoeta, puritos rey, carrusel depresivo, ha habido penalti en el Camp Nou ¿no es así?” Y  tanta gente, tanta gente atolondrada, yo el primero, consumiendo cines de última hora y de insatisfacción.
El martes  por la tarde le dieron el alta a mi amigo y fui a su casa a estar con él. Sólo habían pasado cuatro días desde los terribles designios de la Dra. Eguiguren. Todavía no entiendo cómo demonios pudo suceder todo aquello.
A Sebas no le convenían de momento muchos trotes; estuvimos viendo la televisión, lo cual fue un error.  Lo que vimos en la tele fue básicamente esto:
             Una presentadora de rubia melena, aparentemente muy simpática, mira a la cámara y nos dice: “Nuestro siguiente invitado no sabía que estaba siendo infiel a su novia nada menos que con la madre y la tía de su pareja; sobre estas y otras cosas nos hablará él en un momento, pero déjenme que mientras, les aconseje sobre los beneficios que Abetás puede introducir en sus dietas para adelgazar” Esto último lo dice sin cambiar el tono ni la sonrisa con la que nos hablaba sobre nuestro siguiente invitado. Tras las frases publicitarias se produce la insólita conversación con nuestro siguiente invitado.
 Tras dicha conversación, y después de varios minutos de frívolas charlas y de un minucioso análisis sobre las razones del extraño comportamiento de cierto famoso; después de que los comentaristas “fiscales” del programa profundizaran muy severamente sobre temas a primera vista escandalosos y surrealistas; después de que varios de ellos escupieran verborrea vomitiva y agresiva por la boca...  pum. Se produjo un corte brusco, y en un especial avance informativo que interrumpe el programa, un presentador de noticias nos da cuenta de una catástrofe que acaba de ocurrir no muy lejos de nuestras casas.
El noticiario, tras el terrible informe, devuelve la conexión al programa que estábamos viendo y en éste, la presentadora de rubia melena, que nos mira a los televidentes con una cara muy seria de labios apretados que parecen querer indicar sobrecogimiento y terrible pesar, dice solemnemente que “son hechos terribles, que le dejan a una sin palabras, esperemos que el número de víctimas no vaya en aumento; seguiremos en contacto con nuestros servicios informativos, pero es que la vida sigue...” Y la vida que sigue en su  programa es de un tipo muy parecido a la que se vivía poco antes del avance informativo. La presentadora no tarda ni medio minuto en reírse a carcajadas (“hechos terribles, le dejan a una sin palabras”) y en hablar muy animadamente antes de poner a bailar a un chico que había ido al programa en busca de pareja y “a dejarse ver y querer” según sus propias palabras.
Recuerdo aquí que a mi amigo Sebas no le convenían de momento y según prescripción médica “muchos trotes”. En ese momento y quizá recordando dichas indicaciones,  decidió  apagar la televisión con el mando a distancia. Nos quedamos quietos y callados en el sofá, mirando a la pantalla  apagada y al reflejo que el cristal daba de nuestras propias figuras, silenciosas durante un rato. Hablamos de política momentos después; volvimos a callar. Le propuse salir a dar un paseo pero él prefirió quedarse en casa.
Media hora más tarde me despedí de él, contento de tenerle otra vez entre nosotros.
El reciente ingreso de mi amigo me había hecho recordar, otro día más, mis propios ingresos en el psiquiátrico (los recuerdos iban viniendo a rachas como en cascada, involuntariamente y durante varios minutos cada vez) En el tren de vuelta a casa tenía una sensación  agridulce  al pensar en los días en  que todo aquello de los dichosos ingresos comenzó, aunque habían pasado bastantes años desde el último de ellos. Recordaba con especial intensidad, no sabría decir porqué, imágenes y frases de mi segundo ingreso. Algunas de ellas eran las que siguen:

 “¿Os habéis puesto a pensar que la gente que está ahora en la calle y en sus casas, si piensa en nosotros, como gente ingresada en un psiquiátrico que somos ahora, piensa seguro que estamos locos?” María hizo esta pregunta sentada alrededor de unas mesas en donde nos reuníamos algunos ingresados en el Hospital, poco antes de irnos (mejor dicho, de que nos mandaran) a la cama. Yo era  nuevo en este tipo de situaciones pues a pesar de ser ya mi segundo ingreso, el primero de ellos fue muy corto y no fui muy consciente de lo que sucedía o podía suceder en aquel lugar. Me sorprendió la pregunta y la forma de hacerla, con una sonrisa desenfadada, tomando pastas entre otros compañeros que se miraban irónicamente y con mucha tranquilidad, entre bromas, compañerismo, y mucho humo de tabaco. “Será que somos genios -dijo uno de ellos-- ¿no dicen pues que los genios son locos?” “Sí, pero no al revés, hay muchos locos que no tienen nada de genios y al contrario, hay genios que no están locos. El que haya genios locos no nos convierte en tales; además nosotros no estamos locos, tenemos una crisis puntual, no estamos fuera de nuestros cabales, ni idos” dijo Xabier, probablemente la persona más inteligente de las que se encontraban presentes en aquella conversación ¿Qué habría sido de él, y de tantos otros? Que Dios, de haberlo, los bendiga, pensé en medio de mis recuerdos.
            En los primeros días de aquellos  ingresos en semejante establecimiento, yo caminaba por los pasillos con la desesperante angustia depresiva por la cual había ingresado y con  ciertos miedos y asombros al observar ciertas actitudes de algunas personas ingresadas. Muchas de las sorpresas eran agradables de todas maneras, pues es evidente que la desgracia común une, y se creaban algunas situaciones de solidaridad totalmente impensables en cualquier otro lugar.
             Cuando estaba llegando a casa comencé a pensar ya en el presente. Pensaba en el extraño camino por el que se había torcido mi vida y por momentos ésta me parecía una broma macabra. Nadie se imagina en un futuro (o en una parte de éste)  en un hospital mental como dicen en Estados Unidos. Como mucho lo teme.
Todas esas situaciones habían sucedido unos cuantos años atrás; lo repito porque casi no me parecían reales en el momento en que las iba recordando mientras iba llegando a casa (siete años, puede que más o puede que menos, dan para mucho.) No sabía, sin embargo, que no faltaba mucho tiempo para un nuevo ingreso, a pesar de los últimos años de aparente normalidad.
            Tras llegar a mi casa aquella noche, y ya mientras cenaba, me vino insistentemente una pregunta a la cabeza ¿Y ahora qué? Terminada la carrera los días seguían su curso y yo no encontraba mi lugar, ni en la sociedad ni (lo más importante) dentro de mí. No vivía en paz. Ni de lejos. Estaba curado de lo más grave, sí, pero no sabía como hacer frente a la normalidad. La carrera universitaria estaba terminada, pero yo no quería por nada del mundo trabajar en la más que estresante profesión para la que ella me había “preparado” ¿Por qué la hice? No lo sé, por inercia, porque había que hacer algo, y porque no pensaba en el trabajo futuro, sino en unos estudios, cualesquiera que fueran, como medio para salir del aislamiento que mi enfermedad me había provocado; la carrera fue una ocupación como cualquier otra, para coger cierto ritmo social; sobre ella no sabía mucho a dónde me llevaría, ni siquiera si la terminaría, cosa que sí hice al final.
“Tú solamente estarás preparado cuando trabajes en ello; en la universidad no has aprendido nada, sólo  has memorizado cosas que ya no recuerdas, para pasar por un trámite a cambio de un título que sólo te servirá para trabajar en algo que veo que no te gusta nada; haz lo que debas pero no te engañes.” Estas palabras me las dijo un conocido de esos que te dan consejos sin que se los pidas y maldita sea la gracia que te hace que, con la apariencia de dichos consejos, te digan lo que tienes que hacer o lo que tú ya sabes pero no quieres recordar demasiado. Por aquello de la presión social.
Me viene ahora a la memoria un hecho que me sucedía con frecuencia una vez terminada la carrera y en el paréntesis que  sucedió a ésta hasta que decidí marcharme a otro país. Era una época algo delicada para mí, pues, sí, confieso, no estudiaba ni trabajaba (aunque mi enfermedad lo pudiera justificar todo, pero nunca me  gustó protegerme por medio de ella; no por la integridad moral ni esas cosas, sino porque a uno no le gusta recordar siempre que está o es enfermo; esto último mucho más duro y definitivo. Uno tiene una enfermedad y punto) El caso es que en esa época me solía encontrar mucho con una señora, antigua conocida de mi  madre, que me preguntaba, con insistencia y poca educación, qué es lo que estaba haciendo en aquellos momentos, a qué trabajo me dedicaba o a qué estudio; o qué tenía pensado para el futuro y si estaba buscando algo en serio. Siempre me paraba y me hacía el mismo test. Yo titubeaba con una media sonrisa.
“Pues no, señora, no hago nada, vivo, que a veces es agotador, se lo puedo asegurar. Pero le voy a decir lo que usted desearía oír, y es que tengo varias ofertas importantes sobre la mesa y estoy sopesándolas para saber cuál me conviene más para mi proyección laboral y económica y para integrarme plenamente en la sociedad a la que espero aportar todo lo que pueda. Elegiré la mejor opción para poder sentirme autorealizado, trabajando como dios manda, como ustedes y toda la gente de bien han hecho para levantar el país y porque hay que sacarse los garbanzos. En esta vida ya sabe, los vagos no van a ninguna parte, y no se puede pretender vivir sin pegar un palo al agua; yo soy un chico responsable y trabajador” No, hijo, si no merece que te pongas así de serio, si yo no entiendo, yo sólo preguntaba. Pues por preguntar señora, por preguntar.
Esta casi de sobra decir que  los comentarios entrecomillados del párrafo anterior no tuvieron  lugar nunca, no soy tan ocurrente hablando, aparte de que me saldría del contexto de la ineludible hipocresía social aceptada; yo más bien solía responder con evasivas, pero a esa pregunta sobre mi trabajo que tantas veces he oído, aparte de la salud qué tal (mucho más humana), he tenido muchas veces ganas de responder de muy mala manera e incluso de modo sarcásticamente brutal, con alguna fórmula similar a la que está entrecomillada en el párrafo anterior. No tenía las agallas. Como todos, tengo que pagar mis pequeñas cuotas de hipocresía para sobrevivir.
El caso es que mi salud, como ya he apuntado levemente al comentar que no tenía eso que los curas  llaman “paz interior”, no era tan buena como podían indicarlo la ausencia de medicinas. Tenía todavía muchos problemas psicológicos “porque piensas demasiado y por eso enfermaste” según  otro amable conocido, y amigo a ratos. Pero las cosas no eran tan sencillas. El caso es que las depresiones salvajes me dejaron durante años en un estado ausente y sufriente, de forma que todavía a mis 30 años de aquel entonces me faltaba todavía  chupar algo de barro para “madurar” y estabilizarme. Esto lo podía haber hecho de los dieciocho a los 25 años (aunque por lo que veo hay gente que no lo ha hecho nunca) como todo hijo de vecino, pero amigo, yo en esa época andaba pensando en como morir cada dos por tres, y así dígame Ud. mi querida señora preocupada por mi trabajo y futuro, quién madura. Aunque el concepto de madurez me parece muy ambiguo y engañoso porque el mundo debería funcionar mil veces mejor si lo poblase gente madura. Madurez sería equivalente a sensatez y estabilidad y en las sociedades que formamos, y en los individuos que las poblamos no hay forma de encontrar esas cualidades más que en pequeñas dosis.
Mi inestabilidad psicológica me seguía provocando hundimientos de moral considerables. Bajones de origen bioquímico  y/o algo  psicológico (reitero aquí que sobre esto se podría abrir también un debate soporífero sin llegar a nada concluyente) que decía mi doctor. Tenía seis días buenos y cuatro realmente espantosos. Yo quería hacer canciones, hacer algo con ellas,  disfrutarlas, sobre todo disfrutarlas, pero sin continuidad anímica no había nada que hacer. Hoy soy consciente de que aún teniendo estabilidad anímica había muchas posibilidades de no sacar nada de provecho de cara al exterior. Pero sí que hubiera disfrutado más.
Y entonces me fui a Irlanda. Con semejante cuadro de descalabros (de corta duración, de dos a cuatro días, pero descalabros) fui un auténtico inconsciente. Aquel mismo martes por la noche tras visitar a Sebas en su casa, tomé la decisión. De forma totalmente insensata; fue un viaje que algunos entendieron como valentía o machada (nada de eso.) Yo iba con la utópica, soñadora y muy ingenua idea de que aquel viaje cambiaría mi vida, además de darme la oportunidad de rematar mi  inglés;  entraría en un mundo nuevo, fuera de la porquería de mi ciudad, que en aquellos momentos no me ofrecía más que tedio y presiones. Ya digo, fue mi candidez y el no reparar en los riesgos que podía entrañar semejante cambio, contando además con el hecho de ir solo y con un solo contacto, en Dublín (que no tenía precisamente mucho tiempo que poder ofrecerme.) Mi inconsciencia me llevó a hacerlo sin pensármelo ni una segunda vez.

Llegué a Irlanda un mes y pico después, en Enero del año 2001 (o 2002, no sé, no esperen aquí coherencias temporales), tras un accidentado y nervioso viaje desde San Sebastián a  Barcelona, de Barcelona a Londres y de ahí a Dublín, donde paré una noche en casa de un amigo, el único conocido en aquellas tierras, para seguir al día siguiente a Galway, donde pasé varios meses.
Elegí Galway porque me habían hablado bien del lugar. Así, sin mayor reflexión. Galway, ciudad de una esquina de Irlanda que daba al océano nada menos, no me ofreció nada. Aunque me doy cuenta de que ésa es una lectura demasiado pasiva y cómoda. Pues es muy probable que fuera yo el que no supo sacarle ningún provecho a mi estancia allí. Porque, por ejemplo, en los cuatro meses que estuve en esa ciudad, no salí en ningún momento hacia los pueblos de la provincia. De esta manera, estaba en Irlanda, pero no lo estaba. Paseaba por sus calles de la misma forma distraída que en San Sebastián, sin fijarme en nada más que en los bares y librerías.(Sé muy poco o casi nada de arte y de arquitectura y no he visto esos monumentos, cuadros y esculturas que,  mundialmente hablando “no puede uno dejar de ver en esta vida por nada del mundo”. Pues sí que se puede y lo digo sin arrogancia, al contrario, lo digo con pena por no apreciar cosas universales que tanta gente parece apreciar).
Físicamente estaba allí, psicológicamente, en ninguna parte. No conseguí hacer ni un solo amigo irlandés, aunque si entablé amistad con gente de otras nacionalidades.
 Abriendo un poco más la mirada, no fue difícil darse cuenta de que, en Galway ciudad, viéndola desde el punto de vista de los comercios, libros, noticias, anuncios, música, televisión, cine, gente etc, no me encontraba muy lejos de estar, “culturalmente”, y por poner cualquier ejemplo, en Mallorca. La única excepción la constituían los bares, a los que la gente iba  por las tardes a relajarse con un vaso de cerveza o té, y que eran enormes y preciosos. Entre el atardecer y el anochecer, eran lugares para estar. Estar tranquilos.
Por lo demás no debía de haberme sorprendido mucho de todas formas pues me encontraba en la misma civilización que busca globalizarse y hasta imponerse. Yo fui buscando, ingenuamente y como ya antes he apuntado, algo distinto, aparte del idioma, y no fue posible. No busqué bien. O busqué poco.
Por otra parte no entendía a los irlandeses, pero se suponía que yo sabía inglés antes de llegar a Irlanda; en el piso al que fui a parar, un escocés y una irlandesa, pareja ellos, no me dirigieron la palabra desde el primer hasta el último día. Acogedores. En la casa, había también dos chicos enormes que creo que procedían de Croacia. El caso es que eran como dos animales medio alcoholizados que no tenían pinta de estar metidos en nada bueno; un par de bestias grandullonas que iban eructando por el pasillo y que tampoco saludaban.
Busqué trabajo. No lo encontré. Me pagaron la estancia con algo que ellos, los servicios sociales de Irlanda, llamaban “ayuda económica en la búsqueda de empleo”. El famoso “dole” o “doll”, no lo sabría deletrear bien, pues nunca lo vi escrito, pero vaya si oí hablar de él, sobre todo entre los españoles. Fui a por él con los papeles necesarios y lo conseguí. Insólito.  Cobrar sin haber trabajado. Absurdamente paradójico porque con esa ayuda (“en la búsqueda de empleo”) y con mi usurera administración del  dinero para los gastos más necesarios y urgentes, podía vivir en Irlanda durante un año, sin dicho empleo (aunque con austeridad) y siempre aparentando estar “en la búsqueda de” él. Ridículo y cierto. Y fantástico, para qué engañarnos. Mi gran ventaja ante la situación era que me había acostumbrado a vivir con lo justo y  a gastar poco, puesto que esto lo tuve que poner en práctica años antes, justo después de salir disparado  por mí mismo de casa de mis padres, sin saber si mi dinero sería suficiente para llegar a fin de mes bajo mínimos.
Por tanto, aquello sí que era un sueño, poder vivir en Irlanda, rodeado de Inglés y sin tener que trabajar. Y sin embargo tuve otro achaque muy fuerte, de salud, otra vez, sí, siempre su majestad el cerebro o el cuerpo  y sus desajustes bioquímicos, o mi inmadura o débil psicología como origen de todo; qué más da el origen; porque ahí estaba, sí, el déficit de mi tirana y diosa Salud de hierro oxidadísimo, decidiendo por mí, destruyendo proyectos a su renqueante paso; machacando con sus bombas y volviendo a hundir, interrumpiendo siempre mi vida. Yo me rebelaba contra Dios, contra mí, contra mi dolor, contra la vida, etc; en fin, que mi reacción no lo hacía más fácil, pero quizá las cosas se me hubieran hecho más difíciles todavía si no pudiera ni siquiera enrabietarme, aunque sólo fuera como una forma de expulsar psicológicamente  y por unos instantes toda la frustración.
        Y volví. Volví trayendo conmigo un hundimiento anímico colosal, que, por cierta fortuna dentro de la desgracia, sólo me duró tres semanas y unos días. Lo de fortuna lo digo porque varios años antes las depresiones solían durar de cinco a siete meses.

En un principio mi hundimiento era tan tristemente espectacular que, vaya por dios, tuve que volver a ingresar, a mi pesar, en el hospital psiquiátrico de mi ciudad, tras haber pasado tantos años sin pisarlo y habiéndome creído curado. El ingreso no me pudo tanto como el hecho de que me volvieran a administrar medicación, que luego suele ser muy difícil de quitar. Y que, además, en el momento en que esto escribo, todavía no he conseguido eliminar de mis comidas.
El recuerdo de la entrada en el hospital aquella vez, me provoca ahora algo de risa, pero entonces no me hicieron ninguna gracia las formas, sobre todo las formas. Lo de la risa es porque el médico que me atendió en urgencias y luego recomendó mi ingreso en el hospital psiquiátrico era perversamente caricaturesco, pero real, vaya si era real. El psiquiatra López me había atendido en alguna que otra urgencia en el pasado y sus métodos no habían cambiado. Vino a la sala de espera de urgencias y me dijo muy desabridamente “tú, pasa”. En consulta, con  cara de hombre duro y mirada de condescendencia casi despectiva, aparentando (o sintiendo, lo que sería más grave) cierto asco al mirarme y muy mal humor, como si la sola presencia de un paciente ante él le irritara, me escupió esta frase: “¿Qué te sucede?” Entonces se quedó mirándome fijamente a los ojos con las cejas en tensión, con una incomprensible ira contenida, como si fuera un padre furioso al que debía de explicarle mi mal comportamiento como hijo.
 Siempre me he extendido algo en mis explicaciones sobre las suposiciones de lo que me hace sentir mal. Porque era evidente que para estar allí tenía que estar mal. Para López la evidencia no era tal de ningún modo,  pues me dijo:
--Oye, oye, vamos a ver, pero tú a dónde vas, tú no me tienes que explicar a  mí por qué te pasa lo que te pasa, esa no es tu tarea, en tal caso te lo tendré que decir yo. Tú me hablas de sufrimiento pero todos los hospitales que ves por la ventana están llenos de sufrimiento, todos esos edificios son sufrimiento. Así que contesta concretamente: ¿qué te sucede?
De muy mal humor yo respondí:
--Creo que ya lo he dicho.
--Bien, que te encuentras con  una terrible angustia (según tus palabras) cuyo origen no sabes. Yo iré decidiendo si es depresión exógena o endógena, si es un trastorno mental transitorio, o si simplemente son nervios ¿queda claro?
Miró entonces mi historia psiquiátrica juntando las cejas y componiendo un rostro  de quien quiere hacer ver quizá que es muy inteligente, duro y eficaz. Mientras lo hacía no pude evitar decirle.
--Yo sólo he dado explicaciones porque creía que podían ayudar.
--Qué me van a ayudar hombre, qué me van a ayudar. De todas formas ¿tú crees que tu forma de proceder, viniendo aquí sin ningún familiar, es la correcta?
--Según ustedes padezco o padecía una enfermedad mental, por lo tanto no me correspondería hacer las cosas correctamente con dicha patología. Aunque yo no tengo exactamente una enfermedad mental -- le dije yo, que siempre anduve obsesionado con esa terminología.
--Bueno, no vamos a empezar a discutir  sobre eso ahora, pero sí que la tienes. En fin, ingresarás, aunque no estoy del todo seguro de si será la mejor opción, pero habrá que probarla.
--Una pregunta –dije, dentro de la confusión e ingenuidad que la depresión me producía-- ¿esto se produce porque tengo poca serotonina en el cerebro?
--Por Dios, hombre, no es tan simple —comenzó diciendo con una sonrisa medio burlona que yo, con mi susceptibilidad a niveles monumentales y con mi autoestima por los suelos interpreté como ‘pobre inocente, me va a dar lecciones a mí éste ahora’. Probablemente una mala interpretación pero en aquel momento su simple sonrisa de superioridad me dolió; todo me dolía en depresión.
--La serotonina –continuó López-- no es más que uno de los neurotransmisores que tiene cierta influencia sobre todo esto, pero el asunto es mucho más complejo porque actúan otra serie de elementos de los que no viene al caso ponernos a hablar en esta situación.
Cogió el teléfono, llamó a una enfermera y dijo “ingreso”. Colgó diciéndome, “pasa un momento a la sala de espera”.
Una enfermera vino a la sala de espera y  me condujo a mi habitación, en un estado, si cabe, todavía peor que en el que entré en urgencias.
Los primeros días me tuvieron en el pasillo de la gente que todavía no podía bajar al patio ni al comedor de la parte baja del edificio. Era una práctica que se hacía con los recién  ingresados para ir viendo cómo reaccionaban. Se consideraba que uno estaba más tranquilo en ese larguísimo pasillo bordeado por las puertas de las habitaciones dormitorio, y donde solía haber poca gente,  en muy mal estado anímico o mental generalmente. El primer día después del ingreso nocturno de un viernes, cuando  empezaba a readaptarme al lugar,  se oían los gritos de algún ingresado, que estaría atado a la cama por alguna acción ilícita. Luego me enteré que quien gritaba era Martín Urbieta, un paciente con el que más tarde tuve trato; el tal Urbieta, en una consulta médica, perdió completamente los nervios y levantando la silla donde había estado sentado amenazó a su doctora, la cual tuvo que  retroceder asustada a una esquina del despacho, hasta que vinieron a socorrerla los celadores, quienes tras sujetar a Urbieta, lo ataron a la cama.
En el pasillo, o mejor dicho, detrás de la puerta que separaba aquél de las escaleras de acceso al comedor de la gente más calmada, permanecía de pie un individuo algo mayor que yo. Lo veíamos gracias a una ventanilla circular que estaba situada en la parte superior de la puerta. Lo que hacía patética y aterradora la situación, era que los que pasábamos por allí podíamos ver la cara atormentada del individuo asomando al cristal circular, gritando y lloriqueando con voz desesperada, casi todo el tiempo y mientras golpeaba el cristal, algo así como: “Dejadme descansar, dejadme ir a mi habitación, por favor, dejadme vivir aquí, dejadme vivir”. No sé si él estaba realmente “tan” atormentado como lo mostraba por medio de su cara, o exageraba su situación y expresión angustiosa, para dar pena; la panema, si tal hubiera habido, no dejaba de ser terrible de todas formas, en una persona de treinta y tantos años. El hombre, que en un principio me asustaba, pero al que terminé cogiendo mucho cariño, se pasaba horas haciendo lo mismo, para nuestro tormento, pues los auxiliares y enfermeras no le hacían ni caso, diciéndole como mucho que bajara, que su lugar estaba allí abajo, no en nuestro pasillo y mucho menos en su cama; pero él seguía en sus trece golpeando la puerta y gimiendo sus demandas.
                       
            Mientras andaba a lo largo del pasillo (la palabra pasear sería de lo más inapropiada en este caso) me di cuenta de qué poca cosa había cambiado allí en unos años... Me sentaba en los bancos de hierro puro, hechos así para que la gente no se dedicara a dormitar allí y tuviera que moverse, y yo no aguantaba ni un minuto quieto en dichos bancos. Moverse, andar desde una punta del pasillo hasta la otra. Un buen recorrido, zona A y zona B. Estaba prohibido entrar en las habitaciones. De hecho estas permanecían cerradas durante el día. Andar, andar y sólo andar, la única actividad posible. No quedaba otra en aquel pasillo burbuja, situado fuera de toda comunicación con el exterior. Por otro lado no tenía a nadie con quien cruzar dos palabras coherentes, pero en mi angustia y nervios tampoco habría estado para mucha charla, de existir la posibilidad. Tampoco, salvo en raras ocasiones, se podía utilizar el teléfono del despacho de las enfermeras, las cuales, por cierto, pasaban olímpicamente de nosotros (lo digo sin reproche, quizá ésa era una de sus funciones “terapéuticas” además de vigilarnos y darnos las pastillas, aunque esto también lo hacían los celadores y los auxiliares.)
Aquel sábado, primer día tras mi ingreso nocturno, el programa seguía siendo el mismo de años atrás. De ocho de la mañana, (hora en la que nos levantábamos con un potente “buenos días” del auxiliar de turno y que significaba “arriba”) hasta las  nueve, los ingresados deambulábamos por el pasillo. A esa hora, los considerados menos problemáticos o más calmaditos que los que deambulábamos durante el resto del día por el mismo pasillo, bajaban al comedor y al patio con su jardín y su frontón. Nosotros desayunábamos arriba, en el pasillo. Aquella mañana éramos cinco, en un silencio absoluto y bajo la mirada del celador y los auxiliares que nos servían la malta con leche (muy rica, por cierto.) Tras eso, el programa del día  era de lo más prometedor. Deambular hasta la una y si había suerte, alguna corta entrevista con la psiquiatra, que aquel día no tuve; de hecho no la vi hasta el tercer día de ingreso, pues como creo haber dicho (no estoy seguro) ingresé en víspera de sábado y durante éstos y los domingos, como todo el mundo, los psiquiatras descansaban. Aseguro que bastantes de entre nosotros no descansábamos. A la una del mediodía, comida y vuelta a deambular, a ritmo de marcha en mi caso. De dos a cuatro, siesta. Yo no lograba dormirla nunca. Desorientación y malestar. Los sábados y domingos no teníamos las “actividades” programadas para los días laborables, como por ejemplo gimnasia, relajación, trabajos manuales... Durante los fines de semana aquello era un desierto.
            Por la tarde de aquel primer día vinieron a visitarme familiares, de cinco a siete. En realidad sólo estuvieron una hora, pues tras ese tiempo en el que me acompañaron, vino a cortar la visita una auxiliar amiga de chismes, que había estado escuchando nuestra conversación;  con el agobio que yo llevaba encima, debí de soltar alguna inconveniencia (¿Qué esperaban en aquel lugar, en aquel estado, en aquellos momentos?); la auxiliar que escuchó la mala frase dijo “corto la visita porque me parece muy mal cómo estás tratando a tus familiares”. Y los familiares se fueron. Me quedaban otras dos horas y pico de caminar absurdamente. Llegó la hora de la cena, todo un acontecimiento dadas las circunstancias. Dicha cena me la devoré con una rabia y una frustración gigantescas. Terminada, vuelta a las andadas de ocho y cuarto hasta las nueve, hora en que se abrían las habitaciones, para, aleluya, poder entrar a tu cuarto a escuchar música, si había ganas, que aquella vez no las había en absoluto, o a entrar directamente en la cama y a esperar al sueño, a esperar al fin de la pesadilla.
Creo que en mi descripción de las enriquecedoras actividades diarias en aquel pasillo, he dejado pasar un detalle, más que detalle, algo importante. Se podrá pensar que aquello era duro por el aburrimiento y la sensación de estar secuestrado. No era así en mi caso. Aquello era duro por todo el terror de la depresión que yo llevaba dentro. Andar pues, no era una actividad que yo hacía por pasar el tiempo, sino con el fin no conseguido de huir de la angustia o de sobrellevarla quemando parte del dolor en caminatas a ritmo de marcha. Porque no había alternativas “mundanas”. Pero mis días no eran aburridos. Ojalá lo hubieran sido. El aburrimiento no formaba parte del sufrimiento interno brutal, del miedo a volverse loco, a quedarse allí toda la vida. Por eso, en realidad yo lo único que podía hacer hasta que la medicina me hiciera algún efecto, era, me repito ya, caminar; porque estando quieto me ponía, si cabe, más alterado.
El domingo fue un día casi idéntico al del día anterior.
El lunes de un día de abril cuyo número de mes no recuerdo (y me importa un rábano,insisto), me atendió la doctora Vázquez. Preguntas de rigor, respuestas de impotencia. Yo que me creía curado, doctora. Que si otra vez, doctora. Intentos de parte de la psiquiatra de animar o calmar del tipo “bueno, no dramatices tanto chico, llevabas muchos años sin recaer así y quien  te quitó la medicación, en mi opinión se equivocó; si te hubiera mantenido cierta dosis relativamente fuerte de litio y antidepresivo, la recaída no creo que se hubiera producido; tenemos que reconducir la situación. Ahora te he puesto lo justo de medicación para remontar y que te vayas sintiendo más tranquilo, menos deprimido, pero hay que esperar unos días.”
            Ese mismo día soltaron a Martín Urbieta. El desesperado iracundo que días antes casi machaca a su doctora con una silla, salió al pasillo con una cara beata de alivio, felicidad y relajación, que nos provocaba a los restantes ingresados sensaciones muy surrealistas. “Ahora muy bien, contento” decía cuando le preguntaban por su estado. En semejante lugar y pasillo, muy bien decía, por dios. El hombre sin la angustia mitigada por cientos de gotas calmantes y fuera de las cuerdas que lo ataban a su cama, sonreía en paz y hablaba con cariño incluso a quienes lo habían atado. Entonces pensé que el estado de ánimo lo era todo en esta vida. Son todas las fluctuaciones que sufre éste en cada individuo las que hacen andar al mundo de cabeza. Es lo que pensé en esos momentos, aunque hubo un resquicio en mi mente por donde algo me decía que las cosas no podían ser tan simples. No, evidentemente no, pensaba yo. Pero me dije, pues mira, tú, quien seas dentro de mi cabeza lanzando teorías, yo no estoy para pensamientos seudo metafísicos o psicológicos, así que vete de aquí.
           
Estuve cinco días más en el pasillo o corredor de la gran apatía. En esos cinco días, dado lo surrealista pero a la vez trágicamente real del lugar, no dejaron  de suceder cosas curiosas. Me referiré a una de ellas: En los desayunos comidas y cenas se sentaba a mi lado un hombre de unos cuarenta y cinco a cincuenta años. No soy muy bueno calculando edades, así que esa apreciación a ojo puede ser bastante mala. En fin, en mi mente, aquel era un individuo de cuarenta y tantos años. El hombre en cuestión vestía todos los días impecablemente, con ropas “elegantes”, pantalones de marca y camisas y jerseys que parecían de muy buena calidad; además iba siempre perfectamente afeitado y olía a colonia.
La persona de la que hablo transitaba por el pasillo del hospital con andares y maneras de estar atravesando una amplia avenida. Tenía una muy especial característica, sobre todo durante los primeros días: No hablaba con nadie. No era sólo que fuera callado, es que durante días nadie le oyó decir nada. Ni siquiera un “me pasa el agua por favor” o frases inevitables en ciertos lances de convivencia, del tipo “perdón” o “¿me deja pasar?” Nada. Llegué a pensar que era mudo. Un día, para ver si podía romper su silencio, le pregunté a bocajarro cómo se llamaba. Me miró con cara triste (“sordo no es”, pensé) y luego sonrió enigmáticamente mirando al vacío, antes de decir algo que recuerdo como: “suuu, estee, eso, eso es muy complicado para ti”. Luego se río tímidamente. Al sexto día de los siete que pasé en el pasillo, y después de no haber abierto la boca en todo ese tiempo, salvo para decirme que su nombre era muy complicado, José (así se llamaba el atildado y enigmático individuo) al observar mientras desayunábamos a una chica de la limpieza realmente guapa, le dijo a ésta sin titubear y de una vez: “¿Usted no habrá sido Miss Guipúzcoa verdad?”. La chica y los que estábamos alrededor soltamos una muy sorprendida carcajada, pero José seguía serio, como si quisiera entablar algún tipo de conversación con Miss Guipúzcoa limpia-psiquiátricos. No tardé mucho tiempo en descubrir que el hombre creía necesitar, y probablemente necesitaba, a una mujer medianamente atractiva y cariñosa a su lado. En el estado y lugar en que se encontraba no podía tenerlo más difícil para cubrir dicha necesidad.
            Durante esos primeros días tuve otro par de consultas con mi psiquiatra, más de trámite que de otra cosa. Pero en la última de ellas, un viernes en el que cumplía una semana entera de ingreso, me preguntó qué tal vería un traslado al  sanatorio de Asteasu. La pregunta me sorprendió enormemente, pues en Asteasu, en aquel manicomio terrible, ya tuve la oportunidad de pasar dos meses de un verano. Y mi doctora sabía más que nadie que la experiencia no pudo haber sido más espantosa. Ante mi casi escandalizada negativa, ella dijo que bien, que no pasaba nada pero como me encontraba mejor, a partir del sábado, el día siguiente, podría hacer vida en el comedor y en el patio con jardín y frontón de la parte baja del psiquiátrico, donde había bastante más vida (aunque evidentemente tampoco exenta de personajes, excentricidades,  y curiosidades raramente explicables) que en el pasillo de la parte superior del edificio. Durante toda la tarde de ese viernes no logré acertar a comprender por qué diablos me había querido mandar la psiquiatra al sanatorio (así lo llamaban, yo siempre lo llamaría manicomio) de Asteasu. Supongo que no andaban sobrados de camas y habría habido nuevos ingresos, quizá  más necesitados que yo de un hueco en aquel lugar de casos “agudos” y de corta estancia (de quince días a tres meses), y quizá ella me veía mejor en un lugar de media estancia (de dos a ocho meses o a toda la vida en el caso de Asteasu.) Demasiados quizás, debería habérselo preguntado directamente pero lo dejé pasar.  

            El sanatorio de Asteasu, por cierto, era y seguirá siendo, en mi mente y en mi experiencia, el lugar más patético, apabullante y horroroso  --esto último no sólo por su fealdad sino por el horror que se sentía en ese caserón viejo lleno de gente totalmente ida, perdida en su locura particular-- que yo haya conocido jamás en esta vida. Gente que subía escaleras, unas cuatro o cinco del  total de quince que había hasta el primer piso, y se quedaba allí parada, en  medio de la escalera, parada en el cuarto o quinto escalón  como si fueran postes humanos, sin subir ni bajar, patéticamente parada, durante minutos y en un solo escalón,  de espaldas al principio de la escalera, mirando o pensando algo o nada. Gente que hablaba sola, algunos en un lenguaje completamente incomprensible y casi gritando,  gente que reía sola,  gente totalmente derrotada que había intentado suicidarse innumerables veces,  sin éxito obviamente.  Y gente que nunca decía nada, parada siempre en algún lugar, o gente abandonada a la que ningún familiar ni amigo venía nunca a visitar. Allí podía encontrarse también a un tipo de cabeza descomunal y gafas como de los años cincuenta, que lo único que hacía durante todo el día era fumar como un poseso las colillas de los cigarrillos que la gente iba echando a los ceniceros; lo hacía compulsivamente hasta llegar a quemarse los dedos. Era un chico al que nunca oí hablar y que entraba y salía del edificio como una exhalación unas seis veces en tres minutos.
No sé cómo conseguí sobrevivir dos meses, a mis  veintitantos años, en semejante lugar, sin haberme vuelto tarumba yo mismo. No sé quién diablos dijo a un familiar mío que el sanatorio de Asteasu “estaba muy bien”. Que los ingresados hacían labores de caserío en un ambiente de muy buen humor. ¿Quién dijo eso a mi familiar? ¿Quién pudo estar tan mal informado como para dar una información diametralmente opuesta a la realidad? ¿O fue algún o alguna cínica? No lo sé. Una vez más otra incógnita sin resolver, y sinceramente no tuve ganas de aclararla, pues en cuanto me dieron el alta lo único que quería era olvidarme de todo aquello, cosa que resultó imposible, dado el shock de horribles impresiones que mi mente soportó en aquellas ocho semanas, sin duda los peores  meses (dos) de toda mi vida. Y es que no se trataba sólo de la situación física y humana de alrededor; yo también estaba roto por dentro, en mi propia crisis descomunal, que me vapuleaba las entrañas minuto a minuto. En esa situación pues, mi  depresión era aumentada por lo horrible que me parecía aquel lugar. Una cosa más la otra agravaron la sensación de tortura psíquica.
            En Asteasu había un médico que llevaría allí unos cuarenta años y además era dueño del lugar, pues éste era considerado como una clínica privada. Dueño, señor, y psiquiatra prácticamente loco. Lo de prácticamente lo digo porque en comparación con muchos pacientes, a veces él mostraba cierta sensatez. No demasiada de todas formas. El tópico de psiquiatra loco casi se cumplía en la realidad.
 Recuerdo que después de soportar una corta cola de almas extraviadas – las cuales íbamos a buscar alguna orientación, algún consuelo los más ingenuos, alguna ayuda los que todavía no conocíamos lo suficiente al doctor y no sabíamos que la única cosa positiva que se podía esperar de él era el alta, y cuando a él le viniera en gana-- recuerdo, en fin (o creo recordar, pues hay veces en que aquello me parece una pesadilla que no pudo haber ocurrido) que una vez, ¿o fueron varias?, siendo mi turno para ser atendido por el doctor, me senté enfrente suyo con una cara que no podía ser, evidentemente, alegre, pues estaba allí ingresado por una depresión considerada grave y con ideas de suicidio.  Él me miraba fijamente a la cara, con una sonrisilla tonta, y me escuchaba, con la misma sonrisilla, y tras decirme algo como “La pastilla esa  tafranil ¿cómo te va? Porque pienso que  no te beneficia mucho y yo te la suprimiría” Yo contesté alarmado que “esa pastilla no, que me han dicho que es fundamental en mi caso pues al ser mi enfermedad de origen químico...” “Ay, químico, químico” me interrumpió “que si la serotonina y esas pascuas; te voy a llamar el químico, ¿te gusta la idea? Anda, sal al patio, y sobre todo cámbiame esa cara hombre, que pareces un condenado a muerte. Hala, marchando que hace buen tiempo” solía terminar diciendo, mientras abría la puerta. No sabiendo si reír o llorar, mis emociones, en contra de mis deseos de guardar las formas, hacían brotar en mis ojos lágrimas silenciosas de impotencia y rabia. Y de asco.
Pero basta de dramas. Al fin y al cabo, hoy y cuando esto escribo llevo una vida que el más convencional podría calificar como “normal” pero lo que más me importa, mucho más que cómo calificar mi vida actual, es que sufro muchísimo menos que en aquella época. Y sin embargo, habiendo pasado ya unos cuantos años desde que sucedieron aquellos dramas, y sintiéndome recuperado, no puedo evitar tener la sensación de que ciertas cosas no pueden dejarse sin contar. No en plan de denuncia (además no conseguiría nada y sería quijotesco) sino como simple recordatorio personal desde la lejanía y con la  muy banal idea o deseo de que alguien pueda sentir cierto interés leyendo estas líneas. No voy a decir la mentira que suelen decir muchos de que con tal de que la “obra” llegue al corazón  de una sola persona, me daría por satisfecho, pues en realidad no tengo ni idea de con qué me daría por satisfecho y ni siquiera creo que esto sea una “obra”; con o sin falsa modestia (a estas alturas, sinceramente, no sé ni a qué nivel están mi vanidad o mi modestia) diré, en broma y en serio, que creo que me conformaría con que bastante gente lo leyera. Si se publicase, claro. El éxito, sí, no seamos idiotas, nos pasamos la vida persiguiéndolo en todos los ámbitos, porque en realidad nos han mandado ir a por él directa o indirectamente desde pequeños, y luego queremos arreglarlo todo con lo de “bueno, yo no diría tanto, en realidad yo sólo soy una persona que... y bueno, se hace lo que se puede”. Ay, ay,ay.
             Traicionando  lo que expresaba más arriba, tengo que volver a los dramas, esto es lo que hay, lector. Me he desviado de lo que estaba contando del doctor Berrieta, que así se llamaba el viejo burlón. Entre otras locuras que dijo y que hizo en mi presencia, hay que destacar la de que  estuvo a punto de quitarme también una medicina (consistente en sal de litio) que luego se demostró vital bioquímicamente (“te voy a llamar el químico” decía el psiquiatra loco y burlón), pues con ella se pudieron neutralizar los efectos más fuertes de mi enfermedad (las larguísimas depresiones y las desconcertantes y estúpidas euforias) y pude  hacer así una carrera universitaria en condiciones mínimamente estables, “integrándome” en la sociedad.
Cuando Berrieta habló con mis familiares el día del alta les debió de decir que creía que yo no le tenía “mucho agrado”. Ya digo que no era un hombre con muchas luces pues mis caras y comentarios podían haber hecho ver a cualquiera el enorme “desagrado” que me provocaba el viejo cabrón.
Pero en fin, lo peor es que el doctor era sólo una pieza más en el engranaje manicomial, pero que quizá por ser la organizadora del desastre, provocaba alrededor suyo un auténtico montón de calamidades. No sólo desagradaban los horrores provocados por la locura de algunos pacientes. Ofendían  más los espectáculos creados por más de un celador gritando ordenes histéricamente cada día a los mismos “inútiles” (la palabra la oí un par de veces en boca de uno de ellos dirigida a un enfermo) como a ganado lo haría un rabioso ganadero sin escrúpulos.  Ofendía y provocaba escalofríos aquella enfermera que subía al segundo piso (donde yo dormía) a las ocho de la mañana, con una caja repleta de montones de pequeñas bolsas de plástico llenas de pastillas, con el nombre de cada paciente en cada bolsita, y gritaba, a pleno pulmón pastoril (y que me perdonen los buenos pastores): “¡Medicación segundo pisoooooo!!!!!”. El patetismo de todos nosotros, saliendo en pijama de las habitaciones, medio dormidos, con un vaso de agua en la mano y guardando cola para tragar las pastillas antes de desayunar, era de antología. Y mi propio compañero de habitación, al que no entendía una palabra, se pasaba el día haciendo gárgaras muy ruidosas o eructando y  me solía mirar de unas maneras que a veces me hacían temer por mi propia seguridad física, pues era mucho más fuerte que yo y por algunas cosas que hizo yo no me fiaba de él ni para bajar las escaleras.
Sólo recuerdo una cosa realmente graciosa de toda mi estancia. Me hice conocido de un tipo muy alto que se llamaba Juan Luis y que tenía la costumbre de repetir todo lo que decía nada más hacerlo: “¿Tú estuviste en el concierto de David Bowie? ¿Tú estuviste en el concierto de David Bowie?” “Yo fui todo borracho, yo fui todo borracho” “Estuvo bien, estuvo bien.” “Sí, sí, no estuvo mal, no estuvo mal” Y en ese plan todo el rato. A mí aparte del detalle de las repeticiones, el tipo me caía simpático y me hacía gracia el tonillo que le daba a sus frases. Era algo pintoresco pero no exento de gracia. Un día le dije “Oye Juan Luis, ya sabes que lo dices todo dos veces seguidas ¿no?” A lo que él contestó, sin darle ninguna importancia “Ya sé, ya sé, ¡Qué más da! ¡Qué más da!”.
 Aparte de este personaje había otra persona, la encargada de laborterapia, de la que hablaré en otro momento, que desprendía humanidad en medio de todo lo inhumano que había allí. Por lo tanto había sólo dos personas con las que poder sentir algo de calor humano.
            Recuerdo que un día vino a visitarme un amigo, y tuvo el valor de entrar, pues la tarde en la que apareció en el caserón me prohibieron salir a la calle, ya fuera solo o acompañado. La prohibición se produjo a raíz de una conversación que tuve con Juan Erquizia (otro ingresado; de cincuenta y pico años) y que fue escuchada por una eficiente enfermera que transmitió lo grave de mis palabras al doctor Berrieta. Este último prohibió mi salida de la tarde.
La conversación con Juan Erquizia. Serían las once de una mañana sofocante y en una parada que hicimos de los trabajitos de “jardinería” y limpieza que teníamos que hacer gratis, tipo terapia o así, le pregunté directamente a Juan:
            --Oye Juan, ¿Tú ya sabes dónde podría conseguir yo cianuro potásico?
            Me sonrió entre triste y alegre (creo que es la única persona que he conocido que sonriera de esa manera, entre hundido, resignado, y a la vez como pasando de todo y sonriéndose en calma, casi riéndose de la situación, de su propio hundimiento y derrota) y me dijo:

            --Vaya con la preguntita. Tu  te darás cuenta ¿verdad? de que yo vivo y parece que viviré hasta que me muera en este hotel en el que nadie quiere quedarse --lo de hotel es porque nos lavan la ropa y nos dan la comida y la cama-- y además no puedo vivir en mi casa de San Sebastián porque no soy capaz de vivir solo más de un día sin que me de un ataque de pánico y no tengo nadie con quien vivir; crisis de  pánico me dan, sí, cuando vivo solo, y en ese momento soy capaz de cualquier disparate. Pero entre las cosas que llamo disparates, no incluyo la del hecho de quitarme la vida, que me parecería lo mejor y menos disparatado que podría hacer. Si yo tengo que venir a este depósito de desquiciados y derrotados, es porque, además de ser yo también uno de ellos, en mi casa lo paso todavía peor y no me queda otra alternativa. Y no te quiero llorar mucho pero de lo que era mi familia mejor no hablar. Como ves mi vida no es vida, y respondiendo ya a tu pregunta, tengo que decirte que si yo supiera cómo o dónde conseguir cianuro, te aseguro que me lo habría tomado hace tiempo y ahora estaría descansando en paz, que es lo que deseo.
            Me quedé pensativo dentro de la amargura que sentía y que veía en los ojos de Juan, medio sonriente medio hundido, impotentes ambos, mirándonos medio sonrientes ya ambos. En silencio. Cómplices en nuestro espantoso y algo cómico caos. Rompí el silencio con:
            -Pues si te digo la verdad- le dije con voz entrecortada- si yo tuviera el cianuro potásico, no tendría ninguna duda en tomármelo ahora mismo y que le den por saco a todo. Porque ahora mismo, la muerte no puede ser peor que toda esta basura sumada a la podredumbre que llevo dentro.
            Me dio unas palmaditas sonriendo con su peculiar modo de hacerlo y se fue. Y de esta manera me quede sin mi permiso de la tarde gracias a alguna empleada eficiente que escuchó la conversación.
            Asteasu, sí, qué miedo. Me provoca temblores el solo nombre del pueblo donde se encontraba el sanatorio. Sarcástico y cínico lo del nombre “sanatorio”, por cierto, pues salir muy sano de allí era algo milagroso; lo normal era salir todavía muy tocado (por mucho que la depresión le hubiera abandonado a uno, como fue en mi caso), salir igual que se entró, o incluso salir peor. Pero  muchas personas se quedaban allí para una larga temporada o con todos los boletos (salvo accidente) para quedarse allí años y años, hasta la muerte. Algunas personas que conocí en el caserón manicomio, y que no estaban locas, siguen allí hoy en día, y otras murieron por lo que sé cuando escribo estas líneas. Pero otras siguen allí, viviendo esa vida de absurda y triste apatía vegetativa.

Habían pasado unos cuantos años tras todo aquello y todavía mi mente seguía recordándolo como si sólo hubieran pasado unos días. Tras dos meses en Asteasu, tras ir superando el mal trago y tras bastantes meses de recuperación, conforme me iba sintiendo mejor, fui haciendo la carrera universitaria (sencillita, por cierto) pasando a ser una persona integrada, sociable, encarrilada y etc.  Para entonces y  una vez terminada aquélla, ya me sentía, como he apuntado anteriormente, libre de los lugares psiquiátricos. El tiempo se encargo de decirme que no lo estaba. Pues allí me encontraba, en el Psiquiátrico de San Sebastián una vez más.
(Es aquí donde tengo que avisar de que no voy a hacer ningún esfuerzo en nombre de la concordancia de los tiempos y los años. Para el que le guste situarse muy bien en las épocas esta puede ser una lectura algo irritante)
Prosigo.Llevaba ya, contando aquel viernes, una semana en el lugar. Y tras la consulta de la mañana con la doctora, que me hizo recordar, a mi pesar, Asteasu y todos sus fantasmas, no me podía quitar de la cabeza ciertas conversaciones y hechos fatales relacionados con el viejo caserón fatalmente denominado sanatorio. Juan Erquicia y su cianuro potásico nunca logrado. Juan Erquicia y su depresiva sonrisa. Juan, que meses después de marcharme  del horroroso lugar, se tiró al tren, se tiró sí, consiguiendo su meta (“no me queda otra alternativa”, solía decir serio) la muerte, al fin. Juan diciéndome meses antes “Yo es que no vivo, tío; bueno, ahora en este momento sí, porque me estoy tomando un café y fumando un cigarro; pero estos son mis únicos alicientes; todo lo demás no tiene sentido. Comprenderás que mis motivaciones para vivir casi no existen, es demasiado sufrimiento cada día. No estoy muerto, pero yo no vivo” Me dijeron que había sido un gran lector antes del caos. Antes de que algún enorme conflicto emocional, mezclado con alcohol (bebía en muchos permisos, a pesar de la medicación) le derrotara. O antes de que explotara en su cerebro algún fuerte desequilibrio químico que las pastillas no podían solucionar ni tratar dignamente. O antes de que su mal, fuera el que fuera (todas son sólo  hipótesis, pues nadie sabía qué le había pasado en realidad; además, en este tema, él era totalmente hermético) le llevara a la derrota más lúcida que jamás haya yo visto en una persona conocida. No sé quién le puso la esquela pues no quise mirar más que su nombre y su foto, pero no pude evitar leer “falleció el día de ayer,  a la edad de cincuenta y cinco años, víctima de accidente”. Esto último me  llamó mucho la atención; víctima de accidente. No pude evitar recordar aquel día una de las últimas conversaciones que tuve con él. Hablábamos, como no, de métodos para culminar con éxito los intentos de suicidio. En un momento dado, yo le dije “¿Y el tren?” “Para eso hace falta tener muchos huevos” me respondió. Realmente no sé si fue el coraje o el más absoluto hundimiento y la resignación enrocadas en una “valiente” resolución definitiva lo que le llevó a su objetivo: muerte, la nada para él antes de saltar a la vía (era ateo). El tren vendría camino de Asteasu, o estaría saliendo del pueblo (no sé como fue exactamente, sólo sé que se echó al tren y que murió y eso es mucho más que suficiente) y por fin Juan se hizo justicia a sí mismo abandonando el hotel general donde vivimos todos, en busca de nada. Nunca sabré si mi insinuación del ‘método tren’ influyó algo en su decisión, pero sea lo que fuere, no me importa demasiado. Quizá su historia no podía ni debía tener otro final. Pero a lo que me niego en redondo es a utilizar la palabra cobardía o valentía o a decir que su actitud  fue cómoda o débil. La moral  o la virtud no tienen nada que ver con estos asuntos. Pues que me digan a mí qué moral hay en tanto desastre, en tanto dolor, en tanta impotencia. Porque, si hay que hablar del suicidio  yo lo tengo bastante claro.
Una persona muy cercana a mí me comentó una vez que había oído dos versiones contrapuestas sobre el tema. Una de esas versiones decía que había que ser muy valiente (?) para intentar suicidarse, independientemente de que se consiguiese o no el resultado buscado. Otra, la que dicha persona defendía, decía que, lo que realmente constituía un acto de valentía (?) era seguir viviendo, siendo por lo tanto la otra opción (elegir la muerte e ir a por ella) de cobardes (?). El caso es que también he oído decir (más de una vez por desgracia) lo siguiente: ‘...y no me suicide porque soy un cobarde’ (?)
            Si he puesto interrogantes tras las palabras valiente y cobarde es porque para mí la cuestión no tiene nada que ver con lo que un adjetivo u otro califican, a saber, coraje o cobardía. Hay veces en que uno puede llegar a tales puntos de dolor, en los que, engañado por el brutal e interminable sufrimiento, se convence de que no hay futuro luminoso posible, de que no hay salida ni esperanza, de que nada cambiará nunca, de que no se recuperará, de que todo será horroroso y doloroso siempre, de que uno no está bien “fabricado” para transitar sin gran dolor por esta experiencia que llaman vida… Incluso sin llegar a puntos tan  bajos uno se puede plantear que lo menos malo de todo sería matarse, pues ha perdido la esperanza de salir adelante. O bien al contrario, uno puede pensar (y en esos momentos críticos nadie piensa en ética, en dignidad, ni en valores morales, no me creo nada de eso) que lo menos malo, por muy mala que sea la situación, es seguir viviendo, aun tragando vómito anímico a toneladas, pues mantiene la esperanza de que ya saldrá del dolor  (incluso si no la mantiene. Puede pensar que la muerte sería peor todavía) La valentía y la cobardía no tienen nada que ver, ni la moral ni los dogmas (se ha llegado a decir que es más digno una cosa que otra: seguir vivo sería digno y no seguir sería menos digno); díganme si la dignidad no es un concepto absurdo para seres que cagamos todos los días. La muerte nunca es digna, porque es pérdida de vida, eliminación inevitable y derrota. El dolor y la muerte nunca son dignos por muy bien que se encaren, porque siempre se apropian de uno hasta la eliminación.  Matarse o no son  decisiones casi instintivas y a veces tiene visos de la mayor racionalidad. Una decisión que en el famoso y trágico caso de Ramón Sampedro fue  sostenida con una tenacidad sorprendente. Y no precisamente cómoda (su tenacidad de pedir la muerte) como he oído por ahí.  Ramón Sampedro nunca habló de los tetrapléjicos,  sino de su vida, que siendo lo más sagrado que podamos tener (dura o agradable), creo que cada uno tiene derecho de hacer con ella lo que decida en su fuero interno, mientras no haga daño a nadie; diga lo que diga la moral religiosa de que es Dios quien debe decidir sobre ese asunto; por lo visto y si Dios tiene semejantes poderes de decisión también decide (de hecho o por omisión) sobre nuestros crueles dolores y tragedias. Ramón Sampedro no juzgó a nadie, sólo a los políticos y sus leyes, que no le dejaban llevar a cabo su voluntad.
En ciertos momentos muy críticos todos tenemos miedo, me parece, a vivir en penosas condiciones o a terminar matándonos. En el último caso uno corre el riesgo de ir a la nada (aunque según creencias que no se pueden demostrar, puede ir a otros sitios, pero el riesgo e incluso el deseo de desaparecer del todo antes que vivir están ahí)  mientras que en el primer caso uno puede pensar que mejor seguir en el maldito desastre por mucho miedo que éste dé. Ante semejantes perspectivas, no creo que hablar de cobardía o valentía, dignidad o debilidad, bravura o rendición, comodidad o dureza, tenga ningún sentido... Creo que todos somos débiles-fuertes o cobardes-valientes por naturaleza (la naturaleza humana) aunque en ciertos momentos mostremos más una cara de la moneda que  otra.
Para terminar con esta digresión sólo una cosa más. He oído decir más de una vez lo siguiente: ‘Quien quiere matarse no se queda en el intento, quien realmente lo quiere, lo hace, lo consigue’. No puede decirse mayor disparate. Ciertas personas que se hayan encontrado alguna vez en una situación tan crítica, sabrán que en esos momentos, el suicida, algunas veces, no puede  ni con sus nervios  y no está muy hábil (ni  decidido al cien por cien, ni con la cabeza totalmente fría) para cometer auto-asesinatos exactos. La prueba de ello es que muchas muertes por suicidio han ido precedidas de unos cuantos intentos fallidos. Y por supuesto, el comentario ‘El que dice que se va a suicidar no se suicida’ expresa también una idea  falsa en otros casos. Por experiencias cercanas. Hay gente que lo dice, y lo hace. Eso no quiere decir que todo el que lo dice lo haga. Todas esas generalizaciones son demasiado peligrosas; es andar haciendo estadísticas sobre un suelo demasiado pantanoso y vital.


          Llegó la noche del Viernes cumpliéndose una semana desde mi ingreso posterior al viaje a Irlanda y me fui a la cama con un estado de ánimo mejor que en los días anteriores, a pesar de los amargos recuerdos. La medicina ya estaría haciendo su efecto. Al día siguiente ya podría bajar al piso inferior con su salón--comedor y su patio con jardín, bancos, frontón y caminitos embaldosados a lo largo de todo el patio, por los cuales se podían hacer kilómetros dando vueltas y vueltas al lugar. En toda la estancia inferior, tanto en la zona interior como  en la exterior  había bastantes posibilidades de hablar con la gente de una manera civilizada.
El sábado por la mañana me levanté y bajé a desayunar en cuanto abrieron las puertas que separaban el trágico pasillo de las escaleras que iban al piso inferior. No conocía a nadie allí pero en unas horas ya había entablado relación con algunas personas, no por ser yo muy sociable, sino porque allí estas cosas eran de lo más naturales. Todos íbamos en el mismo barco, cómplices en nuestra enfermedad, de la que rara vez se hablaba, y cómplices en nuestra situación. Cuando hablábamos de manera tranquila y sonriente con otra persona, no nos importaba en absoluto, ni su origen, ni su pasado, ni por qué estaba allí, ni su trabajo,  ni su “no trabajo”, ni su clase de enfermedad, ni si tenía amigos o no. Daba igual. Ella o él y tú, o ellos y tú. Nada más. Sólo los nombres nos identificaban. Nada más. No por ningún código ético, sino porque en aquella situación, todo aquello que en la sociedad es importante se volvía bastante irrelevante. Se hablaba de “a ver cuando me dan el alta” sí, pero contando con tanto tiempo como el que teníamos, se hablaba también (con alguna frecuencia) de filosofía, de música, incluso a veces de política; se hacían bromas, se charlaba sobre cualquier cosa, a veces de forma surrealista o lucidamente desfasada (comentarios irónicos a medio camino entre la cordura más alta y el borde de la locura) y en otras ocasiones las conversaciones eran  de pedrada delirante (al fin y al cabo aquello era el psiquiátrico y no un congreso de artistas); otras veces se hacían comentarios entre risas y sonrisas, y otras con bastante seriedad, dramatismo y con algunos juicios que parecían de lo más acertados. Y todo ello con mucho cariño, muchísimo. Aquello sí que me llamó la atención, la gran cantidad de cariño. Autenticidad era la palabra que más me venía a la mente. Evidentemente la situación no era del todo real, por estar donde estábamos, ni aquello era un cuento de Walt Disney (ya he hablado de mis intensas angustias), pero  los sentimientos estaban a flor de piel y por eso, en la mayoría de los ingresos (en alguno no lo percibí  casi, no digamos en  Asteasu donde faltaba juicio por todas partes) la solidaridad era una nota común. También se producían broncas y rencillas entre los ingresados pero éstas eran pocas comparadas con todas las muestras de afecto e ilusión espontáneas. Y evidentemente, cómo no, también había tedio  y dolor.
Una de las razones (quizá entre mil) que podría explicar ese espíritu tan humano y cariñoso, es que todos veníamos de unas situaciones internas y externas de lo más conflictivas, situaciones límite en muchos casos, y allí daba la impresión de que por unos días los problemas desaparecían, de que las cosas volvían a estar en paz, si es que alguna vez lo estuvieron. Los ánimos se serenaban, pues parecíamos estar protegidos de la cruda realidad; la responsabilidad con respecto a la enfermedad de uno y a su situación frente a la vida, desaparecía de alguna manera, quedaba en manos del centro, y eso calmaba mucho; al desaparecer todo tipo de dicha responsabilidad (sólo había que hacer la cama) de alguna forma  y en ciertos momentos, la vida volvía a sonreírle a uno y viceversa; por otra parte allí todos éramos iguales, en contraste con la vida en el exterior. En la vida real los roles sociales (trabajador, parado, exitoso, fracasado, enfermo, sano, normal (?), anormal (?) serio, bromista...) pueden ser devastadores con la gente de baja autoestima, y la gente con depresiones y otro tipo de trastornos anímicos solíamos tener la autoestima social por los suelos. Por supuesto, la situación de relajamiento en el hospital era eventual, sí, pero era una sensación parecida a la de haberse  quitado un gran peso de encima. Este último ingreso tenía también esa característica tan asombrosa en gente que venía de las mayores penumbras del ánimo y de la mente. Evidentemente los dolores de la enfermedad no desaparecían, pero aún así, eran asombrosas, antes de pensar detenidamente en ellas, las sonrisas, las risas y las bromas que asomaban por allí de cuando en cuando. Y al no existir eso que llaman presión social algunos encajaban muy mal la vuelta a la “normalidad”.
No se puede olvidar sin embargo que también había allí, inevitablemente, mucho sufrimiento. Y que  a pesar de quitarle carga social a la enfermedad y  añadirle protección y atención, se puede crear una situación de burbuja eventual, en la que el enfermo, en algunos casos y al sentirse transitoriamente libre de esas cargas, cree erróneamente estar curado. Pero no, es solo un alivio, un pequeño espejismo, aunque se viva como real.  Por ejemplo, en mi caso y en parecidos, a una persona con depresión cualquier pequeña responsabilidad o contrariedad puede hundirle animicamente. En el hospital era difícil tener responsabilidades o vivir situaciones amargas como en tu entorno familiar, laboral o personal. Pero, en mi caso, la depresión seguía ahí, aunque latente, aunque no saliese al exterior (y muchas veces salía, y de qué forma; yo pasé más de un mes de infierno interno allí, a pesar de todo lo comentado) de la misma forma que una rodilla rota puede estar aliviada (que no curada) quieta y sujeta  mientras no se ponga en movimiento. A mí la depresión se me hacía más aguda en cuanto salía. Conmigo pues el lugar casi nunca fue rehabilitador, sino una especie de tranquilizante y pausa en medio del proceso depresivo. Tengo también que decir para hacer algo de justicia, que conozco casos de gente en los que el ingreso sí fue rehabilitador.

Volviendo a las sensaciones insólitas de las que antes hablaba, no puedo dejar de recordar, y lo recordaba también en ese mismo ingreso, algo que me había ocurrido en aquel unos cuantos  años antes. No podría especificar ni el año ni el número de ingreso pero sé muy bien que ocurrió.
Soportando un calor de injusticia, me había pasado un día entero caminando alrededor del patio, sin parar y a gran velocidad; dicho patio era relativamente grande, y permitía llevar a cabo esta actividad sin molestar a nadie. Era mi forma de sobrellevar el tormento, como ya he comentado antes; aparte de la de tocar la guitarra de cuando en cuando. Hacia las siete y media de la tarde, poco antes de la cena y a medida que el sol se iba poniendo, me senté al lado de un grupito de gente que conversaba tranquilamente. El caso es que yo oía la conversación aunque no conseguía escucharla ni seguirla debido a mi angustia del momento, pero quería estar con el grupo. Por supuesto, me sentía incapaz de formular palabra alguna.  En el grupo se encontraba Gómez.
 Nunca supe su nombre; todos, incluso los auxiliares, celadores y enfermeras, le conocían por el apellido. Era todo un elemento y podía convertirse en un peligro para uno, si se le daba demasiada confianza. Era listo, pero también tenía puntos de total inconsciencia, no sé si por enfermedad, personalidad conflictiva, o por ambas. Se había escapado bastantes veces del hospital psiquiátrico y una de las veces yo presencié su huida. Una huida de lo menos original, pero huida al fin y al cabo. Con lo corpulento que era, se metía por un estrecho agujero que había entre la verja  que nos separaba del mundo (rota en su parte final)  y  una estrecha puerta de hierro con barrotes, que era continuación y fin de aquella, colocada contra  una pared interna; y una vez fuera, a correr. La verja que separaba al psiquiátrico del exterior, daba a una extensa zona de contendores y basuras y también al tanatorio. Basuras, tanatorio y psiquiátrico en la esquina más escondida de toda la ciudad sanitaria. Locura, muerte,  materia podrida.
Era todo un espectáculo ver a Gómez entrar por el arriba mencionado agujero a duras penas, rasgándose el jersey y una vez fuera, saliendo en estampida. Inútiles sus escapadas de todas formas, pues la Ertzantza no tardaba en volver a traerle. No sería difícil localizarle, sin medicación y desfasado, con su figura de cuerpo enorme y desgarbado, con aquella cabeza descomunal; en fin, no pasaría nada desapercibido precisamente.
 El día en que me senté en el grupo donde él estaba, debía de tener yo todo el dolor y la rabia del mundo dibujados en los ojos; él me observó despacio, me miró a los ojos, indudablemente reconoció ese dolor (en el fondo, él padecía mucho) pues sin dejar de mirarme de una forma seria que era todo apoyo y claridad en sus ojos, me puso la mano en la rodilla, sólo por dos o tres segundos, y en su mirada de ojos a ojos había respeto, solidaridad, casi afecto,  como si dijera “estoy contigo chaval, ánimo”, todo en dos o tres segundos, tras los que retiró la mano y la mirada para seguir conversando con el grupo. Yo no tenía nada que ver con ese tipo, ni siquiera me caía especialmente bien, le tenía incluso algo de miedo, pero en aquellos dos o tres segundos, me sentí más cerca de su mundo que del mundo de toda la gente “normal” que había en el exterior. Menudo elemento, Gómez.
En mi último ingreso, el de Abril de 2001 (o 2002, no sé) tras regresar de Irlanda,  y muchos años después de este incidente, no estaba Gómez ni nadie de sus especiales características, pero también había gente y situaciones muy especiales. Con todo, con lo agradables que resultaban algunos encuentros y algunas palabras, también había tiempo, sí, cómo no, para, una vez superados los días de andar sin descanso, sentir una triste desgana, un cansancio melancólico, en fin, el tedio en todas sus versiones. Yo no sabía qué hacer cuando a casi todo el mundo le daba por ver en la tele “Conan el Bárbaro” o algo parecido. Entre contrastes dolorosos y dulces, momentos emotivos, situaciones cómicas,  y un miedo o angustia siempre presente, se me fue pasando la semana, a medida que  dicha angustia empezaba, lentamente, a mitigarse  y hacerse más soportable.
Por las mañanas de los días de labor, el hospital seguía organizando y llevando a cabo las actividades opcionales que ya había conocido años atrás. Unos minutos de gimnasia elemental y otros tantos de relajación, además de unas actividades englobadas bajo el nombre de laborterapia, que consistían básicamente en la creación de cestos, pulseras, dibujos etc.
 La gimnasia no me iba mal, pero la relajación, en mi caso nunca hizo honor a su nombre, pues la música de Enya (será una música extraordinaria pero nunca la he podido volver a oír sin ponerme de cierto mal humor) y las monótonas palabras de Jorge (terapeuta de apoyo, animador psico-social o como  se llamase su rol de trabajo) me ponían, si cabe, más tenso de lo que ya estaba. En realidad la culpa era mía, pues la relajación era opcional y podía largarme tras hacer la gimnasia. Cosa que no hacía, pues muchas veces estaba tan desorientado que me dejaba llevar por una desidia absurda provocada por algún sentido de la responsabilidad insensato, venido de quién sabe donde, y me quedaba a hacer la relajación. El mismo Jorge, y antes de comenzar la sesión solía advertir: “Si alguien cree que no va a poder aguantar los diez minutos de la sesión de relajación tumbado, que se marche ahora, pues si se levanta en plena sesión, tendré que suspenderla y los demás saldrán perjudicados. Así que, el que quiera, ya sabe donde tiene la puerta” Tras decir esto, normalmente alguno que otro se levantaba y se iba a toda velocidad. A veces se iba más de uno. Sin embargo, yo, idiota de mí, me quedaba quieto  pensando “Pues claro que puedo aguantar y además puede que logre relajarme” Lo primero lo solía cumplir, pero nunca lo segundo. No hay cosa peor para relajarse que pensar que uno debe relajarse. Aumentaba la tensión. Al final de la sesión mucha gente se desperezaba estirando los brazos, bostezando y diciendo “qué gozada” mientras yo pensaba “¿Cómo que qué gozada? ¿Soy idiota o qué?” Para gustos están los colores. En cuanto empezaba a sonar la música (todos los días y todos los ingresos la misma) y cerrábamos los ojos tumbados en una colchoneta, la monótona voz de Jorge se levantaba sobre nuestro silencio acompañando a la música y medio declamando, con un tono entre místico y neutro; y su voz decía: “Relaja frente, nariz, pómulos, boca, cuello ....” siempre las mismas palabras y el mismo tono cansino (en todos los ingresos, en todas las sesiones, el mismo tono y las mismas palabras.) Jorge, que aparte de todo era un gran tipo, seguía con algo parecido a lo que sigue: “ahora has de imaginar un gran sol  amarillo azulado en el que tú te encuentras metido, o que se encuentra dentro de ti, dándote calor y serenidad, fuera de tus tensiones, de tus problemas, del mundo, y eres sólo tú y tu serenidad. Es tu lugar de paz. Te vas sintiendo muy bien”. Entonces era cuando yo debía hacer serios esfuerzos por no levantarme y gritarle a Jorge “¡mentira, todo eso es mentira, maldito mentiroso!” y marcharme dando un portazo. En el fondo yo era bueno, porque cuando Jorge llegaba al pasaje del “te sientes muy bien” yo,  sin moverme un centímetro y sin articular palabra, gritaba mentalmente, casi histérico,  para mis adentros,  “No me siento muy bien, ni siquiera un poco bien, me siento fatal y tengo ganas de romper cristales a pedradas”. Y me mantenía tumbado en silencio reprimiendo todos mis impulsos de rabia e impotencia, que vaya uno a saber en que situación posterior reaparecerían  pidiendo su oportunidad para salir al exterior. Terminada la sesión llegaba la hora de la laborterapia, cosa que no me interesaba en absoluto y me marchaba al patio a seguir caminando un poco.
Aquella semana tuve unas cuantas visitas por las tardes. Algún familiar cercanamente lejano no dejó pasar la ocasión, para decirme, en semejante situación que “Ya te dije yo que lo de Irlanda no era buena idea”. Otro familiar lejanamente cercano me dijo que tenía muy mala educación pues había venido a visitarme y me ponía a escuchar música con los cascos; era cierto pero no estaba yo para escuchar sus largos silencios y sobre todo sus “así es esta mierda de vida que nos ha tocado” y toda su retahila de negativismos. Bastante tenía con los míos. Además ¿A dónde se creía que había venido? ¿A mi chalet a visitarme? Yo me preguntaba quién de los dos era más maleducado.
Por fin llegó el viernes y cumplía 15 días de ingreso. Me encontraba lo suficientemente bien como para pensar que me darían el alta sin dudarlo. Me equivocaba. Mi doctora dijo que me daría el fin de semana libre, no el alta ni mucho menos. También advirtió que ese permiso de dos días me lo daba a condición de que lo pasara en casa de mis padres. Acepté.
El fin de semana fue de lo más extraño. Tenía sensaciones completamente opuestas en momentos diferentes: desprotegido y fuera del psiquiátrico no encontraba mi sitio en la casa de mis padres, no sabía qué hacer conmigo ni con el tiempo; de repente me sentía muy bien y sereno para pasar en media hora a un estado de gran confusión; también tenía pequeñas fases de una rabia bestial y un asco a todo, que me producían una irritación corporal (psicosomática le llaman) insoportable. No me quedaba otro remedio que escuchar el disco “In Utero” del grupo musical Nirvana (todavía lo uso en momentos de emergencia) con Kurt Cobain escupiendo en sus gritos toda la insatisfacción, rabia y dolor del mundo; era mi particular Nirvana (estado de bienaventuranza) en forma de guitarras y voces histéricas y  fuera de sí, en  una apoteósica pataleta contra esta (puta) vida. Aquello, por muy extraño que suene en algunas mentes, me calmaba mucho. Y me calmaba porque era como si la rabiosa  música se “hermanase” con la angustia que yo sentía por dentro, y se producía una especie de catarsis. También las blasfemias me calmaban (blasfemias que yo razonaba con mi lógica de pequeño ser mortal enfadado con el patrón general.) Puede resultar muy feo, pero el mundo no era bonito en esos momentos y el Señor tenía pintas horrendas en mi mente.
 Algo más calmado, volví el lunes por la mañana al psiquiátrico. Nada más llegar a la planta baja, Martín Urbieta, el chico de la silla amenazadora contra su psiquiatra, al que habían atado dos semanas antes, se me acercó y me dijo:                   

--Oye, tu eres bipolar ¿no?

(En términos estrictamente psiquiátricos una persona con trastorno bipolar es aquella que padece largas y severas depresiones, a la vez que en otros momentos de la vida atraviesa fases temporales de euforia que a en ocasiones puede ser delirante o paranoide. Por fortuna yo sólo tuve una de estas euforias. De las primeras, aparte de que una alcanzó siete meses de duración, prefiero no echar la cuenta)

--Bueno, eso dice  el diagnóstico que me dan los psiquiatras.
--Yo también soy bipolar o maníaco depresivo –siguió hablándome Urbieta— Aunque oye, lo de maníaco depresivo suena como muy feo ¿no? Maníaco, tú, como si fueras un psicópata asesino... y ya sabes que sólo se refiere a la euforia más rara o manía como le llaman esa cuadrilla de medicuchos mandones que no sirven para nada. Aunque por otra parte, yo en las euforias disfruto como un enano ¿eh? Me siento como un toro, con un poder y una libertad bestial; y sin hacer daño a nadie ¿eh? Honestidad siempre ¿eh? Hasta que me tienen que atar, claro. Y luego llega la maldita depresión, eso sí que es lo peor ¿verdad? –asentí con la cabeza y él prosiguió-- El problema mío, es que no encuentro pareja y ya he pasado los cuarenta, porque trabajo tengo ¿tú tienes pareja?—contesté que no pero siguió hablando como si no me hubiera escuchado— es que con esta enfermedad, ¿quién te puede querer? Somos el saldo de los saldos.
 “Porque, por ejemplo, ¿tú ya te enrollarías con una tía que ha pasado por un reformatorio? Pues nosotros lo mismo. Por cierto, a ti te lleva la misma doctora que a mí ¿no?
--Sí
--Pues sólo un consejo te doy. No le creas ninguna palabra a esa mujer, pero ninguna ¿eh?
Y después de decir todas estas cosas a bastante velocidad, me dio una palmadita en el hombro sonriendo y se fue canturreando hacia el patio, a un volumen de estruendo bastante gamberro, como de borrachera de cuatro de la mañana en la parte vieja de San Sebastián.
Aquel lunes, al contrario de la semana anterior --en la cual tuve encuentros de lo más agradables e interesantes con algunos  compañeros de ingreso, uno de los cuales se convirtió en gran amigo mío y tengo la suerte de conservarlo como tal hoy en día—parecía yo un imán de excentricidades en sus crisis. Y matizo “en sus crisis”, pues Martín Urbieta, con el que estuve en un bar un año más tarde tomando mosto ambos (qué le vamos a hacer),  con sus crisis controladas a base de litio, casi no tenía nada que ver con el personaje en que se convertía con las manías o descontroladas euforias en el psiquiátrico. Educado, correcto, con conversación muy sensata y además escuchando atentamente mis palabras. Él mismo lo sabía y lo decía mientras me llevaba en coche de vuelta a casa “Joder, yo es que no tengo nada que ver con el que soy allí arriba (al psiquiátrico, fuera de él, algunos le solíamos llamar simplemente arriba; se encontraba y se encuentra a una altura mayor que el resto de la ciudad) con las malditas crisis de manía. Mi forma de ser habitual no tiene nada que ver con eso. Con las euforias locas, me convierto en un espantapájaros, en un bocazas payasete, en una especie de borracho desfasado. Es una putada.”
El segundo “personaje en crisis” que me abordó esa mañana de lunes fue José, el atildado adulador de la guapa chica de la limpieza “Miss Guipúzcoa”. También le habían bajado al comedor general con patio. Se encontraba sentado en una butaca justo al lado de la mía, mientras yo intentaba, en vano, concentrarme en la lectura de un libro.  Seguía vestido como un auténtico marqués postmoderno. En una de estas, tuerce la cabeza hacia mí, me sonríe, y me dice (sin haber hablado con él antes ni media palabra, salvo en el incidente de su complicado nombre): “Yo el problema que tuve fueron unas circunstancias económicas de mucho calibre que --y justo en aquel momento dijo unas palabras incomprensibles y en cascada una detrás de otra, o quizá era todo una sola palabra larguísima y delirante, imposible de descifrar--...en resumen, que en mi familia estamos forrados, y eso, muchacho, aunque no parezca, puede ser un problema. Pero bueno, la otra es que yo tuve una novia que tenía el pie mal, era coja, y pensaron mis padres, ‘Ay, este José, al ser demasiado bueno sufrirá con lo de la chica’ y ahí está el asunto ¿no te parece?” Le dije que sí, que sin duda alguna. Y volvió a acomodarse en la butaca en la misma posición que mantenía antes de dirigirse a mí, sentado sin más, mirando a la nada y  con  los labios cerrados y sonrientes. Vaya día de pedradas que llevo, pensé, abandonando ya el libro y dirigiéndome al patio con la guitarra, hacia un pequeño quiosco donde me gustaba cantar un poco. De todas formas yo llegué a sentir cierta simpatía por José y me di cuenta de que fuera de sus delirios no tenía un pelo de tonto. Sufría mucho. A veces lo veía andar por el patio con una tremenda cara de asco (que resultaba cómica al observador) y sólo se relajaba regando los hierbajos, las plantas y las flores del jardín, hasta que un día le echaron una bronca monumental, por estropear las plantas y flores, excesivamente regadas. En cuanto le echaron la bronca, sin decir nada, volvió a poner su inofensiva pero tremendamente expresiva cara de asco y siguió caminando.
Por fin llegó el tercer viernes y me dieron  el ansiado alta no sin antes llevarme una muy agradable sorpresa. El miércoles de aquella semana, Damián, el hombre de la puerta con ventana de cristal por la que asomaba con su cara atormentada, se encontraba en un estado completamente normal (me rindo un poco ante el gran poder universal de la palabra). Aquello fue una de las cosas más increíbles que me ha tocado ver en  la vida.  Un cambio de estado tan radical, de un extremo a otro, que me dejó sin palabras en un principio. Aunque ya los días anteriores cuando lo veía en el pasillo después de cenar, parecía estar algo mejor, pero nunca tan estupendamente como aquel miércoles; me solía acercar a él, le ponía la mano en el hombro, y le decía “Damián, ya sabes quién soy ¿no?” “Sí” y decía mi nombre (se lo aprendió porque me ocupé unas cuantas veces de ello) lo que me daba una buena satisfacción. En aquellos días anteriores a su recuperación casi mágica, le pregunté cuál era su mejor momento del día y me dijo, sin el menor asomo de ironía en sus palabras, que el de la hora de irse a la cama. Pero aquel miércoles no parecía el mismo, de lo bien que estaba. Me acerqué a él y le dije “Damián, qué bien, ¿ya sabes quién soy?” Dudó. Le dije mi nombre y contestó “Ah sí, el que toca la guitarra”. Menuda satisfacción, verle luego hablar con toda naturalidad con la gente. Resultó ser un tipo simpático y con sentido del humor y tuve con él una charla de lo más amena y llena de afecto, que era lo que más se regalaba en el lugar. Por supuesto ni él ni yo mencionamos los episodios de su delirio tras la puerta (por cierto, yo también tuve un fuerte ataque de nervios un día, que nadie se encargo de recordarme luego por respeto, o por suerte.) Quizá él mismo no  recordaba sus desesperados intentos de entrar en su habitación o ignoraba haberlos tenido, tras el espectacular efecto de la medicación en este caso. En este caso, digo, pues me tocó ver  un par de auténticos desastres en gente que había entrado medio tocada, y que con la medicina se fue poniendo cada vez  peor,  alcanzando estados de zombi.

El día en que me dieron el alta, a pesar de que la doctora recomendó precaución y tranquilidad y que pasase el fin de semana en casa de mis padres me fui a mi propia casa, y de ésta al cine por la tarde. Durante la película, cuyo título no recuerdo, no me enteré de casi nada, pues todavía tenía el efecto de las tres semanas “arriba” en la mente y en el cuerpo. Lo poco que me llamó la atención era que, vaya suerte la mía, había algunas escenas que transcurrían en un “mental hospital” como dicen los yanquis. Dios mío. El tal hospital, pensé, sólo podía haber existido en la calenturienta mente del guionista o director, o como resultado de su superficial “investigación” sobre el tema, pues todo parecido con la realidad que yo conocía, era, no una coincidencia, sino algo inexistente. Pero bueno, quizá existan lugares así, pensé resignado, recordando  que yo sólo conocía dos de los muchos que habría en el mundo.
           Nos encontrábamos en Mayo. El fin de semana lo pasé con mis amigos, todavía bastante ausente y perdido, intentado acomodarme a la “realidad”. Me encontraba muy somnoliento, debido a los efectos secundarios de la medicación que tomaba. La gente hablaba de cosas que a mí me eran completamente ajenas. Hablaban de lo que habían hecho en semana santa. Yo ignoraba que dicha semana hubiera pasado por nuestras vidas, pero así debió de ser. A saber en qué situación estaría yo por aquellos días. Mi desfase con el tiempo era completo. Mayo, me repetía una y otra vez. Sí, vamos a ver, terminé la carrera el año pasado; no trabajo no estudio, Irlanda, ingreso y ahora es Mayo, 7 acaban de decir. Recién salido de arriba. Bien, bien.
 Y mis amigos seguían hablando de sus viajes, de sus trabajos y de sus coches y negocios; mis amigos que, por otra parte, tan buenos han sido conmigo siempre; pero yo no tenía ni humor para hacer bromas  ni para hablar y las bromas de ellos me sonaban a algo parecido a pompas de jabón a kilómetros de distancia. Estuve en ese estado más o menos cuatro días, afortunadamente sólo cuatro días. Me ofrecieron un trabajo en un videoclub y acepté. Sólo duró el hasta el fin del verano al ser un contrato de pocos meses.




































2










Despierto de un sueño profundo. No sé dónde estoy, qué día es, si es por la mañana, tarde o noche. Empiezo a tomar conciencia de mi cuerpo poco a poco. Estoy atado a una cama. Completamente atado y sólo puedo mover un poco la cabeza de un lado a otro. No tengo referencias de recuerdos más cercanos que los de la noche en que tomé el veneno. No sé cómo vine a parar a esta cama ni quiénes, cuándo o por qué me ataron. Luego me contaron que entre aquel episodio del veneno y éste que cuento, pasaron algunas cosas espantosas que fui rememorando por secuencias poco a poco.
Pero estoy atado a una cama en una habitación pintada de blanco. A mi lado hay otra cama vacía. Pienso que es un sueño, una pesadilla de la que despertaré, una broma pesada de cámara oculta (pero no, no podrían ser tan bestias; aunque quién sabe a estas alturas) Grito socorro y auxilio por primera y única vez en mi vida. Nadie aparece.
            Comienzo a tener ligeras sospechas de dónde me puedo encontrar pero todavía no lo sé. Entra en la habitación una persona con barba de no sé cuantos años, pero por lo menos aparenta más de treinta ante mis poco hábiles ojos para esas apreciaciones. Entonces le digo directamente al barbudo: “Oye ¿y esto qué es?” El interpelado me mira como si fuéramos amigos de toda la vida y estuviera siempre haciéndole la misma pregunta. Me dice con toda naturalidad que es un hospital, y que él es mi compañero de habitación. Le pido que me explique por qué está él allí y por qué estoy yo en semejante condición. El barbudo no contesta a la segunda pregunta pero con la respuesta que da a la primera, el antes confundido atado (o sea, yo) se hace definitivamente cargo de la situación. El barbudo, (al que pienso  que ya debería de haberle preguntado el  nombre) dice que está allí porque le perseguían los medios audiovisuales y que  en consecuencia puso una denuncia; tras ello, tuvo algún tipo de juicio, lo ganó y lo trajeron allí. Un sudor frío me recorre toda la espalda de un golpe: ¡NO!  ¡Horror!!! Psiquiátrico. En mi ignorancia e inexperiencia me río por dentro de lo que el compañero me dice sin recordar en aquel momento que yo estoy en una situación peor: Un Loco, pienso. Un Loco en el psiquiátrico y yo atado a una cama. ¿Cómo ha podido suceder esto?  Todo parece tan absurdo en ese instante, tan absurdo... Era mi primer ingreso.

--Por favor-le digo al barbudo- vete a donde el director de este lugar y dile que me suelten, que yo no estoy loco…
El barbudo se va. Aparece una auxiliar menudita. Le pido que me suelten. Ella me habla desde unos metros de distancia y sin levantar mucho la voz, como si yo fuera peligroso incluso atado. Me pregunta si quiero hablar con el médico. Le digo que sí. Se va.
 Llega un celador. Se apoya en una jamba de la puerta abierta con toda su corpulencia Me observa campechanamente, mientras yo sigo atado; mira alternativamente hacia el pasillo y hacia mí.   Le pido también que me desaten, por favor. “Que me tengo que ir a mi casa”. No andaba  nada bien de reflejos para decir esa última frase en aquel momento.
-- Pero es que lo que tú has hecho es bastante gordo, así que no te podemos dejar salir así como así.


Por fin y tras varios minutos de espera, deciden soltarme. Casi no tengo fuerzas. No podría matar ni a una mosca.  No tengo ni idea de las curiosidades y  situaciones surrealistas que me va a tocar presenciar en unos años. No sé que lo de atar personas es una práctica muy usual en los psiquiátricos. No sé, por poner un ejemplo, que conoceré a Ángel, un chico de pelo largo del que me haría muy amigo, al que también ataban y del que luego hablaremos. Al tiempo.
Ya en un despacho, un médico me dice que se alegra de que ahora tenga ganas de hablar.
--¿Cómo dice?
-- Bueno, dejémoslo estar. Usted se llama como pone aquí, vive en San Sebastián, en el barrio de tal, calle...
--Sí.                                                                                                                                 
--Bien, en cuanto al tema que nos atañe, sabe que le trajeron aquí el día 23 de Enero –yo no sabía eso-- procedente de la sección de observación del hospital general, tras haber estado ingresado allí durante día y medio, en el cual se le realizó un lavado de estómago al haber ingresado usted aduciendo haber ingerido matarratas con la idea de matarse.
 No  recuerdo nada, le contesto, salvo lo del matarratas. Del resto no puedo hablar pues no lo recuerdo,  repito…
--Ya, bueno, normal. Bien, pues esto ya no es más que papeleo...
Me hice muchas ilusiones al escucharle decir eso pues pensé que me soltaban. Pero, sorpresa, el médico cuyo nombre no recuerdo entra otra vez en acción con muy malas noticias:
--Considerando lo ocurrido creemos que le conviene quedarse aquí durante unos días, para hablar de lo que ha pasado, darle la medicación adecuada etc
--Pero podría tomar la medicación en mi casa y venir a hablar aquí de lo que haga falta.
Él psiquiatra mira a la enfermera que estaba allí acompañándole con lo que al paciente le parece ser una insultante sonrisa de ironía resignada. Ya empiezo a sentirme en manos de un idiota cosa que no tardará en reafirmarse en mi mente en el momento que rememore lo que realmente ocurrió.
-- En un caso como éste, es mejor que se quede ingresado. Si no quiere hacerlo voluntariamente, se quedaría por orden del juez, y no hay otra alternativa. ¿Quiere firmar el ingreso voluntario o prefiere que lo hagamos por vía judicial?
Si de todas maneras me iba a tener que quedar, aquél era un estúpido formalismo, pero no estaba yo con ganas ni fuerzas de ser irónico o sarcástico, así que firmé el documento de ingreso voluntario y a otra cosa. Pero menudo recibimiento.
(Lo curioso del caso es que pasadas unas horas  comencé a recordarlo todo, primero en imágenes intermitentes y luego con nitidez; recordé el día en el que me hacían el lavado de estómago y mis primos me miraban con impotencia, cierto cansancio y cariño; recuerdo también la noche posterior, la más dura de mi vida, con una crisis de pánico sacudiéndome lentamente y minuto a minuto , ahogándome en el terror hasta que perdí  la cordura. En realidad la perdí a medias. Me desperté viendo a mis padres pero sin sentir que ellos me vieran o percibieran; aunque me miraban, yo  creía que los soñaba sin formar parte  de la escena y por eso no hacía caso a lo que me decían pues no creía que me mirasen ni me hablasen a mí. Mis padres se enfadaron. Y el primo que vino luego alucinaba pero él fue el único que se dio cuenta de lo que me pasaba pues el médico arriba mencionado, cuando me recibió en consulta, con mis familiares al lado, me decía frases del tipo de “Está visto que está usted en actitud de no hablar: Déjenme solo con él” Cara a cara, enciende un cigarrillo y me echa el humo a la cara. Ahí se acaban los recuerdos hasta que me despierto atado, esta vez completamente consciente. Conozco a una doctora  que me ha dicho alguna vez que me gusta mucho despotricar sobre algunos psiquiatras; cierto; pero en este caso juzguen ustedes a este hombre, que yo no estoy libre de culpas ).


Me sentía destrozado por el maldito lavado de estómago y por la medicación que me dieron, e iba haciendo pequeñas “eses” por el pasillo cruzándome con otras momias como yo.
Debía de estar física y mentalmente bajo mínimos porque me hice amigo de un tipo llamado Tito, o algo así, que además de que parecía estar loco (éste sí, éste sí) podía ser muy peligroso según me contaron más tarde. El tal Tito contaba unas historias espeluznantes de sus ingresos en Mondragón (población conocida en Guipúzcoa por estar en ella los psiquiátricos más renombrados de la zona, o el lugar “a donde llevan a los locos”; uno de sus pabellones psiquiátricos sí que respondería mejor al nombre de manicomio que a otro término.) Posteriormente y cuando empecé a conocer, despacito y bastante atontado, el, para mi nuevo lugar, cada vez que me cruzaba con Tito, éste me preguntaba si tenía un cigarro. No lo tenía. Me lo volvió a preguntar más de diez veces el mismo día.
Una psiquiatra me atendió un par de veces en aquel ingreso. En el primero de los encuentros estaba acompañada de una enfermera, que decía que sí (moviendo la cabeza de arriba abajo) a todo lo que la psiquiatra  decía. La  psiquiatra dijo que  según los informes que tenía del psicólogo y de la psiquiatra que me atendían externamente, yo quería ser perfecto y no aceptaba las limitaciones de la vida. Que debía aceptar las limitaciones.  Debí de estar tan atontado que no discutí lo que en aquel momento me parecía algo un tanto… un tanto  ¿Absurdo quizá?  Si, todo era tan absurdo en aquellos momentos...
Yo debía de tener cierta cara y pintas de un auténtico pobrecito (“gizajo”, muy utilizado en el país vasco y perteneciente al euskera)  porque  entonces la enfermera se me acercó con voz intencionadamente dulce y me dijo:
--Hala majo, que te voy a llevar con tus compañeros a un sitio donde se hacen trabajos manuales y vas a estar muy a gusto allí, ya verás.
Ya verás. En cuanto llegamos a la sala a la que llamaban taller de laborterapia, la enfermera le dijo a la monitora encargada del lugar, en voz suficientemente alta como para que todo el mundo lo oyera, nada menos que lo siguiente:
--Mira, aquí te traigo a uno que quiere ser perfecto.
Terrible.

A saber lo que haría yo en laborterapia aquel día después de semejante presentación por parte de la enfermera. Teniendo en cuenta mis más que insuficientes cualidades para el trabajo manual, sumadas a la vergüenza, más el estado de debilidad física y psíquica enorme en el que estaba, podríamos asegurar que lo que allí  se hizo (si es que llegó a hacerse “algo”) estaría a años luz de ser perfecto, por seguir un poco con la palabrita.


Aquí empiezan sin que yo lo sospechase, toda la serie de aventuras y desventuras psiquiátricas, de ingresos sobre todo, del chico que enfermó (por lo visto y según la información que llegó a sus oídos en aquel fatídico primer ingreso) porque, absurdamente o no, quería ser perfecto.


















































3


Comenzamos pues ya a hablar en pasado pues cuando esto se está escribiendo, a mí, que ahora vivo como un pachá,  ya me ha pasado aparentemente todo lo que pueda ocurrirle a uno en el apartado “psiquiátrico” de esta quizá no tan puta vida al fin y al cabo.
Aparentemente, “y mucho cuidado con esas ideas” me grita alguien desde mi interior, pues ya pensé algo parecido muchos años antes de que acabara todo y no sabía que todavía faltaba, si no lo peor,  si gran parte de toda la tragedia, pero trataré de no contarlo  como tal, de no regodearme en mis dramas. A saber, yo creí que tras salir del sanatorio de Asteasu, ya había pagado todo el cupo de cruz y espinas por esta vida y  entonces me esperaba lo bueno. Pero eso fue así de una forma demasiado relativa. Me recuerda también, ese alguien de mi interior, como conocí a una chica de San Francisco (Democráticamente Imperiales Estados Unidos) que tenía la idea, en el año 2000, de que el ser humano ya había pasado por el umbral de lo más terrible (en actos provocados de unos a otros individuos y de los individuos a la tierra) y que el siglo XXI sólo podía ser mejor que el anterior. Estamos en el año 2011, me dice ese alguien, y mira el telediario.

Pero pasemos a visiones más divertidas.

                                                         
¿Recuerdan ustedes dónde habíamos dejado a mi personaje en el pasado más remoto? Sí, sí, en un taller de laborterapia, presentado como aspirante a perfecto.

Y sin embargo hay  un recuerdo muy grato de alguien estrechamente relacionado con lo que en los psiquiátricos llaman laborterapia. Ella se llamaba Ana y era la encargada de la laborterapia en Asteasu. El recuerdo es grato por todo lo que le rodeaba. Ana era una flor en medio del desastre y sin dejarse atrapar por él.
Para empezar, la casucha donde se hacían los trabajos manuales estaba bastante apartada del infernal caserón. Con el trato que se daba a los pacientes en éste, el que nos daba Ana en la pequeña casa, mientras hacíamos labores manuales, era de primera categoría, ya sólo por la comparación. Siempre nos hablaba con voz animada, de igual a igual especialmente a la gente más necesitada de afecto. La queríamos (¿pero, que será el amor en estos casos?); probablemente porque, aparte de la graciosa forma de hablar de Juan Luis, era de lo poco humano y agradable de toda la zona. A pesar de no gustarme las manualidades yo iba sólo por escuchar la voz  de Ana. Un día nos vino diciendo que se había sacado el carné de conducir y que quería celebrarlo con nosotros. Nosotros, que, a veces, pasando por estados de autoestima inexistente, ni nos considerábamos dignos de semejante tratamiento. Ella no forzaba nada y con toda naturalidad preparó café para todos y fue repartiendo pastas. Terminé haciendo un cesto bastante decente, no sin la ayuda de Ana, por supuesto.

Siguiendo con recuerdos sueltos de forma ligera, habiendo sido el más impactante el de despertar atado, ya mencionamos con anterioridad a Ángel, quizá alguien lo recuerde, el chico de melenas que llegué a conocer y al que también ataban. Bueno no sólo nos conocimos sino que se nos hicimos también amigos. Aunque si el concepto de amistad ya es un poco ambiguo en sociedad imagínenlo en un psiquiátrico.

 Hemos de decir que la experiencia de estar atado a la cama,  a mi solo le ocurrió una vez y por error humano (borrico, pero humano). Lo que le sucedió a Ángel (o lo que hicieron con él) se dio en mi segundo ingreso.
Él  era un chico de pelo largo que me vino un día diciendo  que tenía manía bipolar, que era y es otra forma de referirse  al trastorno bipolar. Cuando yo  le dije que tenía lo mismo, Ángel soltó algo así como: “Pues cuando te venga la manía (término patológico de euforia desbordada) aprovecha tío, que luego cuando te entre el bajón te puede pasar lo que a mí, que estaba en Almería que me comía el mundo, y vine al norte a toda ostia pues creía que me estaba persiguiendo toda la guardia civil en pleno”.
Ángel ingresó nada menos que porque no podía dormir ni una sola noche, ni una sola hora; ni siquiera era capaz de estar cinco minutos tumbado de lo subido que estaba; andaba,  pues a pesar de ello exageradamente activo, con su radiocasete, sus juegos de póquer, sus bromas a los auxiliares, sus contestaciones para todo y sus ganas de ayudar a todo el mundo. Pero eso sí, el chico no tenía freno ni por la noche. Téngase en cuenta que Ángel vino voluntario al psiquiátrico. Pero ante el hecho de que  no paraba ni dormía  de noche, el personal, ni corto ni perezoso y con  técnicas de “no queda otra”, lo solía atar durante las noches a la cama, “por su propio bien”. Si bueno y para que no moleste. Por otra parte, el hombre era de lo más pacífico, y le ataban. Hubiera bastado, creemos, con cerrarle la habitación con llave por las noches, para que no saliese a montar jaleo, no había porqué atarle. Por las mañanas, en cuanto un celador le soltaba a las siete y media, se le escuchaba casi corretear a lo largo y ancho del pasillo soltando pestes a toda velocidad mientras ponía en marcha el radiocasete con la música a tope y maldiciendo: “¡Que yo no soy ningún paranoico asesino, que yo soy una persona libre y ¿Vosotros con qué derecho me quitáis a mí la libertad?!” Los auxiliares y enfermeras siempre le pasaban la patata al médico responsable de cada uno. “De eso yo no te puedo decir nada, se lo tendrás que comentar al médico que es quien ha decidido lo que se ha de hacer con tu caso” Esta típica respuesta, con ligeras variaciones,   la soltaban casi todos los auxiliares y enfermeras ante cualquier petición de una explicación, queja, o maldición que se hiciera. Pero es que además la frasecita  la soltaban con un paternalismo tan insultante como si uno, ‘el pobre’, no tuviera en la cabeza más que gominolas y tuvieran que explicarle las cosas despacito y con suavidad.
        Ángel solía andar siempre con un tal Jon, que estaba allí ingresado por problemas de alcohol. Era un chaval de lo más simpático. Tuve la desgracia de verle posteriormente en la calle en muy malas condiciones, al igual que a algunos de los que fueron sus compañeros en los diversos ingresos en el hospital. Pude ver a uno de ellos medio tumbado en el suelo con una botella de cerveza de la que iba tragando poco a poco; completamente drogado y perdido a otro y mendigando a un chaval con el que estuve una vez contando chistes en el hospital, y que, sin reconocerme y  colocado, me pedía  “algo de pasta para el autobús”.
Lo más curioso de esta gente ingresada por asuntos de drogas o de alcoholismo, es que, durante el ingreso, debido al  aislamiento de su entorno de círculo vicioso y a la acción de algún tipo de fármaco, suponemos que para evitar síndromes de abstinencia, nadie podría haber adivinado que tuvieran problema alguno al verlos jugar a las cartas, hablar de cualquier tema o simplemente sonreír y reír. De hecho, eran de lo más agradables. Y cuidado, no estoy moralizando, pues no todos eran agradables. Pero sí bastantes. Yo tuve trato con unos cuantos y eran, a veces, los más cariñosos y campechanos, algunos incluso muy inteligentes; a pesar de estar metidos donde estaban, era gente que sabía algo de la vida, que para mí ya era y es mucho. Se me hace increíble pensar que alguna de esa gente de tan buenos sentimientos (allí y en aquellas circunstancias, quiero matizar), los cuales se mostraban espontáneos y nunca calculados, se me hace increíble digo, ver a algunos como los he visto luego, o sólo pensar lo que habrán tenido que hacer, (más de una bestialidad), para poder seguir con el tipo de vida que ellos han elegido o que la vida y el azar les ha impuesto tristemente. Y ahí es donde no me voy a meter con la moral; para mí eran tan respetables como cualquiera o más, sólo eso, porque como ya dije, en el psiquiátrico no se pedía a nadie carné de procedencia, ni de condición moral o ideológica; ni de antecedentes laborales, ni de modos de vida ni de nada.



Volviendo a mi primer ingreso, por marear un poco la perdiz y que la gente se pierda con las fechas o los tiempos (cosa que es lo que menos debía de importarte, lector) diré que tras unos cuantos meses del alta del tal primer ingreso y tras muchos días de sufrimiento (pero no vale la pena sentir pena por eso ya, pues, insisto, vivo muy bien ahora; aquí no nos referimos a que tengo muchas pelas, estamos hablando de otra cosa, que tú, lector, sabrás discernir) se produjo  mi segundo ingreso. No levantaba cabeza.










































4










Salvo en mi último ingreso, en todas las camas del psiquiátrico, en todas las fundas de las almohadas, había un detalle horripilante: en ellas estaba escrita en letras mayúsculas y enormes la palabra “psiquiatría”; sería para que no nos olvidáramos de dónde estábamos.  A los trabajadores del hospital les parecería un detalle sin importancia, pero cuando me despertaba, entre sueño y sueño, digamos que a las siete y pico de la mañana, y no recordaba dónde estaba, mecido por el ligero y dulce sueño reciente, pensando quizá que estaba en mi casa y que todo marchaba a las mil maravillas, al abrir del todo los ojos y ver en la almohada lo que estaba escrito (había siempre suficiente luz para ello, o a mi eso me parecía),  aquel espantoso “PSIQUIATRIA”, entonces la agradable confusión se desvanecía dando paso primero al miedo; y acto seguido, con la memoria recuperada  y la orientación restablecida, le venían a uno sensaciones de lo más indescriptibles. Indescriptibles. “Una persona que escribe debiera de saber describirlo todo y si no pudiera describir según qué cosas, entonces no debiera de meterse en terrenos en donde no pueda dar una información exacta de los objetos, personas, sentimientos o lugares sobre los que escribe” (lo entrecomillado lo escribió un personaje que conocí  no recuerdo ni cómo, que además de jactarse de ser escritor, daba la impresión de estar completamente chalado. Daba la impresión) Pero óiganme, hay ciertas cosas  sobre las que el  ánimo de uno nunca está en condiciones de concretar nada; el aparentemente insignificante detalle de la almohada era mucho peor que la peor de las pesadillas, porque era una pesadilla real. De los músicos o escritores que conozco  sólo Kurt Cobain (recordar primer capítulo)  expresó bien estos horrores. En las canciones de aquel sí he identificado muy bien los míos de aquella época;  tormento vital bestial pegado a fuego en la mente y que me suele asaltar todavía en las pesadillas; y Cobain no expresó esto  con palabras precisamente, sino por medio de su atormentada voz, vomitando a gritos salidos desde su desesperada rabia, toda la basura anímica que muchos de los humanos tenemos que tragar, algunos más que otros.
 La almohada, sí, --cojo ahora carrerilla  y a ver hasta dónde nos lleva mi dramatismo, ése que líneas atrás había decidido no utilizar-- y ese pestoso olor a desinfectante. Y esos “buenos días” a las siete y media de la mañana de una auxiliar que subía la persiana y que  te iba anunciando que se acababa la paz del sueño. Lo decía la auxiliar con un tono que en otro contexto o situación hubiera sido agradable, pero ella tenía toda la situación en contra para que su suave voz  provocara algún efecto tranquilizador o calmante en nuestros oídos; todo lo contrario, porque precisamente, aquellos no eran días buenos. “Buenos díaaaas”; bajo y suavecito. Lo decía antes (¿O era después?) de subir la persiana. Esa  era la señal de que nos quedaba media hora de sueño o de estar en la cama hasta que llegaba el más potente y casi militar “¡Buenos DIAS!” de algún celador o de un auxiliar. A veces sólo les faltaba una corneta. Tras ese saludo no había otra que levantarse, si uno no quería escuchar un bufido del tipo “¡Ay esa pereza! ¡nos vamos levantando chavalote!” Yo me solía levantar enseguida para no darles ese gusto, y reconozcámoslo también, porque me daban cierto miedo. El miedo de la propia depresión se multiplicaba ante la menor tontería. De todas formas yo no recuerdo que me durmiera nunca durante esa media hora entre el ‘dulce’ pero tan amargo levantar de la persiana y la voz de mando del celador o auxiliar de voz potente. Me chafaban ‘suavemente’ el sueño, porque yo entonces dormía muy bien, sin malos sueños y pagando a cambio el que  las pesadillas me ocurrieran durante el día. Y es que solamente saber que no quedaba más de media hora de tregua me producía una ansiedad de muerte y me agarraba a las sábanas en posición fetal apretando mi cuerpo en tensión contra la almohada, deseando inútilmente que nunca llegara el momento de levantarse para encarar otro día despierto.
. Cuando me dieron el alta tras mi segundo ingreso, mi entusiasmo y alegría duraron poco. La normalidad del psiquiátrico era una falsa ilusión, pues a pesar de la medicación, la depresión  me seguía chupando la vida, y no conseguía orientarme fuera de la forma ‘artificial’ de vivir del hospital. De todas formas tengo dudas sobre todo esto, pues no sé si lo que llaman realidad y sociedad no es todavía más artificial, o por lo menos tanto como el propio psiquiátrico. Fuera de él todo se me hacía lejano y no sabía hacia que proyecto dirigir mis pasos. Por supuesto de la alegre cuadrilla que se formó la última semana alrededor de una mesa y del chico que tocaba la guitarra (yo, el burro por delante, y mis amigos de los últimos días de estancia) no se volvió a saber nada y evidentemente  una cena jovialmente programada por ellos nunca tuvo lugar. Normal. Una cosa era planearla dentro, con todos recuperándonos aparentemente, y otra bien distinta llevarla a cabo fuera, con todos desorientados, volviendo a tientas a la cruda realidad del exterior y de nuestro interior.


Un amigo mío,  de la localidad guipuzcoana de Beasain, al comprobar de primera mano mi más que confusa situación, trató de ayudarme (de hecho lo consiguió) y me echó una mano enorme; me propuso ir a vivir con él y  acepté, con intención de desconectar de la ciudad, de  la familia y de todos los malos recuerdos asociados a mi casa,  que estaban pegados al recuerdo de la  enfermedad (que continuaba su curso aparentemente imparable) y de sus estragos más  complicados
Beasain era un lugar absolutamente desconocido para mi, pero a pesar de ello y de no conocer a nadie, más que a los amigos de mi amigo, con el tiempo, fuí relativamente feliz allí.
Sin embargo me costó unos meses salir de la subdepresión (como la llamaba mi médico) en que me encontraba: no sufría pero tampoco disfrutaba de nada. Era una apatía general y un apocamiento soportable. Fueron unos meses en los que me dedicaba a ver telefilmes baratos por la tele (todavía no había llegado la salvaje época de morbosos y violentos cotilleos) y a dar caminatas  deambulando sin destino fijo por las calles del pueblo. En Beasain, todo era como volver a empezar.
 Una vez más y tras meses de apatía y apocamiento, de abulia general, la medicina me sacó a flote y volví a ser como era cuando estaba bien. Tengo también dudas sobre esto. ¿Cómo era yo estando bien? Esto no es autocompasión, pues ya digo que ahora sí lo sé, sé lo que soy, o cómo soy estando bien, pero entonces, entonces no podía estar seguro…

         Estuve en el pueblo de mi amigo  más de un año.  Todo  era nuevo.
       Mi amigo era cura. Vivíamos en la casa parroquial y se podía acudir a la capilla en zapatillas de casa (es un decir) sin pasar por la calle. En el mismo edificio estaban las salas de reuniones, de catequesis, confirmación....

 Pues sí.  Meses después de ponerme a vivir en Beasain empecé a sentir, creo que gracias a la medicación, pues no hice psicoterapia alguna, cierta “alegría de vivir”. Sin embargo, tras unos nueve meses en Beasain, salí disparado hacia una euforia alucinatoria (la única fuerte y avasalladora en mi vida, pero basta con tener una para ser considerado bipolar) en la que la religión, la música, la política,  el cine y hasta una chica (pobre, la lata que se le di) formaron un cóctel explosivo que provocó  una etapa de meses de auténtica estupidez mental. Estos meses derivaron al fin en la  más absoluta derrota interna. Otra depresión. Sobre la alucinación eufórica previa tengo que comentar que hice, dije y creí cosas que por pudor personal y por no transgredir ciertas reglas del buen gusto no las puedo reproducir en estos papeles ni en ninguna parte. Sólo decir con respecto a esa fase que pasé unos siete días nuevamente ingresado en el psiquiátrico porque  no lograba permanecer sentado y me costaba mucho esfuerzo (por extraño que suene) permanecer tumbado en la cama. Por suerte, no me ataron a ésta, práctica no poco habitual en el psiquiátrico. A la doctora le conté unas historias inverosímiles y delirantes que yo creía verdaderas y que cuando las recuerdo a día de hoy, me sonrojan.                                                                                           
  Yo narrador, soy consciente de que mi impaciencia por contarlo todo a la vez me hace saltar agujeros en el tiempo hacia terrenos que me conducen a dejar de  lado curiosos  acontecimientos. Hablando me pasa algo parecido para exasperación de mis interlocutores. Pero como esto no es una conversación, volvamos a Beasain antes del ciclo eufórico de calamitosas consecuencias.
En Beasain conocí a personas curiosas, pero hablaré sólo de dos, que fueron las que más grabadas tengo en mi mente, a pesar de tener más relación con otra gente, cuyo recuerdo, sin embargo, es muy débil, quizá por poco significativo e impactante; eso sí, con la  excepción de mi gran amigo el sacerdote.
 Una de las personas que conocí se llamaba (digo bien, se llamaba, murió hace dos años) Pello Urresti. Tendría unos cincuenta años. A pesar de la diferencia de edad, pues yo contaba con veintitantos  años, nos hicimos buenos amigos. Solía venir a casa del cura, que le ayudaba bastante, pues tenía problemas comunes a los míos.  Pello, según palabras del cura, había sido una persona enferma a la que se consideró golfa, hasta que tuvo que ingresar en un psiquiátrico de Mondragón pues le dio un día por quemar su propia casa. Dios los cría... y el desastre los junta. Le inyectaban un antipsicótico fortísimo (Modecate) cada veinte días y le costaba estar sentado. Los primeros días tras el pinchazo, le costaba incluso mantenerse despierto o seguir una simple conversación. Congeniamos desde el principio. Dos perdedores pueden entenderse muy bien.
 Solíamos jugar al mus tras las comidas; a veces  comíamos en el hogar del jubilado nada menos, sobre todo porque se comía muy barato y nos llegaba para eso y para pequeños vasos de kas manzana a 20 pelas. En el hogar del jubilado, nos sentábamos en  una mesa cercana a los demás ancianos y veíamos espectáculos decadentes y también edificantes; digo los demás ancianos porque nosotros, a veces, con nuestra somnolienta y renqueante conversación, parecíamos prematuramente envejecidos pero sin la lucidez de alguno de ellos.
Sin la lucidez de Venancio por ejemplo, un anciano de ochenta y seis años con el que hicimos amistad. Venancio era alto, corpulento, de amplia calva, llevaba gafas de culo de botella y  tenía algo de papada. El hombre venía siempre a la mesa con su bastón, su todavía elegante porte y su omnipresente sonrisa cariñosa de labios abiertos. Aquella sonrisa no era un tic ni un pegote de espantapájaros, era la expresión de su forma de entender la vida y de lo que por dentro vivía en él. Evidentemente no la llevaba puesta cuando las circunstancias externas la podrían convertir en algo ofensivo.  Sé que la sonrisa era natural y sincera, no era una pose clerical (Venancio no tenía tampoco buenas relaciones con Dios) porque tuvimos oportunidad de hablar varias veces con él y de conocerle lo suficiente. Casi siempre nos pagaba la comida. No había forma de evitarlo. Nos negábamos, pero en ese aspecto era un cabezón intratable. Que le dejáramos o que nos daba con el bastón. ‘Que me pongo serio si no me dejáis ¿eh? Para mí supone mucho invitaros, es un placer’ Hablaba despacio y con una corrección  increíble. Había sido  historiador, con muchos libros a sus espaldas y también un gran aficionado a la literatura. Decía que seguía escribiendo. Yo no he leído nada suyo a pesar de que me regaló un libro con dedicatoria, pero los libros de historia nunca me han interesado mucho. A mi me interesaba él, su vida, su sobria vejez. Una ancianidad anímicamente entera a pesar de tener innumerables goteras físicas. Por una clase de afección sanguínea (no sé qué exactamente, soy un ignorante en medicina) le iban cortando los dedos de los pies, por falta de riego sanguíneo, y la cosa parecía ir en aumento. Ni una queja sin embargo. Le gustaba el fútbol y oír al fantasmilla (como le llamaba él) de José María García. No oía bien de un oído y siempre nos señalaba el derecho, para que le habláramos por él y un poco alto. Solía reír de una forma campechana y abierta.
Un mediodía nublado, y en una de nuestras comidas a la que también nos había invitado Venancio, Pello tenía un día negro existencialista. Dijo ya en el primer plato:
--Esta es la antesala ¿O no, Venancio? Porque lo normal sería que la mayoría de los que venís aquí os fuerais pasado mañana –que bestia eres Pello, pensaba yo-- de esta sala de espera del final ¿Pero quién me dice a mí que no puedo irme yo primero? ¿No Venancio? Esta vida, esta vida es una putada. A veces tengo ganas de hacer una barbaridad. Menudo futuro el nuestro.

Venancio no perdió ni la sonrisa ni el buen humor.

--Pello, pero qué cosas tienes. En la antesala estamos desde que nacemos. Pero esta ensalada está riquísima por ejemplo. Sí, lo de siempre, lo que pase mañana se nos escapa a todos y puede ser terrible o glorioso, o ninguna de las dos cosas. Pero en esta comida, en esta ensalada deliciosa ¿a que está buenísima? y en la siesta que nos vamos a echar luego, o en esta conversación en compañía de amigos, ahora ¿qué importancia tiene todo ese rollo existencialista que nos traemos siempre sobre la vida y la muerte? Sin solucionar nada además.
¿Tú sabes lo qué es la dialéctica? A  mi es algo que me ha ayudado mucho. Por explicarlo de forma simple: La dialéctica dice: de acuerdo, dos y dos son cuatro, aritméticamente, sí, por supuesto; pero según el punto de vista, según la perspectiva, la mezcla de sentimientos y la sucesión de diferentes momentos, en fin, según el contexto y el sentimiento con el que se haga la suma, hay veces que dos y dos no son cuatro. Y no sabes lo bien que resulta eso, oye. Y no te hablo de matemáticas. Sí, vamos a sufrir y a morir, aparentemente nosotros antes que este joven (me señalaba) pero eso no cuenta nada para ahora, para hoy, para este momento. Si no controlamos el mañana y aunque sepamos, como dos y dos son cuatro, que nos vamos a morir, qué sabemos nosotros si eso será bueno o malo o incluso necesario; ni siquiera sabemos si será una muerte dulce o dolorosa. Seguimos (y seguiremos) sin saber a día de hoy a día de  hoy el resultado final de la ecuación nacimiento más vida igual a muerte. Pues muerte igual a incógnita. Sé que digo cosas obvias pero es que  por no saber no sabemos ni con qué estado de ánimo nos despertaremos mañana.
‘Ninguna creencia tiene fundamento racional, ninguna creencia se rige por el dos más dos y entre las creencias incluyo el ateísmo, que es la creencia del que niega la existencia de Dios, tan legítima como cualquier otra;  cualquiera de ellas puede ser cierta. O dado lo limitado de nuestro raciocinio, podrían ser todas falsas y no existir eso que llaman Verdad Universal. Yo no me posiciono, no tengo por qué, me posiciono en este momento, en esta comida, esta compañía y esta conversación, a pesar del dolor de cabeza que tengo, por cierto. Futuro, antesala de la muerte, la vida es una putada, dices. Puede ser, y puede no ser,¡pero qué importa lo que sea en muchos momentos! Yo con ochenta y seis años ¿Qué hago pensando en el futuro? ¡Si todavía me ilusiono investigando y escribiendo! El futuro es siempre ahora y todo lo demás es matemática demasiado fría. Prefiero la literatura del día de hoy en el que puede que dos y dos sean cinco.
‘Por ejemplo el hecho de que desde fuera a los ancianos se nos vea como cuerpos residuales cercanos a la muerte me importa un rábano. Mi forma de vivir con esas ideas (falsas por muy lógicas que parezcan) es sabiendo que en mi caso, en cada nuevo amanecer dos y dos son siete. Nada del “trato social” que se nos dé romperá cada minuto que pueda seguir viviendo. Eso he conseguido, y no me parece poco’
Y sonrío y río levemente. A mí me pareció envidiable su actitud pero pensé que quizá se fue por los cerros de Úbeda. Quizá le debió hablar en lenguaje más llano a Pello. Pero qué sé yo.
 Guardamos unos segundos de silencio pero Pello no se daba por satisfecho:
--No entiendo muy bien Venancio, tú hablas de creencias que a mí ni me van ni me vienen; hablas de la importancia del presente, de hoy, pero yo hoy precisamente, este día, este maldito presente, lo tengo atravesado como una cruz que me come por dentro  y si éste es mi futuro--presente estoy arreglado... Esta maldita angustia... Tú dices cosas que suenan muy bien pero no son verdad muchas veces. Llevo varias semanas levantándome con el ánimo por los suelos, deseando pasar el día entero dormido. ¿¡De qué me sirve a mí el presente en este caso!? ¿¡De qué me sirven esas filosofías!? ¿Qué puedo hacer?
--Cambia el carrete negativo por el positivo. No es tan difícil.
--Ni tan fácil, es muy difícil; hay psicólogos que se llenan la boca diciendo eso, como si vivir feliz fuera tan sencillo como proponérselo; como si en la vida sólo hubiera dos líneas, la negativa y la positiva; hay que ir por la positiva y ya está... no me jorobes--- respondió Pello y mentalmente le di toda la razón.
Venancio miraba a Pello con ojos serenos y respetuosos. Se quedó un rato en silencio tras el cual dijo:
--Bueno, puedes tener razón, pero dejémonos de trascendencias que el mundo si que no lo vamos a cambiar hoy precisamente ¿Pedimos el postre?
Y esta vez no sonrío y se puso un poco serio, seguro que por respeto a Pello.
Yo me quedé pensativo y sentía que quien tenía mayor parte de razón era Pello; los días duros, los días terribles e insoportables, los despertares y mañanas de ahogo, ese Dios que si existe menudo elemento. Lo que decía Venancio sonaba muy bonito pero como decía Pello no era tan fácil ni inmediato. Y sin embargo en ese mismo momento sentí también que podía haber una gran verdad en lo que decía Venancio por mucho que yo en aquel momento no pudiera sentir así (y menos ponerlo en práctica) no podía cambiar de carrete ni quería, y me identificaba con Pello. Con los años me ha venido mucho a la mente esa conversación como un símbolo de mis propias contradicciones y creencias contrapuestas. Creo ahora que ambos tenían su parte de razón. Pero en los malos días, en los  días del pánico  interno, se me tambaleaban esas ideas aparentemente objetivas y por momentos se me derrumbaban totalmente ante las sombras de la impotencia, de lo imposible que no parecía (“parecía”) hacerse posible, según todas las apariencias de esos momentos. Y aunque esos días no eran numerosos, ahí estaban, reclamando también su parte de verdad. Hasta que en un nuevo amanecer me sentía sereno y entusiasta y no sabía por qué me sentía así, pero no me importaba, en ese momento no me importaban mis contradicciones o si la vida era dura o bella o las dos cosas a la vez, o ninguna. Entonces me daba igual.
De todas formas sigo creyendo que lo de ‘cambiar de carrete’ no es algo que se pueda hacer a voluntad en un día ni en una semana. Requiere crear un nuevo hábito para desterrar nuestros otros hábitos deterministas, o los superficiales pero intensos que nos ha impuesto la sociedad de la competitividad y del consumo, aquella que subliminalmente (y a veces no tan subliminalmente) dice que alguien es “demasiado bueno” para triunfar en esta sociedad : Bien, digo yo que todo dependerá de lo que se considere triunfo, pero como esto nos llevaría a filosofías que no solucionarían nada y dejarían las incógnitas de siempre como siempre, o sea, sin respuesta, será mejor no seguir por ahí.
 A pesar de ello, pienso que cambiar de carrete requeriría, seguro, tiempo y desgraciadamente, dolor, que era lo que menos me apetecía afrontar en aquellos momentos en que casi todo había sido durante los últimos años, precisamente, dolor, aparentemente inútil. No me apetecía afrontarlo ni en aquellos momentos ni en posteriores de escepticismo general. Y aunque los años me hayan hecho “cambiar de carrete” a mí mismo, creo que Venancio estuvo desafortunado cuando se lo dijo  a una persona que llevaba años rodando cuesta abajo con el carrete derrotista. A pesar de ello, ya me gustaría a mi llegar a los ochenta y seis años, con semejante lucidez, porque meteduras de pata espontáneas como esa las hago yo a montones y si envejeciera las seguiría haciendo y en mayor cantidad.
 Venancio y Pello. El vaso de kas manzana más alto que en la mitad (y hasta ignorado) en Venancio o eliminándose en su parte baja en Pello. Entre ambos formaban un vaso ni medio lleno ni medio vacío, vacío y lleno al mismo tiempo. Venancio y Pello, vivir la vida sufriéndola pero disfrutándola, o sólo sufrirla.


La verdad es que me gustaba mucho la compañía de Pello y los paseos que me daba con él por el pueblo, además de la manera que teníamos de bromear sobre lo que pasaba y nos pasaba.  Diez años después de aquellos días,  le volví a ver en la entrada de la biblioteca municipal de San Sebastián. Su aspecto había cambiado radicalmente. Ya no parecía aquel vejete prematuro de cincuenta años resignado y cabizbajo. Al contrario, al verle con un pendiente y una cuidada perilla (a sus casi sesenta años), con una forma fluida,  convulsa  y aventurera de hablar, me dije que algo había cambiado en su vida o que lo había cambiado él. Seguía tan filosófico y trascendental como siempre pero su conversación era acalorada y muy animada; quizá demasiado animada. Y sobre todo mantenía un tipo de charla avasalladora en la que te interrumpía a cada rato para seguir con su propio tema, independientemente de lo que le dijeras tú. Iba por libre en la conversación. También parecía estar viviendo su propio presente más que nunca. Bromeaba de otra forma, con una soltura desconocida... Nos sentamos un rato en un banco del puerto y me empezó a hablar de filosofías en las que mezclaba grandes verdades con auténticos delirios. Ya no quería saber nada de nuestro amigo el cura de Beasain. “Habría que volver a quemar las iglesias” dijo en delirio y mientras se reía. Lo cierto es que dentro de su pequeño delirio yo nunca le había visto tan feliz como aquel día pero me temía que no le esperaba nada bueno. Desgraciadamente acerté. El amigo cura de Beasain me dijo al comunicarme su muerte meses después que “bueno, dijeron que fue infarto, pero... en fin” Intuí la posibilidad de una muerte producida de forma más escabrosa, pero preferí no preguntar. Poco le duró la felicidad final a Pello. Ya habrá salido de  la antesala a despejar la incógnita, o quizá a nada, nada de nada, antes que Venancio por cierto, que a día de hoy sigue vivo.

 Pero diez años antes Pello era uno de los mejores amigos con que contaba en Beasain.  Recuerdo que incluso en mi época de euforia alucinatoria, él se creía lo que yo le decía, o simplemente me seguía la corriente.
Tras el periodo de euforia en Beasain vino sin transición la época de la depresión antes apuntada, de cuyos días tengo un documento fotográfico (el de  mi carné de identidad de entonces) en la que un amigo me dijo que parecía un fugitivo perseguido por la justicia. Podía figurar en las listas policiales de “las fotos de los delincuentes más buscados por la justicia” (y no estoy hablando de política) sin desentonar. No era un rostro agresivo sin embargo. Era el rostro roto, áspero y medio asustado que pudiera tener un delincuente nada más ser detenido y fotografiado para su correspondiente ficha policial. Pero evidentemente no era el caso. Habíamos entrado en uno de los peores años de toda mi vida, con una depresión que al cumplir cinco meses desembocó en otros  dos meses contra las rocas del podrido basurero anímico de Asteasu, Sanatorio de.
Durante ese periodo y antes de llegar a Asteasu se probó de todo. Cambiar de médico, escuchar una vez más consejos de todo el mundo; volver a cambiar de médico, ingresar voluntario en el psiquiátrico para pedir el alta voluntaria al mes siguiente y seguir en el subsuelo; y también ver a una homeópata, que lo único que hizo en la excesivamente bien pagada consulta, fue soltarme una conferencia sobre lo inteligentes que éramos los bipolares. Éramos según ella, artistas, sensibles, genios (nada menos) gente de una vitalidad (no sería por la que yo tenía entonces) extraordinaria, con una vida interior riquísima, en fin, para qué seguir... Porque yo en aquel momento  creía ser de  todas las maneras posibles menos de aquellas que según aquella homeópata éramos los bipolares. Pero con darme coba durante quince minutos en que hablaba de forma grandilocuente, se acabó la consulta.  Y yo seguía con mi inteligencia, mi vitalidad y mi vida interior no sólo bajo mínimos sino seriamente amenazadas por el miedo a quedarme en aquel estado toda la vida. El ingreso en Asteasu, que no recuerdo por qué procedimientos llegó a producirse, fue el remate caótico, la gran traca final de los espantos de un año de atontamiento enorme, permanentemente alerta y en tensión angustiosa, fracasando en todos los intentos de levantar el ánimo y culpándome por ello.
Y ya basta. Ahí terminó lo peor de mi vida (creía), y por lo menos lo puedo contar. He tenido más suerte que muchos. El ingreso del que  hablaba en el primer capítulo me parece una anécdota comparada con todo aquello; aunque no se vayan todavía, aún hubo más.
 Fui pues, poquito a poquito, levantando la cabeza, mes a mes hasta llegar a un estado normal*...
*Normal: De características, comportamiento, etc., parecidos a los de la mayoría, por lo que no produce extrañeza ni llama la atención: una vida normal... Nuevo diccionario esencial de la lengua española. 2000 Grupo Santillana de Ediciones S



















5






    Recuerdo que estaba sentado en la segunda fila de aquella aula universitaria, en una esquina al lado de una ventana, donde me sentía bastante cómodo y algo fuera de los grupillos que se iban formando en clase, a ninguno de los cuales llegué a pertenecer de lleno. No por ser yo un misántropo, o por  creerme mejor o peor que nadie (ése es un error táctico de base que hace tiempo intento no cometer.) La verdad es que más por desgracia que por fortuna, nunca me he sentido a gusto en ninguna clase de gremialismo, por mucho que éste no tenga ningún tipo de repercusiones fuera de las rutinarias. Es un fallo que tengo. Me va mucho mejor el tú a tú. No funciono bien en grupitos ni en cuadrillas (salvo para reírme, y, a veces, hacer reír.) Mucho menos en grupitos de gente que habla mal de la gente de otros grupitos (unos de otros y viceversa), o de personas concretas, como era el caso de aquella y de otras muchas aulas. Unos hablábamos mal de otros, a la vez que éstos hablaban mal de nosotros y de otros, y, en fin, para qué seguir. Pero mi actitud no era fruto de una cuestión de ética (la de no descalificar a la gente),  sino de la pura incomodidad de formar parte de un subgrupo dentro del grupo; incomodidad cuyo origen último no sabría definir minuciosamente, en realidad yo mismo no sé explicármelo convincentemente, pero incomodidad. No es algo de lo que sentirse precisamente orgulloso pues a veces es inevitable sentir cierta alienación viviendo en esta posición.  En el grupo global sí me sentía a gusto. No es que yo no fuera un hipócrita (a veces no me quedaba otro remedio que serlo para mantenerme socialmente a flote bajo mínimos aceptables) pero también era bastante radical en lo que se refiere a relaciones de “convivencia social”, lo que me ha costado no pocos disgustos. De hecho sólo me queda una amiga  de aquella aula de alumnos, y uno que pareció ser amigo, cada vez que me ve y nos paramos a hablar por pura cortesía, suele tener unas prisas enormes por hacer otra cosa distinta a hablar conmigo o por irse a otra parte cuanto antes; huye. Y me parece muy bien. Él tendrá una visión de la historia opuesta a la mía y puede que los dos estemos en lo cierto. Algo así parece.


         La verdad es que aquel día me sentía contento; el curso se estaba terminando, las calificaciones que iba obteniendo eran muy buenas, y en aquel momento daba la clase un profesor por el que yo sentía verdadera admiración. Decían que todas las chicas estaban enamoradas de él, y no me extraña; yo solía pensar que de ser chica u homosexual ese tío me atraería bastante. Y la verdad es que el tema de la asignatura que impartía nunca me había atraído especialmente, y me sigue sin interesar  en la actualidad. Pero el profesor era original y espontáneo al explicar las cosas, incluso improvisaba, comunicaba  alegría serena mientras se sonreía al recordar conversaciones que acababa de escuchar en el autobús (desde el punto de vista de la lingüística vasca, su asignatura)  y entrelazaba sus explicaciones con comentarios sobre discursos de conocidos personajes televisivos a los que parodiaba de forma sutil; en fin, no había quien se resistiera a su charla y terminase interesándose por un tema que hubiera resultado muy árido explicado por cualquier otro profesor.
En este estado de cosas tan favorable a mi estado de ánimo una de las puertas de entrada al aula se abrió y por ella entró una chica vestida de forma, digamos, “alternativa”. La chica entró con una discreción cercana a la coquetería y se sentó en la segunda fila, al lado de la puerta. Se colocó a cierta distancia de donde yo me encontraba, en la misma fila, pero en el otro extremo del aula. El impacto que recibí fue muy fuerte. Atracción instantánea y dolorosa, es lo único que se me ocurre a bote pronto para describir la impresión que ella me produjo. El rostro de esa chica --su expresión, sus ojos, su boca-- me hacía sentir y recordar cosas que parecía haber vivido, pero que no sabría especificar qué cosas eran, ni dónde ni cómo las había vivido; no podía especificarlas entonces y mucho menos ahora. Debía de ser algo profundamente grabado en mi subconsciente pero al que yo no tenía acceso por vías racionales. Era como si esa cara representara ella sola a todos los rostros de chicas que hasta entonces me habían gustado o me habían atraído locamente. Era incluso, algo más que eso. Ella me provocaba una fascinación extraña. Una atracción exaltada y  tensa. Esas facciones (una vez más: sus ojos y labios, su sonrisa y su expresión seria o alegre) eran, en mí percepción, equivalentes a una punzada directa en el corazón, agradable y dolorosa, tremendamente melancólica y bordeando una nostalgia lejana sin otras formas visuales que la de la propia faz, aquella belleza tan dulce y tierna, tan triste, sí, tan triste, pero tan milagrosa; como un bellísimo otoño. Una especie de sensación imposible, fuera de todo contexto rutinario o real. Una descarga de sentimientos opuestos pero entrelazados. Era la vida misma, desarraigada y esperanzada; una cara que se correspondía en mi mente, a la imagen de lágrimas cayendo desde los ojos de un rostro querido y sonriente, todavía sonriente a pesar de la evidencia de las lágrimas. Sonriendo a pesar y por encima de esas lágrimas.
Supe más tarde que se llamaba Miriam. Se podía haber llamado de cualquier modo, a mí me daba igual.  Empecé, casi sin darme cuenta, a perder el hilo de lo que decía el profesor, para mirarle cada dos por tres, con bastante poco disimulo, pero sin poder evitarlo, a expensas de hacer el auténtico ridículo, y más de una vez me sorprendió observándole. Ojos con ojos en un segundo. Pero tras ese instante, ella miraba para otro lado, como indicando “no te conozco”. Así lo interpretaba yo, pero conociendo un poquito el complejísimo mundo interior de algunas chicas me doy cuenta de que cualquier interpretación podría ser totalmente errónea.
El hecho es que ella sólo aparecía en las clases del original profesor; yo por mi parte estuve unas semanas sin acudir a esas clases, por vagancia o por lo que fuera y me fui olvidando de la fascinante (“amazing”, que dirían los anglosajones) cara. Cosa que me parece completamente incomprensible. Quiero decir, la cara y el pelo de esa chica me habían provocado sensaciones emocionalmente explosivas, habían tocado toda mi fibra más sensible de cabo a rabo y con una intensidad inusitada. Todavía me provoca escalofríos el recuerdo de aquella espina en la rosa. La recuerdo todavía ahora (aquella cara de aquellos días, no a su dueña) y no puedo entender aquel olvido tan repentino.
De forma que puedo asegurar, que si pasados unos días, me cambié de sitio en la clase, de un extremo de la segunda fila al otro, fue por dar variedad a los días pues ya empezaba a encasillarme en un grupito y no quería nada de eso. De hecho, sin salir de esa segunda fila, era una operación que ya había realizado a menudo. Cada ciertas semanas, me desplazaba de un extremo a otro, para extrañeza de algunos alumnos y profesores; extrañeza que, sinceramente, me importaba un rábano. Cuando lo hice no recordaba que la chica amazing se solía sentar al lado de donde yo me coloqué (afortunado y todavía incomprensible olvido), aunque luego me alegré de haberlo hecho. Porque un martes en que el profesor seductor de  las chicas, el original orador de las aulas, estaba dando una de sus peculiares clases, la puerta se volvió a abrir y por ella entró Miriam, que antes de sentarse, me preguntó en euskera si el sitio que había al lado mío estaba libre. Cómo no. La situación me cogió bastante tranquilo y además tenía la seguridad de que esa chica no quería saber nada de mí; sin embargo no pude dejar de volver a sentir nuevamente la punzada anteriormente descrita. Comenzamos a hacer ejercicios juntos cuando el profesor nos mandaba hacer alguno en grupos de dos. Empezamos a hablar y se puede decir que pronto hicimos cierta amistad. Yo estaba obnubilado sólo con aquella amistad y me costaba un esfuerzo enorme componer un gesto que no me delatara.
En contra de lo que yo había predicho y pensado, ella sí quería saber algo de mí.
       Y así, de la amistad se pasó a algo más y mes y medio después empezamos a salir juntos. La relación duró seis meses. Seis meses, todo sea dicho de paso, o no tan de paso, de una relación de auténtica montaña rusa. La palabra enamorarse la asocié tras ese tiempo, y tras mucho tiempo después, con algo horrible, a pesar de que mi “amor” fuera en las primeras semanas entusiastamente correspondido. Mi gran error fue poner unas enormes expectativas en una persona cuya única carta de presentación para “enamorarme”, para volverme loco por ella, fue un rostro y un pelo que me provocaban sensaciones de pasión casi enfermizas. Estúpidamente asocié un atractivo físico extraordinario (sólo facial, y ridículamente casto) con una forma de ser que sería, según mi imaginación, extraordinaria. Arbitrariamente. Una imagen con connotaciones emocionales tan complejas fue convertida por mí en la promesa del paraíso y de la pureza más ideal. Gran error de adolescente, que pagué muy caro. Ahora puedo hablar así porque ya ha pasado mucho tiempo pero entonces no habría habido quien me sacara de mi absurda convicción e ilusión. El batacazo pues,  estaba esperándome, tranquilamente, a la vuelta de la esquina. En mi caso, si el amor es ciego, sin duda ha sido a veces también completamente estúpido.
 Sólo el mes anterior antes de salir con ella me sentía preso de una ansiedad brutal pues estaba convencido de que yo amaba (sin conocerla casi) a esa chica, por encima de todo, y de que un rechazo por su parte podría ser letal para mí.
          No hubo rechazo. Pero lo que ella hablara o fuera, estaba tremendamente condicionado en mi mente por la dulzura y el encanto de sus formas; en fin, de su aplastante belleza en suma. Todo lo que decía, aunque objetivamente fuera vulgar y corriente, a mí  me parecía genial. Nunca pude verle un fallo. Lo que resultaba agobiante y agotador, porque me obligaba a ponerme a una altura que yo mismo había colocado en el cielo, y a la que sospechaba que no podría llegar. Cada vez que salíamos juntos intentaba impresionarla, por medio de mi conversación o humor, para estar a la altura de mi ideal. A veces lo conseguía,  muchas veces no. Esa tensión y esas expectativas me provocaron una inestabilidad y unos cambios de humor descomunales.  Yo estaba jugando a ser un personaje mucho mejor de lo que en  realidad era. En un solo día todo parecía genial y al otro todo parecía perdido y lleno de desolación. El mínimo gesto de desaprobación por parte de ella me provocaba pánico. Ya digo que fue una locura de relación.
          Aquello no era amor; no desde luego el que aprendí a valorar con los años. Aquello era otra cosa. Aquello era una variante neurótica de mi enfermedad.
Miriam no era ni buena ni mala, era un ser complejo pero corriente como yo mismo, como la gran mayoría de la gente. Pero yo inconscientemente le pedía que fuera lo maravillosa que me había creído que era. Al final me llegó a decir con mucho acierto que yo me había enamorado de alguien que no era ella misma, alguien que ella no estaba dispuesta a ser; que mentalmente le había puesto una responsabilidad imposible de cargar a sus espaldas. Cierto, era verdad, lo acepté y lo acepto. Pero la coquetería puede hacer estragos y a ella le encantaba que yo la considerase genial, hasta que llegaron los reproches mutuos y nos dimos cuenta del peligroso juego al que habíamos estado jugando, más yo que ella para ser justos. Éramos pareja y teníamos contactos físicos (¿por qué seré tan pudoroso, por cierto?) apasionados y frecuentes pero no teníamos ni idea de con quién estábamos; yo no sabía realmente, aunque creía saberlo perfectamente, a quién le estaba dando tanto poder en mi vida: la llave de mi felicidad o infelicidad, prácticamente. La relación a nivel afectivo no podía ser más superficial por lo irreal. Nunca confiamos del todo el uno en el otro. Nunca hubo paz en nuestra pequeña unión. La fascinación primeriza y las emociones exaltadas nos cegaron completamente, sobre todo a mí, repito, aunque a ella también de alguna manera.
Terminamos muy mal. Tirándonos todos los trapos sucios, todos los reproches que se habían ido acumulando en el trastero psicológico de cada uno y de la relación misma. Ella pensaba que la culpa era mía y yo que seguramente, pero que ella no debía de haberme bla bla bla...
Tuvimos la suerte de  volvernos a encontrar en otras circunstancias bien distintas, y aunque trágicas, mucho más humanas, lejos de ideales e ingenuas locuras psicológicas; hoy somos buenos amigos. Su cara, evidentemente, dejó de parecerme tan significativa. Pero todavía puedo recordar, sí, esas primeras impresiones, esa sensación interna de dulce ahogo que nada externo me ha vuelto a provocar nunca. Ella se ríe cuando se lo cuento hoy día.

Recuerdo muy bien una conversación que tuve ese mismo año con un amigo íntimo en un bar, entre trago y trago de agua—yo agua y kas, él tomaba una cerveza tras otra-- sobre lo que me había pasado recientemente con Miriam y sobre otros temas. Mikel era y es un amigo al que veía intermitentemente. Ahora hace tiempo que no le veo, aunque sigue siendo mi amigo. Un amigo de hacía mucho tiempo, con el que insólitamente seguía teniendo relación y por aquella época nos veíamos una vez al mes, más o menos.
Mikel trabajaba como camionero de recogida de  basuras; extraño hecho para el que no le conociera, pues era una persona con estudios hasta COU, éste incluido, con notas bastante buenas además y con una alta calificación en selectividad. Cuando terminó estos estudios, y con una convicción sorprendente, decidió no hacer carrera universitaria pues la vida de estudiante universitario, le parecía, en sus palabras, “un horror”, pues prolongaba, según él, nada menos que la niñez y la dependencia de papá y mamá. Él tenía prisa por salir de aquel estado. Así de simple y contundente. Siempre me sorprendió lo convencido que estaba de las decisiones que tomaba. Si tuvo miedo o inseguridad, desde luego no los mostró. Cuando los demás huíamos de cualquier decisión que implicase un mínimo riesgo, escorados y escudándonos en las circunstancias con tal de no salir desprotegidos a luchar en el circo de la vida, ahí salía él, pegando un órdago que parecía suicida y jugándoselo todo.  Los demás hicimos lo que tocaba, lo que se suponía que había que hacer, seguir al rebaño que nos daba seguridad, empezar una carrera y a ver qué pasaba. El que en mi caso pasara todo menos lo que se suponía que iba a pasar, no es óbice para que, me guste o no, yo también fuera una oveja más en este aspecto.
Pero él no. Él  quería dinero cuanto antes. Trabajar (fuera en un trabajo “cualificado” o “no cualificado”; las comillas van por la repugnancia que me provoca el calificativo). Llevar otro tipo de vida. Ser dueño de su vida cuanto antes. No estaba dispuesto a invertir su tiempo en carreras de hipotéticas posibilidades. Él fue al grano, dijeran lo que dijeran (y dijeron bastante) sus familiares, profesores y malos amigos. Se equivocaron, por cierto, quienes pronosticaron que aquello era una locura, que lo que hacía le iba a proporcionar “pan para hoy y hambre para mañana”; pues diez años después le habían hecho fijo y con un sueldo relativamente bueno o relativamente modesto (depende de exigencias personales), vivía en un ático decente que consiguió comprarse a precio de ganga. No tenía mucho dinero evidentemente y no se podía permitir muchos lujos, pero él estaba a gusto con su independencia (eso era lo que yo creía hasta ese mismo día; desde luego en los primeros años lo había estado) y parecía disfrutar de sus hobbies --lectura, fútbol, escribir  poesía (su más grande pasión) y le gustaban las noches de juerga-- como el que más. Y sobre todo tenía una novia de la que parecía seguir enamorado once años después de empezar a salir con ella (en el instituto, teniendo él 17 años y ella dieciocho) y con la que vivía desde hacía unos años. Recuerdo que cuando decidió empezar a trabajar como basurero, como simple peón (pues el carné de camión se lo sacó más tarde y tardaron tiempo en asignarle el puesto de camionero, para terminar haciéndole fijo) algunos de los que decían ser sus amigos dijeron que se había vuelto loco. Sin embargo para mí nunca ha dejado de ser un pequeño héroe, dijera lo que dijera aquella noche, aquella última noche en que hablamos de tú a tú seriamente por última vez. Un héroe y un amigo que además me quería, toda una suerte para mí.
 En nuestras conversaciones, a mí siempre me había ofrecido una sonrisa de lo más campechana, pero aquella noche, aquel  día en que mis convicciones se tambalearon seriamente, lo noté más serio de lo normal.  He aquí a Mikel, al principio de la conversación igual que siempre; Mikel, basurero, poeta, autor de sus días, hablando de mi historia con Miriam:
-Eres demasiado apasionado, amigo. Olvídala. Sí, espera, ya sé que me vas a decir que esas cosas se dicen muy fácilmente pero que luego llevarlo a la práctica no es tan fácil. Yo no te quiero decir que hagas magia, pues la cabeza y los sentimientos siguen muchas veces su ritmo propio aunque nos propongamos ciertas cosas. No me refiero al olvido instantáneo, que además no es posible. Me refiero a que, independientemente del dolor y de que te acuerdes de ella, inevitable, toda esta historia no te hace más que daño y que en la medida en que puedas te metas en otras historias y proyectos, que pelees con la vida para que el tiempo deje todo esto en su lugar, o sea, en agua pasada, en nada, aunque ahora lo parezca todo. Has sido preso de algo casi psicodélico, por lo que me cuentas que provocó en ti Miriam, o el aspecto físico de ella; pero ya está, ya ha pasado, o ya pasará. Sigue adelante y dale  pelea a  los días.
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    En mi caso, al desaparecer el sufrimiento más salvaje, al desaparecer las depresiones torturadoras, solamente el hecho de no tener aquel maldito dolor y en consecuencia, el poder empezar a respirar con normalidad, el recuperar mi voz, mi fluidez, mi humor, mis ganas de vivir, todo ello era para mí una auténtica gloria. Ni siquiera los malos momentos que pasé con Miriam me parecían tan duros comparados con los horrorosos días ingresado y sujeto por una enfermedad destructiva y cruel. Levantarme por la mañana sin aquel terrible malestar era para mí algo tan nuevo, que casi se hacía raro, pero qué bueno, qué bueno. Lo que yo apreciaba pues en aquel momento, era sólo el no sufrir mucho, el poder vivir con algo de alegría.

Pero volviendo a mi tardía época universitaria, recuerdo que, recuperada en gran parte mi orientación mental, estuve a punto de volver a perderla; y es que me puse a leer como un auténtico poseso. Daba la impresión de que estaba intentando leer todo lo que no pude haberlo hecho hasta entonces;  pasé varios años leyendo todos los días, como si tuviera una necesidad compulsiva. No digo que leer mucho no sea sano, lo que no era sano era el modo en que lo hacía yo, sin detenerme mucho y tragándome párrafo tras párrafo, como si las palabras fueran agua sagrada que bebiera continuamente para curar el tedio, sin tiempo para digerirlo todo en la mente. Me leí a unos cuantos clásicos. Una amiga me decía que yo era un machista pues sólo leía a escritores y nunca a escritoras. Puede que fuera cierto. Le dije que además de eso debía de ser un necrófilo pues todos los autores a los que leía por aquel entonces ya estaban muertos.
Con un autor de la primera mitad del siglo XX, el  alemán Thomas Mann, me sucedió algo muy curioso. Mejor dicho, no con él, sino con un libro suyo. Y no con el libro como historia o como ideas narradas sino con el libro  objeto, en una librería. Un día entré a dicha librería y pregunté si tenían “La montaña Mágica” de Thomas Mann. La chica que me atendió me preguntó primero si era una película o un disco (en la tienda se vendían otras cosas además de libros, pero esencialmente era una librería). Un libro, le dije. “Ah sí, ahora me acuerdo, creo que anda por aquí abajo. Jo, si además, ahora que lo pienso me lo empecé a leer. Ese de un hospital en la montaña o así ¿no?” Asentí. “Pues no lo encuentro, pero juraría que andaba por aquí. Es fácil de ver además, porque es un ladrillo que ni te cuento. Por cierto, yo respeto todo, pero  a mi me parece un tostón tremendo.” Todo esto se lo dijo a un potencial comprador. Me alegro de no habérselo comprado a ella, por pésima vendedora, y es que además disfruté de lo lindo con aquel tostón.
En otra librería de Jaca se me ocurrió preguntar si tenían alguna cosa de   Borges (otro autor al que anduve persiguiendo como un loco a través de sus cuentos, poesías, entrevistas y todo lo referente a él) y el veinteañero librero me dijo que no sabía si tenían algo, pero que él odiaba a Borges con todas sus fuerzas pues le habían hecho leer el Aleph con dieciséis años, y terminó detestándolo. Y a mí qué me cuentas tío, pensé. Afortunadamente no tenían nada de Borges y así me evité el tener que decidir, de haber tenido ellos algún libro de Borges que yo no tenía, si semejante vendedor merecía que le comprara algo o no.
Pero en fin, en aquellos tiempos de lecturas imparables, llegó un momento en que la situación se descontroló y se salió por completo del cauce del sentido común. En mi loca ansiedad llegué a estar leyéndome cuatro libros a la vez. En realidad ninguno, pues los personajes, las situaciones y las reflexiones se me mezclaban irremediablemente. Como leía también antes de dormir, tumbado en la cama, en cuanto me dormía tras dejar el libro en la mesilla, soñaba que estaba leyendo en la misma cama y me venían a la cabeza frases enteras en pleno sueño, como si las estuviera leyendo; desde luego, dentro del sueño parecían tener sentido, o eso me parecía nada más despertar; quizá eran los posos de todas las que no había terminado de digerir a lo largo del día. Entonces, tras sueños de apariencia tan real y cercana, me despertaba por un rato y veía que la habitación estaba oscura y que no tenía ningún libro entre las manos. Ah, era un sueño. En realidad, no sabía leer. Todavía no lo hago bien. Creo que muy poquitos lo hacen bien, en esta sociedad donde nadie tiene tiempo (esta pequeña reflexión me podría llevar hacia ciertos sarcasmos respecto al método de vida que llevamos, pero he decidido no juzgar a los que me rodean, porque yo no soy mejor, ni tengo la exclusiva del sufrimiento).
Las librerías y bibliotecas se convirtieron para mí en lugares sagrados y malditos, pues llegué a obsesionarme con algunos autores y libros, y en paralelo, incluso con los autores que habían inspirado a mis autores favoritos. Esta última obsesión casi nunca me llevó a ninguna parte. Quiero decir que con los autores favoritos de mis favoritos autores nunca llegué a ninguna parte con un mínimo de placer, y sí a bastantes lugares psicológicos en donde me encontré bastante mal. En los autores favoritos de mis escritores favoritos no encontraba las resonancias internas magníficas que éstos me habían provocado; no podía entender qué les habían visto y casi siempre volvía a aquellos que más chaladura positiva me habían provocado, o sea, a mis primeros favoritos (que además, salvo en tres o cuatro casos, no eran contemporáneos) y empecé a coger manía a los favoritos de mis favoritos. En mi mente eran mucho mejores los influidos que los influyentes.

Después de este tipo de impúdicas confesiones sobre obsesiones y manías que no se debieran contar en público (“no te hagas  contrapropaganda” decía mi prima) diré: Sí, ya lo sé, adicción, patología psicológica de dependencia nociva, neurosis  obsesiva, y muchos más términos vejatorios de ese tipo, primos no muy lejanos del término más aterrador de todos: “locura”...  Muy malo. De acuerdo. Pero lo puedo contar; pues de alguna manera salí del pozo y menos mal, aunque todavía hoy suelo tener algún desvío hacia la mencionada obsesión, pero mucho menos intensamente, por suerte.
 De todos modos pienso que toda pasión (“inclinación o preferencia exagerada”) tiene el riesgo de convertirse en obsesión, por lo menos en mi caso (y en el de unos cuantos más) aunque ahora las tenga más controladas; las obsesiones digo, y ya no hablo sólo de las relacionadas con mis pasiones; mis compañeras de viaje, me las llevo a todas partes, me las llevaré a todas partes (vienen conmigo a todas partes, no se pierden una.) No he tenido más remedio que aceptarlas en la casa de mi mente, dejarlas en paz, después de toda una vida tratando de echarlas a patadas. Ahí están, aquí las tengo y con ellas voy por la vida igual que con mi enorme nariz. A veces hasta me río de ellas y no se lo toman muy mal. Les he reservado su propia habitación en mi cerebro. Han estado toda la vida queriendo quedarse y ya digo que nunca fui capaz de echarlas, pues que se queden.

 Volviendo a esa época de enfermiza dedicación a la lectura recuerdo ahora lo que le paso a mi  propia “locura” con el Quijote.
En fin, para quijote yo, pero no con libros de caballerías. Resulta que me puse a leer tan incontestable libro, que según la asamblea de los más eruditos (y lo que era más peligroso para mí, también según mis escritores favoritos) es, era y será, una obra cumbre de la literatura de todos los tiempos, equiparable a las obras de Shakespeare, Homero, Virgilio, Dante, Tolstoi  y compañía. No he oído a un solo “intelectual” o no intelectual hablar mal del Quijote. A nadie que se considere algo culto o inteligente. A nadie, de hecho, culto o no, inteligente o no (se haya leído el libro o no.) Hacerlo parece ser algo peor que una blasfemia, algo así como atacar a una joya sagrada del universo (está incluso traducido al euskera) o lo que es peor, una enorme ignorancia, una falta de sensibilidad y de entendimiento grave. Probablemente sea en realidad una maravilla incontestable que todo buen lector aprecia de verdad, pues si gentes de muy distintas concepciones literarias bendice este agua, algo tendrá.
Todo esto viene a colación de que, en la lectura del gran clásico, yo me di de lleno con los molinos de la retórica cervantina. Había por ahí un prestigioso prologuista que decía que la “degustación” placentera del Quijote sólo era posible a partir de la experiencia de la edad y una vez superado el  dolor previo a la madurez. ¿He de confesarme y decir que no era maduro cuando leí el Quijote? ¿Sé si lo soy ahora? ¿Si lo llegaré a ser alguna vez? ¿Sé si existe la gente madura? Tengo dudas.  Déjenme que antes de echar piedras sobre el tejado de mi entendimiento me proteja las espaldas, pues miedo me da lo que voy a decir tras mis excusas. En fin que voy a pedir perdón antes de cometer el crimen y no al revés. Me parapeto tras mis excusas por adelantado:
 Uno: yo leí el Quijote (ochocientas páginas de las mil cien en realidad) durante unas semanas de un verano de calor horriblemente sofocante, dentro de un dieciseisavo piso cuyo techo era el tejado de toda una torre y donde el aire prácticamente ardía, con el sol mandándonos fuego de forma cruel  a diario. Las condiciones ambientales eran pues, de entrada, las menos favorables para que yo disfrutara con la lectura de libro alguno.
Dos: al ponerme a leer el libro, con todas las extraordinarias referencias y reseñas de gente de lo más reputada y de gente a quien yo admiraba mucho (genial, sublime, obra maestra, uno de los mejores libros de la historia, incontestable...) creí que con su lectura debería de encontrarme poco menos que con el paraíso de la letra impresa, con el cielo hecho palabras.  Hablando en sentido simbólico, yo creí inconscientemente, y previamente a la lectura, en los gigantes, en la magia, en la gloria de la obra, en la pasión, en el sueño dorado hecho libro, creí en Dulcinea antes de leerla.
Tres: me convencí de que el Quijote me tenía que gustar a toda costa, faltaría más, no iba ser yo menos capaz de captar su grandeza que los demás.
Y cuatro: estaba en plena fase de lecturas neuróticas, desordenadas y obsesivas que ya antes he mencionado.

Dicho todo esto creo que puedo decir ya tranquilamente y sin que nadie me insulte mucho, que el libro me dio ganas de vomitar. El golpe contra la cruda realidad, contra los malditos molinos, fue morrocotudo. Desencanto y bajada de autoestima. Sí, ya les oigo, no fue el libro sino mi actitud ante él. Es obvio, de acuerdo. Pero me sacaron de quicio tanto su retórica como sus frases rebuscadas, y lo que a mi ignorante entender parecían ser evidentes faltas de concordancia sintáctica; o su lenguaje grandilocuente (no lo digo por el castellano antiguo, pues tengo en cuenta que se escribió hace cuatro siglos). Ya sé que no tiene nada que ver con la calidad literaria del libro pero añadiré también que se me hacía difícil soportar al protagonista. Alonso Quijano, Don Quijote. Sólo me produjeron simpatía y cariño Sancho y el propio Cervantes, sobre todo  en el prólogo de la segunda parte; sólo ahí  me sentí cercano a él, acogido por él como un amigo; parecía un hombre que pisaba buena tierra, humano, riéndose de sí mismo y sin crearse rencores por el falso Quijote que había salido tras el éxito de su primera parte. Pero por supuesto me sentí frustrado por no ver la grandeza donde todos la veían, me sentí un bicho raro. No está hecha la miel para la boca del asno y tal. Puede ser. Repito que quizá la razón fundamental para el disgusto fuera que cuando leí el Quijote yo no me encontraba en plena posesión de mis facultades físicas y mentales (tampoco conozco mucha gente que lo esté, por cierto) como el mismo Alonso Quijano casualmente. No lo sé. Pero cómo me cargó ese libro, por Dios. Perdóneme la literatura universal (que tendrá otras cosas mucho mejores e interesantes que hacer, para perder el tiempo con esto) pero qué horror, qué ganas tenía de terminármelo. Y no llegué a hacerlo.

Paralelamente a la bibliográfica carrera de obstáculos que yo mismo me había creado, siguieron sucediendo cosas alrededor de mi vida; acontecimientos completamente corrientes y rutinarios: seguí en la universidad, tuve cambios de casa,  cambios de medicación,  retirada de ésta,  contactos con gente conocida anteriormente en el psiquiátrico y  con gente nueva que aparecía y que no tenía nada que ver con temas de depresiones o psiquiatras. Empezaron, por otra parte, a aparecer en mi recuerdo imágenes difuminadas de gente que, habiendo sido amiga “de toda la vida”, se iba alejando y alejando de mis días, mientras yo me había ido alejando de otros, por distintas razones o distintas voluntades, caminos o gustos. En fin, todo lo que sucedió en mi vida desde entonces podría ser un montón de hechos copiados de mi memoria para ser pegados en el papel en orden cronológico y así componer un aburridísimo álbum escrito de eso que se daría en llamar, con muy poco gusto, “mis vivencias” o “memorias”. Mi vida no es interesante, ya lo dije en la introducción, pero ciertas cosas que me contaron o de las que fui testigo o actor, o vidas completamente opuestas a la mía, y toda una mezcla  de gentes y situaciones que fueron agolpándose en mi camino, sí podrían ser interesantes; podrían serlo si yo fuera capaz de contarlas de forma adecuada. Veremos a ver.
 De lo que más me acuerdo estos días es de una habitación. Una habitación donde yo viví y hasta malviví durante un año, antes de mi paso por aquel piso número dieciséis de una torre del “extrarradio” de San Sebastián. La habitación más pequeña en la que he estado y dormido jamás, era así: había una cama en una esquina contra la pared que ocupaba todo lo largo de la habitación hasta llegar a un armario empotrado y hasta donde en ocasiones podía llegar con mis pies; al lado de la cabecera de la cama había una mesa diminuta y una silla; muy cerca de éstas una ventana daba al patio de la comunidad; a pocos centímetros de la ventana subía y bajaba el ascensor. Perdón, los dos ascensores. Detrás de la silla, que estaba  empotrada a la mesa a su vez empotrada a la pared, quedaba un hueco como de metro y medio hasta la puerta. Encima de la cama se encontraba un contador, que hacía tic-tac las veinticuatro horas del día. En el borde bajo de la ventana, cuando se abría, había un montón de polvo hecho pelotillas gruesas que nunca me molesté en quitar del todo. El retirarlas todas no  me hubiera supuesto una gran diferencia, por lo menos en aquellos días a mí no me molestaban mucho, le sentaban hasta bien al claustrofóbico espacio.
“¿Cómo puedes vivir así?” me preguntó una persona que había venido a ver otra habitación. Pues porque era muy barato vivir así. Era muy barato y todo lo caro que yo me podía permitir. Un conocido, al verla, me preguntó con un sarcasmo más ofensivo que el de la más pésima educación, que a ver dónde estaban las ratas. Entonces cogí un espejo que había encima de la mesa y se lo puse delante de la cara. Aquí está la rata. Animal.
Recuerdo también que cuando me tocó alquilarle la habitación a otras personas, vino un día a casa una chica de unos veinte años acompañada por su madre y preguntando por la habitación. Evidentemente aquello era muy difícil de “vender”. Realmente la única cosa destacable del espacio era el armario empotrado, donde había bastante espacio. Creo que dije algo así: “Bueno, es pequeña pero por eso tiene un precio tan bajo; otra ventaja es que tiene un armario tremendamente amplio”. Ante esto, la madre de la chica, sin pelos en la lengua, sentenció: “Si bueno, el armario es lo único bueno que tiene, porque en lo demás es un cuchitril infrahumano” “Pero mamá, no te pases” terció la hija,“ Pero hija ¿Tú has visto donde duerme este chico? ¡Si eso es un camastro estrecho encima del suelo!”. Y así se fueron.
Pero no estaba tan mal. Era un cuchitril, de acuerdo, pero era mi cuchitril. Allí donde yo decidía todo, donde no tenía que dar explicaciones a nadie, donde podía ordenar y desordenar todo a mi gusto, donde podía entregarme al libertinaje del desorden total, de forma que solía perder mi reloj en tan pocos metros cuadrados, hasta que algún día volvía a aparecer debajo de un montón desastroso de papeles y cosas inútiles. Todo era lo contrario a lo que sucedía en casa de mis padres y me sentía a gusto en mi caos. Era mi libertad, en una habitación celda no mucho más grande que los agujeros en donde secuestran a personas. Afortunadamente yo podía salir de ella siempre que quisiera, y puestos a comparar, mi situación me parecía privilegiada: comida y techo (pagados por mí) con cocina y baño.
 El resto de la casa no estaba mal, exceptuando que la forma de distribuir el espacio parecía ser obra de un chiflado. Había dos habitaciones desproporcionadamente grandes, una pequeña cocina y un salón comedor. La puerta del servicio daba a dicho salón comedor. (Una vez salí de aquél, concentrando mi mirada y las manos en cerrarme bien la bragueta, para encontrarme con la novia de un compañero de piso que no conocía hasta ese instante, sentada en el sofá y observando el espectáculo que estaba dándole yo involuntariamente, mientras se presentaba.) Las dos gigantescas habitaciones fueron ocupadas por personas muy agradables durante mis primeros seis meses en la casa, por personas de actitud rastrera durante los tres  siguientes, y ya en los últimos tres meses del año que pasé en la casa, por personas de actitud muy, pero que muy normal, muy burguesmente individualista, o sea, normal en los tiempos neoliberales que corrían y que siguen corriendo. Yo me mantuve en la habitación pequeña por cuestiones de índole económica. Con palabras menos pomposas: porque andaba muy mal de pelas.
Los pisos compartidos con gente que no se conoce en primera instancia, cuando uno no se toma muy en serio ni a la gente con la que los comparte ni a sí mismo,  pueden ser algo rutinario que no dé muchos quebraderos de cabeza. Esto es algo que yo conseguí hace tiempo.  Pero en el año del que hablamos, el de la habitación cuchitril, me tomé demasiado en serio a la gente con la que compartía piso, mejor dicho, a sus actitudes, y por supuesto, a mí mismo. Por ello, creo  que la forma de actuar de la gente del piso pasó a tener mucha relación con mi estado de ánimo general. Es absurdo pero así lo recuerdo. Así, en mi recuerdo, cada época está muy marcada en función de la gente con la que compartí techo en cada periodo (como buena etapa, pésima y gris.)  Seis primeros meses de insólita empatía, amistad, bromas y camaradería convirtieron mi vida y mi vuelta a casa en algo genial e irrepetible, lleno de buen humor y confianza; tras esos primeros seis meses, y con el cambio de inquilinos, llegaron tres meses de frialdad, pasotismo, manifiestos intentos de no pagar, clara voluntad de no limpiar nada y detalles domésticos extremadamente ruines, que convirtieron mi vida en un pequeño infierno; y tres últimos meses de crudo individualismo, corrección y frialdad (mi sartén, mi taza, tu tomate y tu aceite, ¿¡Quién ha utilizado mi olla!?) convirtieron mi vida en algo aséptico, en un, ni si ni no, ni mucho ni poco, en un “sin más”  ni apático ni mínimamente entusiasta. Ya digo que mi vida fue así porque yo la asociaba (irracionalmente y de forma visceral) a las actitudes de mis compañeros de piso y con algunas de esas actitudes llegué a obsesionarme. Bastante absurdo todo esto, pero tan cierto como que me lo podría estar inventando. Lo cierto (o lo incierto)  es que no tenía nada que hacer  aquel año, salvo estudiar, y mi mente lo malgastó tontamente.
 Si hubiera sido más frío y hubiera vivido dejando vivir (esto sí lo hice) pero dejándome también vivir a mí independientemente de lo que los demás hicieran, y simplemente defendiéndome de algún exceso, yo no habría atravesado estados de ánimo tan distintos y casi extremos.

Durante el principio de mi segundo año de carrera me encontré en una situación que me hizo volver a enfrentarme a experiencias psiquiátricas (esta vez no por ningún problema mío sino de otra persona cercana.) En la universidad nadie sabía en principio nada sobre mi pasado. Resultó que una chica de cercana amistad cayó en una terrible depresión de varios meses y acto seguido en una euforia medio delirante. Una amiga común de la chica y de mí me llamó por teléfono llorando, diciendo que a esa persona la habían ingresado en un psiquiátrico. Para mi amiga, en su desinformación, aquello era algo cercano al fin, a lo peor de lo peor. Para calmarla tuve que sacar a colación mi propia historia. Que no pasaba nada, que me viera a mí, que tenía la misma enfermedad y ya estaba bien. Tuve muchas conversaciones con ella. Fuimos a visitar a nuestra amiga ingresada y ésta fue recuperándose poco a poco tras el alta. Tras este capítulo sucedieron malos entendidos que echaron por la borda una buena amistad.

Ya fuera en la universidad o terminada la carrera, mis amigos se convirtieron en personas de dos tipos diferentes: gente con mis mismos problemas o gente que no había tenido problemas de salud y que llevaba una vida ¿normal? La palabrita. Personas normales. Será una forma de hablar y se referirá a las personas que no padecen ni mi enfermedad, ni otras graves, ni, en fin, otras discapacidades o carencias fuertes y estén por ello bien integradas en la sociedad, o la sociedad se las ha integrado o tragado. Por no alargarme a propósito  de los que tenemos comida, muy buen  techo, electricidad etc  contra los que no tienen nada de eso (y si aplicamos la lógica de las mayorías para establecer el estatus de normalidad, entonces los normales serían los pobres, pues su “comportamiento” es mayoritario en el mundo; dicen por ahí que sólo un tercio de  la humanidad “disfruta” del capitalismo y del bienestar social).

  Pero volviendo a nuestra sociedad; aún entre nosotros, los exquisitos europeos ¿Personas normales? Que me presenten a una. La palabra normal en un mundo y sociedades tan anormales, es de las que se usan para entendernos (entre tú y yo y tal, ese tío no es normal); “normal” es un patrón muy flexible al que todos tratamos de amoldarnos para integrarnos en una sociedad aparentemente  normalizada. Demasiado blanco o negro ¿no? Ni la sociedad será nunca equivalente al patrón normalizador, ni ninguna persona, enferma o no, es normal estándar. Ni cercana a estándar. Porque fuera de la imagen abstracta de sociedad normal que quieren vendernos, todos sabemos que dicha sociedad  cuenta con  numerosas irregularidades, o sea, anormalidades para entendernos mejor. Y esto es reflejo de las contrariedades (anormalidades) de los individuos que la formamos. Y así nos va (no he dicho ni que bien ni mal). Así nos va.

Independientemente de estas consideraciones y aunque me parecen importantes, de alguna forma  tendremos que entendernos: mis amistades eran gente con problemas más comunes o gente con problemas parecidos a los que yo tenía. Con los últimos me sentía algo más cómodo pero tuve momentos en que creí que estaba cediendo a la tentación de estacionarme en un gueto como otro cualquiera, en un nosotros en cierto grado peligroso.  Pero, como bien sabemos, la gente denominada socialmente “normal” también forma endogamias relacionándose sólo con “los de su estilo”.Gueto tendrá literalmente connotaciones negativas y marginales, desde un lenguaje socializador y oficial, pero todo grupo es a fin de cuentas un gueto (considerado por los dominadores marginal o no marginal, da igual, ellos mismos son un gueto aún no siendo minoritarios); es un “nosotros” frente a ellos.
Yo no pensaba en las personas con las que trataba en términos de si tenían mi problema o no y creo que era el mismo con unos u otros. Evidentemente, según en qué círculos, no se podía  hablar de según qué cosas, pero eso también les ocurre a los aparentemente normales.
El problema, si es que lo hubiera en cuanto a relaciones, es que uno, a consecuencia de todos los años pasados fuera del circuito social, se descolgaba del ritmo integrador para llevar una vida que podía “causar extrañeza o llamar la atención”. Había gente que no se atrevía a hacer según qué preguntas y que hubieran sido naturales siendo hechas a otras personas.
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Es evidente que uno no se pondría a hacer este tipo de consideraciones si las cosas le hubieran ido “bien”. Y a mí las cosas no me habían ido bien y entonces que me empezaban a ir bien, entonces que parecía que iba a coger al pelotón general, me planteaba si realmente merecía la pena ir mucho tiempo en ese pelotón. Todos lo necesitamos inevitablemente, y yo trataba de ir aunque fuera en la cola pero dejándome caer para hablar con los descolgados con los que tanto, inevitablemente y sin remedio, tenía ya en común y con los que se podían hacer otro tipo de recorridos. Con los que me sentía en casa, de alguna forma.

 



















6











SEBAS (1)

A Sebas, con el que comenzó esta historia, le conocí en uno de mis primeros ingresos. En realidad le conocí muy poco  por entonces; en aquel ingreso sólo le veía y no le prestaba demasiada atención. Él se pasaba el día entero fumando, sentado en un sillón, en una esquina al lado de  la puerta que daba al patio exterior. Todos los días allí, reconcentrado, sin decir palabra y fumando sin parar, en una postura física un tanto extraña. Era la época en la que yo me recorría el patio a toda velocidad durante horas (en realidad, eso lo hice en varios de mis ingresos.)
Algunos días después de que me dieran el alta del ingreso en que conocí  a Sebas lo vi en una mañana gris, ya en eso que se da en llamar “sociedad”. Yo iba en un autobús urbano que se dirigía, ni me acuerdo hacia dónde... Estaba  medio dormido y con un agobio interno considerable, desorientado, aguantando el chaparrón de unos efectos secundarios de las malditas-benditas pastillas y todavía en depresión a pesar del alta, cuando en una de éstas se me acerca un tipo alto con una cara muy saludable y conversación animosa. Confuso, tardé casi un minuto en unir en mi mente a esa persona (que me conocía de algo) con la  que había visto fumando en un rincón del hospital. No podía ser. El cambio era simplemente increíble. No supe qué decirle. Él me dijo: “Me solías dar envidia, qué voluntad la tuya, te pasabas el día todo agobiado andando sin parar por el patio. Quién pudiera, pensaba yo, que no podía ni moverme. Yo ahora estoy muy bien” “No andaba a fuerza de voluntad sino a fuerza de la rabia y del miedo que tenía” le dije torpe y apáticamente, pero él no me hizo mucho caso. Me despedí un tanto turbado mientras me bajaba del autobús, pensando: “Lo que me faltaba ahora. Hacer amistad con gente del psiquiátrico” Pronto me di cuenta de lo injusto y cruel de mis prejuicios siendo precisamente yo también gente del psiquiátrico. No sospeché ni por un momento que aquella persona, Sebas, insólitamente cambiada de dentro a fuera, se iba a convertir con el tiempo en uno de mis mejores amigos, en alguien realmente importante en mi vida. Alguien que llegó a ayudarme mucho. El gran Sebas, el más bueno y humano de todos nosotros. Pero pasaron un par de años antes de que yo empezara a entablar amistad con él. La verdad, en aquellos momentos no estaba yo como para hacer amistades de ningún tipo.

 
 
 


IÑAKI




Fue Iñaki quien sirvió de enlace entre Sebas y yo. Entre dos personas, que según mi provisional juicio  de aquel día en el autobús, no tendrían nada que ver.
            Vaya con Iñaki. Tras pasarme unos ocho días en la UCI (esto fue algo posterior a mi encuentro con Sebas resucitado en el autobús urbano), me encontré nuevamente ingresado en el maldito lugar psiquiátrico. Y van tres en un año. Debía de encontrarme esquelético y recuerdo que estaba casi sin fuerzas pero tenía un estado de ánimo sorprendentemente bueno. Iñaki llevaba unos días ingresado cuando yo entré. Tenía mi misma edad y tomaba exactamente la misma medicación que yo. Nadie que le hubiera visto entonces podría sospechar que tuviera algún trastorno como para estar ingresado, pero el caso es que lo estaba. Nos hicimos amigos enseguida. 
Nos encontrábamos los dos con un estado de ánimo inmejorable. No sé qué diablos hacíamos allí en realidad. De hecho creo que aquél fue el único ingreso en el que no tuve que recurrir a las maratonianas caminatas. Iñaki y yo empezamos a coincidir en una mesa en la que desayunábamos—comíamos--merendábamos y cenábamos con otra gente. Las bromas y el cachondeo empezaron a ser una constante insólita. Lo absurdo de las situaciones que vivíamos allí nos llevaba por caminos de desfase verbal entre risas y más risas; nos dio espontáneamente por  imitar, entre nosotros dos, a todo tipo de personajes que se paseaban allí (lo cual era para nosotros como un antídoto inmejorable ante la incómoda situación.) Imitábamos entre otros al perverso Larrazábal, al barbero, a cualquier compañero (muy mal hecho, ahora lo reconozco) a cualquier auxiliar o enfermera y sobre todo a nosotros mismos en otras situaciones. Ese humor del absurdo que explotábamos, nos hacía estar casi contentos; contentos en el psiquiátrico, realmente, debe de sonar a locura absoluta, pero lo cierto es que estábamos animados. ¿Por qué? Misterio. Quizá no haga falta que diga que descarto la posibilidad de la locura o de la euforia desbocada, pero lo digo por si acaso.
 Aquellos días fueron una ráfaga de aire fresco impresionante. Iñaki y yo compartíamos habitación y a veces, cuando conseguíamos olvidarnos de lo mas serio, de dónde estábamos y porqué estábamos allí, teníamos la sensación de estar en un hotel con diversión y gratis (por lo cómico de muchas situaciones.)
 No nos reíamos de la gente que estaba sufriendo, sabíamos lo que era eso; ni creíamos estar riéndonos de los locos; a propósito, en aquel ingreso no vi a ninguno. Pero en un psiquiátrico no hay sólo gente que sufre. Hay también personajes de enmarcar, geniales en su excentricidad, que no sufren tanto, pero cuyos actos, aun siendo inofensivos, los hacen incompatibles con una vida social en el exterior  sin perder el norte. En estos casos no nos reímos de ellos sino gracias a ellos. También diré, en nuestro descargo, que éramos los primeros en reírnos de nosotros mismos y de lo ridículo de nuestra propia situación como pacientes.
Un día se produjo un hecho, entre otros similares, que presencié con Iñaki y del que creo que no me olvidaré nunca. En el hospital, en aquella época, se podía fumar absolutamente en todos los sitios salvo en la habitación y en el comedor. El pasillo resultaba ser una especie de humareda que te impedía ver bien en algún momento, cuando se juntaban en él muchos fumadores compulsivos. Había un tipo de unos veinti-pocos años, con greñas y un pendiente, y que llevaba siempre la misma chupa de cuero; se pasaba el día escuchando la radio por un auricular y fumaba sin parar. No le dirigía la palabra absolutamente a nadie y pasaba olímpicamente de ti si se la dirigías. Un día se le acercó a una chica que siempre tenía muchas ganas de hablar y le dijo “¿Tienes fuego?” Y la chica, mientras le encendía el cigarro con su mechero comenzó a decir “Pues sí chico, de momento no me han quitado el mechero los auxiliares, que por cierto esta mañana el Javi va y me dice que…” ella iba lanzada a un rollo que se prometía interminable pero el chico del auricular le cortó de sopetón con un “Te he pedido fuego, no conversación” y se largó dejando a la chica con un “Ay chico, pero qué morro que...” Situaciones parecidas a  esas se daban unas cuantas en un mismo día con distintas personas; pero yo me acuerdo irremediablemente del te he pedido fuego y no conversación. Ese tipo de comentarios no se olvidan fácil.
A Iñaki le dieron el alta justo un día antes que a mí. Antes de irse, me dio un fuerte apretón de manos mirándome a los ojos, sin palabras. Entendí el mensaje; éramos amigos,  teníamos que volver a vernos, los dos teníamos el teléfono y la dirección del otro. Aunque no le volví a ver hasta un año después, aquella semana fue una de las más increíbles de toda mi vida. Y sin yo esperarlo, Iñaki fue posteriormente mi enlace con Sebas. Los tres seguimos siendo amigos hoy día.
Ya en el ingreso en que nos conocimos, a Iñaki le solía llamar alguien en la hora de la merienda. Un día me dijo “Sebas me ha dado recuerdos para ti” Yo no creía conocer a ningún Sebas, y así se lo dije. Me lo describió físicamente y seguía sin caer. Pasaron unos minutos y recordé que el tipo que me abordó en el autobús, que yo había conocido de vista en un ingreso anterior y en una situación límite, dijo llamarse Sebas cuando me empezó a hablar. Y como coincidía bastante con la descripción que me dio Iñaki pensé “Ah ya, ése”.
Un año más tarde y después de un par de cartas conseguí quedar con Iñaki una tarde de agosto, en medio de las pachangueras fiestas de San Sebastián. Entre otras muchas cosas de las que hablamos volvió a mencionar a  Sebas y fue un año después (tras otro ingreso) cuando comencé a hacer amistad con éste.




SEBAS (II)



 Sebas ha destacado siempre por sus comunicativos y significativos silencios. Fue así como me empecé a hacer muy amigo de él. Los dos estábamos saliendo de alguna de nuestras respectivas y brutales crisis;  Iñaki hizo involuntariamente que dos conocidos anteriormente se hicieran amigos, pues, como he dicho, él era muy amigo de ambos. Sebas y yo solíamos ir a la playa los días nublados, a mirar las olas con aire distraído, lejos de juergas y aglomeraciones. Como he indicado arriba, ambos habíamos salido de lo peor de nuestras crisis pero todavía nos faltaba empezar a caminar psicológicamente con cierta soltura y pasábamos juntos largos pero tranquilos minutos (a veces horas.) Mayormente en silencio. Era un silencio de lo más cómplice, en el que se palpaba la aceptación mutua. No nos preocupábamos de dicho silencio, ni nos sentíamos incómodos en él, ni tratábamos de romper el hielo, pues  no sabiendo ni cómo ni porqué  sentíamos que dicho hielo inicial entre nosotros se había derretido con gran rapidez. En silencio. A veces caía algún comentario suelto, suyo o mío; alguna respuesta lacónica, algún esfuerzo por sonreír. Amigos ya, sin hablar. Sin muchas ganas de hablar todavía.
 Cuando pasados los meses empezamos a hablar más, ya se había hecho una red de complicidad fuerte y resultó que hablando nos empezamos a entender del todo y que teníamos ideas muy parecidas sobre bastantes cosas. La amistad, desde que empezamos a frecuentar la compañía del otro, fue pasando de unos niveles bajos a altos de forma escalonada pero siempre en dirección ascendente.
Los silencios de Sebas nunca me incomodaron, eran los que mejor llevaba, los que me hicieron mucho bien. No era hombre de grandes palabras, ni de manidas o típicas respuestas, ni de fáciles soluciones a mis preguntas desesperadas. Ante lo indescifrable prefería quedarse callado antes que pontificar o dar consejos de segunda mano. Mis preguntas quedaban en el aire, contestadas a sí mismas con su propia interrogación indescifrable. Sebas era un hombre inteligente que callaba cuando sería demasiado banal decir cualquier cosa. Pero a pesar de esta aparente frialdad, su ausencia de comentarios altisonantes era de lo más humana que pudiera existir. Esos largos silencios tenían vida propia. Cuando estuve mal, él siempre estaba allí, todo disponibilidad para sus amigos. Estaba callado, pero estaba contigo, no sólo físicamente a tu lado, sino mentalmente, y eso se sentía. Vaya si se sentía. Su propio tiempo era todo lo que te podía dar y lo daba con una inmensa generosidad si veía que lo necesitabas. Se sentía su presencia de apoyo total. Me estaba ayudando de una forma nada convencional. Yo no tenía que darle explicaciones, ni justificarme, ni aclarar malentendidos pues le bastaba ver que estaba mal para ayudarme como mejor podía, ofreciéndome una habitación de su piso y plegando a veces su actividad a mis pasos cuando me veía perdido. Habrá muy pocos amigos así en el mundo. No creo haberme aprovechado nunca de su bondad pero estoy seguro de que nunca podré devolverle todo lo que él me dio en cuanto a soporte psicológico y afectivo.

TXEMA

 


            Txema fue  un amigo con el que mi vida se tropezó, para gran suerte mía, bastante antes de que empezara mi historieta psiquiátrica. Él formaría parte de los “normales” de los que hablaba antes, pues no tenía afortunadamente ningún tipo de trastorno de salud. Pero si hablo de él en esta lista de amigos en medio del naufragio, es porque tuvo mucho coraje al entrar en el psiquiátrico de San Sebastián para visitarme muchas veces;  pero sobre todo por realizar la heroicidad de ser la única persona, aparte de mis padres, que fue capaz de entrar en el manicomio de Asteasu como gran amigo que era;  él vivió lo más agudo de mi enfermedad muy de cerca.
Como he apuntado hace unas cuantas páginas, hubo un día en que estando yo en el sanatorio de Asteasu y tras una conversación que tuve sobre métodos de auto asesinato con el entrañable Juan Erquizia (en realidad varias, pero aquel día la pagué cara) una enfermera, o quizá más de una,  que había escuchado dicha conversación, le fue con el cuento al doctor Berrieta; como consecuencia, cuando me disponía a salir por la tarde “de permiso” con mi amigo Txema (en su coche y a cualquier lugar) me dijeron que “sería mejor” que me quedase en el sanatorio, pues estaría más “a salvo”(¡A salvo!) dentro que fuera, porque por la mañana me habían oído hablar con Juan de cianuros y de ideas (ellos siempre las llamaban ideas y evitaban terminar la frase con “de suicidio”) y que por mi bien me tendría que quedar sin salir. Que mi amigo me haría la visita en el caserón, en el caserón de los horrores. Me gustase o no. Yo me indigné mucho y no pude evitar que me rodaran lágrimas de rabia por las mejillas porque aquella tarde ya la tenía hipersensible y llorosa antes de este suceso. Y mi amigo entró, con un par de narices, la única persona, repito, aparte de mis padres (pero éstos venían para llevarme con ellos y no aguantaban ni dos minutos el espectáculo, cosa que me parece lógica) que tuvo valor de entrar en ese lugar; y mientras se sentaba en frente de mí viendo mis avergonzadas lágrimas (él nunca me había visto llorar antes de aquel día) comenzó a hablarme de sexo y de lo que haría dulcemente con una presentadora de televisión conocida, con todo detalle. Perro viejo. Nunca le he agradecido como debía, el haber hecho lo que hizo, el entrar en mi tormento con su capacidad de desdramatizar y de contarme algo que no tenía nada que ver con la mano en el hombro (que en aquella situación no me hubiera servido de nada) y por el hecho de que me hablara como en un día más (como si no viese las lágrimas) de sexo en broma como en aquel caso, evitando la recurrida frase del “ya se te pasará”. Era de esas personas que con sus conscientes omisiones te hacía mejor que con mil palabras consoladoras  y  muchas veces era más efectivo que cualquier mano en el hombro. Aunque al final del encuentro, y más en serio, me dijo que si él no tuviera depresiones y a pesar de ello le llevaran allí, se deprimiría sólo con ver semejante espectáculo tétrico como el que había en aquella casa. Por lo menos, pensé,  mi angustia no me está provocando deformar la realidad demasiado subjetivamente. Y es que si la casa era triste por el tipo de ingresados también lo era como tal, un edificio feísimo por dentro y al que hacía alusión Txema.

A Txema lo conocí cuando ambos teníamos dieciséis años, en plena tontería adolescente de verbenas, de besos a chicas, de primeros bailes y de primeros coqueteos con el alcohol por medio de borracheras light. Fuimos soportando mutuamente nuestras respectivas personalidades inmaduras a medida que pasaban los años. Éramos adolescentes y estábamos lejos de saber ciertas cosas sobre la vida. Todo era nuevo y prometedor, pero al mismo tiempo, todo provocaba miedo.
Txema siempre fue un rebelde contenido pero a la vez un tipo con una humanidad impresionante. Era una persona que tragaba, tragaba y tragaba y que con las borracheras se convertía en un pasota increíble, alguien que no te pasaba una. En dichos estados podía mostrarse muy severo (casi agresivo) y todo lo independiente que parecía no poder ser estando sobrio. Era como si en las borracheras se despojase con descaro del arito de santo que le habían ido colocando desde pequeño, que se había retocado él hasta acostumbrarse y que le habíamos realzado nosotros diciéndole indirectamente lo bueno que era. Pero con sus borracheras aprendimos a ver que dentro de ese halo externo de bondad había alguien lleno de dolor rabioso que quería gritar algo que por su actitud sonaba a “no soy tan bueno y además estoy harto de serlo, sólo quiero ser libre y salir de este personaje sumiso que mi maldita inseguridad ha ido creando.” Txema, como la mayoría de gente que conozco, no era ni tan bueno como parecía (pero era bastante bueno) ni tan malo como su subconsciente (salido a flote en las borracheras y lleno de rabia) parecía querer dar a entender. Era un ser en contradicción, como yo mismo. Pero era mejor que yo, por lo menos en aquella época. Ahora ya no sé.
             Yo diría que a la vez que nos apoyamos también nos hicimos daño. Inevitable en una época en que yo era mi peor enemigo y él, el suyo propio. A Txema le perdí la pista unos cuantos años después de que empezara a salir con una chica con la que hoy está casado.  Pero su entrada en el manicomio de Asteasu para hablarme como si hubiéramos entrado a un bar en un día cualquiera, está grabada en mi memoria para siempre como una auténtica proeza.
 En las oportunidades en que la vida empezó a enseñar su cara más aterradora,  él siempre mantuvo la calma (al menos de cara al exterior) y nunca huyó, nunca parecía asustado y sé que podía estarlo con mucha intensidad, pero a veces mantenía una especie de sana inconsciencia que parecía defenderlo de lo más crudo de la vida. Era como si dijera con su actitud “bueno, y qué más da”. Parecía llevar los momentos de mayor tensión con una especie de calma tensa que yo siempre envidié. Parecía. Y en silencio también sufría mucho. No había más que estar atento a ciertos comentarios sueltos que hacía como quien no quiere la cosa; comentarios muy inteligentes pero que él nunca los  hubiera considerado como tales; le salían sin darse cuenta. Y con ellos podía ser también terriblemente cruel sin proponérselo. Recuerdo que una vez, cuando entrábamos en el ascensor de su casa, iba yo soltando uno de mis monólogos imparables a los que él prestaba atención sólo cada pocos minutos (la mayoría de las veces estaba pensando en otra cosa) y una vez dentro del ascensor dije que lo único que yo quería en esta vida era “vivir en paz” (ya estábamos llegando al final del corto recorrido del ascensor cuando lo dije.) Me miró a la cara, impasible, abrió la puerta del ascensor para salir primero y mientras lo hacía dijo “Vivir en paz. Eso cuando te mueras” y siguió hacia adelante sin más, continuando con sus reconcentrados pensamientos (seguro que pensando en alguna tontería que le había ocurrido por la mañana pero a la que él estaría dando mucha importancia.) Impasible para los grandes temas y amedrentado para los cotidianos; así parecía ser a veces.
 Otras veces mostraba lo desgarrado de su dolorosa salida de la adolescencia en las borracheras en las que se comportaba como un cínico y un sarcástico. Por ejemplo: en las fiestas de un pueblo pequeño de Guipúzcoa, Lezo pudiera ser, llegados a las seis de la mañana, estábamos él y yo esperando a un taxi, tumbados en el césped que había al lado de una fuente. Txema estaba completamente borracho pero todavía razonaba --yo estaba sobrio, no bebía ya alcohol. De pronto, con un vaso de plástico medio vacío de cerveza, que elevó al aire en actitud de cínico brindis  y con una sonrisa áspera y forzada, dijo: “Esta vida es un auténtico drama. Si señor, diga lo que diga toda esa puta gente guay que hemos visto, que no tienen ni idea de lo que vale un peine, esta vida, vaya puñetero drama.” Pero estas palabras no las dijo con tono deprimido ni serio; las dijo en un tono casi cantarín, un tono entre falsamente alegre y desfasadamente alcoholizado, con la sonrisa cínica y sarcástica (llena de rabia, pero sonrisa, dolorida, pero sonrisa.) Levantó más el vaso de cerveza  brindando por “la vida, un puto drama.” Lo curioso es que se lo recordé años después y me dijo sonriendo: “¿Yo dije eso? Bah, seguro que fue porque  me habrían dado calabazas esa misma noche.”
Txema tenía también un defecto que a mí me venía particularmente bien. Y es que podía estar una hora contigo y no darse cuenta de que te encontrases muy deprimido. A mí me venía bien porque la historia se desdramatizaba. No hubiera ocurrido así si él se hubiera dado cuenta e intentase apoyarme o ayudarme con palabras que nunca me solucionarían nada. Recuerdo que en una semana santa anterior a mi ingreso en Asteasu, me llevó junto con sus padres y su abuela a una casa que tenían en el pueblo alicantino de Calpe. La abuela tendría unos ochenta y tantos años y daba la sensación de no enterarse de mucho. Pasé una semana entera con ellos y solía darme largos paseos con Txema en un estado muy  apático y apocado. Pasados unos meses y salido de Asteasu y de la gran depresión de aquel año, fui a casa de Txema en San Sebastián y allí estaba la abuela, que me dijo: “Oye, pero qué bien te veo, vamos, pero mucho mejor que en Calpe, ni comparación, lo mal que se te veía” Lo increíble no era que una persona tan mayor, y con problemas  de vista, se hubiera dado cuenta. Lo increíble fue que posteriormente Txema me dijo: “Yo la verdad no te noto cuando estás mal, no me entero; te veo siempre igual; mi abuela me ha vuelto a decir lo bien que estabas ayer y lo mal que estabas en Calpe. Yo no me enteré” Totalmente cierto, él no se enteró, pero fue mejor para mí.
En otra ocasión, mientras estábamos en su coche, me encontraba tan abatido que empecé, en contra de mi costumbre con él, a contarle lo que sentía. Él quería ayudarme dijo (lo sabía y lo sé) pero comentó: “No sé si te conviene andar conmigo porque soy un pesimista y un negativo de mucho cuidado, así que no sé si estar conmigo es peor que no estar” Esto no era un intento de escabullirse (nunca lo hizo) sino, una vez más, un producto de su aplastante sinceridad. Todo esto ocurrió hace muchos años y quedaban tantas cosas por pasar...

Nos volvimos a ver hace un año, por no perder el contacto con las viejas amistades y todo eso, y aquello sí que fue un  drama. Daba la impresión de que cada uno no reconociera al otro o de que estuviésemos hablando con otra persona que no tenía nada que ver, nada, con la que conocimos dieciséis años atrás. Casi ningún punto de empatía o de conexión, un cariño agotado y renqueante, en una conversación de las de ascensor con un vecino. Trabajo, pareja, la familia qué tal. Glacial. Nos habíamos reunido en un bar, no fue un encuentro inevitable en la calle, que crease un tenso compromiso. No. Nosotros habíamos planeado el encuentro. Supongo que yo me había convertido en alguien con el que él veía ya muy poco en común y al revés. Evidentemente los dos habíamos cambiado demasiado para seguir manteniendo una relación no artificial.
 Pero no siempre me ha sucedido lo mismo con gente con la que tuve una buena relación y volvía a ver muchos años después. En algunos casos, al encontrarme en la calle con alguien desaparecido de mi vida y que había sido muy importante para mí, tras unos instantes de confusa sorpresa y de descoloque, reaparecían en unos minutos el cariño y las risas que en una época habían sido  el denominador común entre esa persona y yo. Sin problemas, sin forzar nada, sin hipocresía.
 Txema y yo. Años atrás había entre nosotros afecto, simpatía y una muy buena relación. Hace sólo uno año, aquel día en aquel bar, pisábamos un terreno desconocido en el que el que la confianza y la broma habían dado paso a palabras corteses y de compromiso. Dos amigos convertidos en un par de hipócritas desconocidos; el tiempo, maldito tiempo, del que dicen que todo lo cura, cierto, pero también todo lo desvirtúa y marchita y mata, como una bestia implacable que no se detiene y nunca cede un ápice a ilusiones de mortales. Menudo tren sin paradas y de eterno recorrido.







MIRIAM



 Ella y yo todavía nos solemos reír de aquellos seis meses de loca relación de pareja que tuvimos. Hace muy pocas líneas hablaba de forma negativa sobre el tiempo. Ahora he de agradecerle a esa máquina imparable, que a pesar de que pueda convertir algo bello en algo horroroso, puede hacer también lo contrario.  A su pasar deja atrás cosas bellas pero también historias y sentimientos horribles que van perdiendo su fuerza en el recuerdo y ánimo de uno, hasta perderse en el olvido (y no es que el tiempo lo cure “todo”, porque en ese caso también lo enfermaría también “todo”, hasta llegar a la muerte.)

Y es que en el caso de Miriam, el tiempo curó las heridas de aquella terrible relación, convirtiendo ésta en algo positivo. Ahora es una gran amiga. Nuestra relación es de lo más buena y cada uno tenemos nuestra respectiva pareja, lo cual también ha podido ayudar algo.
Actualmente tenemos una complicidad quizás originada porque ella también recibió el golpe de un hundimiento anímico agudo y prolongado. Resultó que dos años después de nuestra relación cayó en una depresión de caballo. Ella, una chica segura de sí misma y decidida. Ella, la chica corriente y alegre, bonita de cara, que nunca había tenido este tipo de problemas. Depresión. Bienvenida al singular y maldito club. Me contó que se cogió una baja en su trabajo y se pasó cinco meses en la cama. No sabía qué le pasaba ni por qué le pasaba, sólo que se sintió de súbito en el infierno. El tránsito entre su normalidad y su descalabro anímico fue sólo de unos diez días. Hasta a mí me causó extrañeza. Ella decía que tuvo miedo, mucho miedo. No miedo a salir a la calle, coger un autobús etc. Sino un miedo monstruoso general e irracional, angustia en estado puro, en la más bestia de sus representaciones.
 El miedo es lo peor, lo que nos trae de cabeza.
 Cuando se produjo el hundimiento, Miriam sólo salía de la cama para lo imprescindible. Y de casa para comprar comida, papel higiénico y tabaco. Salía cada quince días al supermercado más cercano, mal vestida y sin arreglarse el pelo, con unas gafas de sol que más que esconder sus ojeras y sus frecuentes lágrimas le hacían llamar más la atención. En casa comía de mala manera. Su piso siempre había estado muy ordenado y limpio, era hasta algo maniática en estos temas. En esos cinco meses, dicho piso se convirtió en una leonera. Desconectó su teléfono fijo y se dio de baja en el móvil. Prohibió a sus amigos y familiares que la visitaran. A estos últimos les llamaba cada dos semanas desde una cabina, sólo para que tuvieran la tranquilidad de que no había hecho ninguna locura, y para mentirles diciéndoles cada vez que estaba mejor, que iba remontando, pero insistía en que no quería ver a nadie. No aceptó ningún tratamiento psicológico ni psiquiátrico. No había, aparentemente, ninguna razón externa para la depresión. Ningún disgusto. Ningún problema grave. Eso es lo que ella me contó al menos, aunque quizá me ocultó algún trauma gordo. Nada irregular ni doloroso en su vida según sus palabras, pero, quién sabe. Siempre parecía haber sido una chica equilibrada interiormente. Parecía estar a gusto en su piel, en su trabajo (en el que continúa hoy en día) y entre sus amistades. Lo parecía, fuera cierto o no. En unos días, de repente, su ánimo se viene inexplicablemente abajo, muy abajo, mucho más abajo de lo que nunca lo  había estado. Más abajo incluso que cuando se murió su hermana cuatro años atrás. Y ese estado anímico seguía y seguía, sin darle tregua, los primeros días, luego semanas, finalmente meses. Meses en el infierno. Pero con una obstinación radical y hasta irracional (la depresión no obedece mucho a lógicas ni razones, por lo menos la que yo conocí) se encerró en sí misma. De día se atiborraba de tranquilizantes (conseguidos con recetas que un irresponsable (?) médico de cabecera le hacía como quien da caramelos de menta) que le hacían dormir artificialmente durante muchas horas o la dejaban grogui. En sus momentos de vigilia encendía la televisión de su cuarto, se sentaba encima de la almohada colocando la espalda contra la pared donde la cama empezaba, y mientras miraba programas que no veía, fumaba y fumaba el tabaco que se compraba en cantidades enormes cada vez que reunía el ánimo suficiente como para irse de compras a coger sus provisiones. Una semana dejó de llamar a sus familiares; éstos se alarmaron algo pero como durante las dos semanas siguientes tampoco llamó, tomaron medidas. De todas maneras, Miriam ya había cambiado la cerradura y sólo ella tenía las llaves de su casa.
Un día llamaron al portero automático de su casa. No atendió. El timbre volvió a sonar durante muchos segundos y de forma insistente. Al final atendió diciendo: “¿Quién coño llama?” “Somos miembros de la ertzantza y  traemos una orden judicial” Ella se llenó de pavor. “¡¿Cómo saben ustedes de mí?!” “Sus padres estaban preocupados y han querido ayudarla” “Bonita manera ¿Y por qué estoy obligada a ir con ustedes?” La querían llevar al psiquiátrico “Es una orden judicial señorita, nosotros no pintamos nada, es su hermano el que ha puesto la denuncia.” Se quedó de piedra, ni siquiera se acordaba ya del incidente que tuvo con su hermano dos días antes.
Martín, su hermano mayor, con el que nunca llegó a llevarse bien, la vio aquel día en la calle dirigiéndose a casa tras hacer la compra quinquenal. Se acercó a Miriam para hablar con ella pero ésta le cortó “No quiero hablar contigo ahora”. Él no estaba dispuesto a dejarla y fue tras sus pasos hasta la puerta de su casa. Antes de que Miriam abriera la puerta del piso con la llave, se dio la vuelta y le dijo a su hermano “No vas a entrar. Ni lo sueñes. Así que aléjate un poco si no quieres que monte una buena” Él contestó que no había por qué ponerse así, que todos estaban muy preocupados por ella, que cediera un poco, que había un psicólogo que... Ella dejó de escuchar para abrir la puerta y él se metió por el umbral empujando a Miriam a la vez que empujaba también a la puerta y antes de que ésta se cerrara del todo con un portazo que le dio Martín. Esto provocó una explosión de ira desesperada en Miriam. “¡¿De qué vas, capullo?!” Le gritó con toda su histeria e impotencia. Le gritaba llorando. Estaban los dos en la cocina. Le dijo que se fuera varias veces, se lo imploró. Él intentaba hacerle entrar en “razón”. Ella cogió un cuchillo y le amenazó con él. Asustada de lo que estaba haciendo lo echó al suelo y se puso  a llorar más desesperadamente que antes apoyando la cabeza contra la pared. Martín cometió el error de seguir en la línea intensa del “tienes que ver a un psiquiatra, en casa los padres quieren que...” Con una rabia atormentada y entre sollozos, Miriam se vio a sí misma agarrando un jarrón y rompiéndolo contra la cabeza de su hermano, al tiempo que le gritaba fuera de sí “¡Vete!¡Vete!¡Vete!” y Martín salió de casa diciéndole “¡¡Estás loca, loca, completamente loca!!” tras lo que bajó las escaleras, con una herida considerable que tenía en la parte más alta de la frente y que le hacía chorrear sangre a lo largo de toda la cara.
Eso había ocurrido sólo dos días antes de que la Ertzantza se presentara en casa de Miriam “Hacemos lo que le podemos, ahora haga el favor de abrirnos la puerta del portal y la de su casa. Haga lo que le decimos si no quiere más problemas.” No ofreció resistencia alguna. Resultó que esta “detención” fue posible debido a que, por lo que me contó Miriam,  pueden llevar a alguien al psiquiátrico por orden judicial cuando otra persona (en este caso un familiar) lo exige en el caso de haber habido agresión por parte de la persona enferma. (También hay otra forma de ir contra la voluntad de uno y es cuando el psiquiatra de la persona o un familiar lo exige así, primero por las buenas, luego mediante la cruz roja, y si la persona en cuestión se resiste, entonce por las malas, o sea, la ertzantza). Algo así creía ella, tampoco estaba segura de que las cosas fueran de ese modo exactamente.  El caso es que a ella la llevaron por orden judicial. Yo no sé cómo va ese procedimiento pues nunca estuve ingresado por dicho tipo de orden (aunque podía haberme ocurrido perfectamente) y además no me he molestado en documentarme al respecto.
Todo esto me lo contó Miriam seis meses más tarde, totalmente recuperada. De manera curiosa, mientras me lo contaba, a pesar de creer que estaba curado de espanto de estas situaciones (había vivido y escuchado cosas mucho peores a cierta gente, alguna muy cercana) sentí miedo. Sentí que en esta vida no había ni una pequeña seguridad, que la vida tiene infinitos agujeros crueles por los que se cuela el horror mientras nos creemos que todo va bien, que estamos bien, que hay que ser optimista etc. Mientras Miriam me contaba lo que le ocurrió, no sabía por qué esta historia me estaba conmocionado mucho más que cualquier otra que había conocido anteriormente, ya digo que  tan horrorosa como ésa o mucho más.  Era como si todas mis seguridades se fueran derrumbando mientras la escuchaba, y pensaba que esta vida era cruel, o no, que era, es, indefinible en su complejidad, ni cruel ni bondadosa, ni bella ni dura, sino todo a la vez, algo terrible, algo sublime  y a la vez ridículo, algo horroroso y algo glorioso. Esto me causó un vértigo y un vacío interno espantoso. Aquel día debía estar yo muy sensible, porque al día siguiente ya se me había pasado la impresión. Debí de pensar que todo era pasado y que ahora Miriam estaba majsima; que llevaba siete meses lejos de toda la maldita  pesadilla.
Me alegró el hecho de que contactara conmigo, que contase conmigo como amigo y me explicara a mí la historia. Ella sabía que en mi presencia se podía desahogar sin problemas pues ya conocía mi propia historia en el mundillo de los trastornos afectivos y sus consecuencias. Me pareció bien que así lo hiciera.
 Aquella tarde, escuchando su monólogo me di cuenta de que a pesar de la tormentosa  relación que habíamos tenido, existía todavía un punto de conexión fuerte entre nosotros. Y ese punto de conexión se hizo mucho más intenso con la existencia de un dolor común. Por desgracia, “la desgracia une” se comenta, y es cierto, pero ¿Es inevitable el dolor para la solidaridad, para madurar, para unir personas? No me gusta pensar que sí. Pero así parece y mi  parte más orgullosa se rebela antes de tener que reconocerlo, porque eso significaría que la naturaleza humana o Dios serían violentos en su concepción universal (el dolor en sí es algo muy, pero que muy violento) Todo parece indicar que se madura por medio de dolor (violencia interna o externa; una enfermedad puede destruir igual que una bomba) que todo crecimiento y mejoría, que toda belleza y armonía se produce tras procesos dolorosos. Todo parece indicarlo, pero qué narices sabemos de eso al final de todas las malditas grandes preguntas existenciales. Tenemos intuiciones pero todo es tan gratuito en estos temas... “El dolor nos hace humanos y humildes, nos ayuda a apreciar lo bueno de la vida” decía un libro que cayó en mis manos esos días. El mecanismo existencial es, según esas palabras, de lo más rebuscado en su perversidad. La horrorosa y vetusta  concepción católica del valle de lágrimas antes del cielo. O quizá ni siquiera eso, quizá ni siquiera exista un orden natural o divino con alguna finalidad detrás de nuestra existencia, convirtiéndose así la mayoría del dolor doblemente cruel por su daño, su sinsentido y su gratuidad. .----Benditos sean de todas formas los sanadores del dolor, sean profesionales o personas alrededor que con su sonrisa o afecto nos curan a veces.

Según me contó Miriam, en cuanto llegó al psiquiátrico, comenzaron a tratarle con un antidepresivo que dio buenísimos resultados pues a las tres semanas le dieron de alta y salió muy bien del hospital, sin costarle mucho amoldarse al exterior. Le asignaron un psiquiatra en el centro de salud mental de un barrio de San Sebastián al que comenzó a acudir una vez al mes. Tendría que seguir tomando ese antidepresivo durante un año más, me dijo aquel día en un bar. Y no estaba dispuesta a dejarlo  por nada del mundo. Tras cuatro meses después del alta del psiquiátrico, le dieron el alta laboral y ya llevaba tres meses trabajando, además de haber comenzado una relación con un chico al que todavía no he conocido, pero con el que sigue saliendo a día de hoy.




            PEDRO LAINEZ






Este hombre ejercía de psiquiatra y está en la lista por razones de impacto. El que recibí yo con su tratamiento personal.
 Veamos a uno de sus pacientes en el trato con él. O mejor dicho, veamos el trato que daba él a uno de sus pacientes, a mí, evidentemente.
           Entro a consulta con la expresión de lo que llevo dentro; una especie de trueno constante, aparentemente imparable. Le explico lo que me pasa. Lainez entra en acción. Allá va:

            --Bien, como te dije el otro día creo que en tu caso hay mucho ruido y pocas nueces. No tienes trastorno bipolar. Para nada. Los médicos se han equivocado contigo. No, no me pongas esa cara; te lo repito, se han equivocado contigo. Tú mismo te das cuenta de que lo que te pasa es consecuencia de que no vives el presente y estás temeroso ante el futuro, todo ello por tus actitudes deterministas y derrotistas y de replegarte en ti mismo. La vida, amigo, es un presente continuo en el que tienes que poner pie a cada momento pues las circunstancias son siempre cambiantes y hay que actuar en consecuencia; el mundo gira por debajo de nuestros pies a cada segundo y no podemos hacer nada a ese respecto sino amoldarnos al ritmo. No podemos prevenir el futuro como tú lo haces, sin vivir el presente, huyendo de ti mismo y mostrándote hundido. Esa actitud no te beneficia en absoluto. 
            “Te lo dije la otra vez. Tienes que hacer sobre todo deporte y poco a poco iremos quitando la medicación. La clave está en ti, no en la medicación y tú tienes que buscarla y encontrarla, y sólo tú puedes hacer ese trabajo, pues el tuyo es un caso absolutamente psicológico; amigo, hay que pelear, porque la vida es conflicto, la depresión no se va sola, hay que hacerle frente.
“Por otra parte tú saliste de la adolescencia a ganar. A querer ganar arrogantemente, como se hace cuando se carece de toda la madurez que tú necesitas ir cogiendo. ¿Cómo puedes seguir siendo tan arrogante?
“¿Cómo dices? Oye oye, no. ¿Estás hablando conmigo? Pues entonces crees estar hablando con otro, porque yo,  Pedro Lainez, en ningún momento, pero es que en ningún momento, te he insultado. En ningún momento ¿eh? No, no me malinterpretes, yo he dicho arrogancia como actitud, no te he llamado engreído ni te he insultado.  Y me duele que me lo digas pues yo me considero lo suficientemente buena persona como para andar insultando a los pacientes. Me duele.
“A ver, por dónde íbamos. Claves. Las debes encontrar tú pero siempre si sales de esa actitud,  si cambias el chip. Está en tu mano y no lo ves. ¿Qué? No muchacho, la química no tiene nada que ver con esto. Ahí también se han equivocado contigo. Se trata de no amarrarse a una depresión por vicio masoquista, como tú lo haces. Y no te consiento que me vuelvas a  mirar con esa sonrisita despectiva. La depresión por vicio es mucho más frecuente de lo que piensas. 
“Mira, hace sesenta años no había ni la cuarta parte de casos de depresión de los que hay ahora. Que digo cuarta parte, quizá ni la octava parte. La gente tenía que trabajar y no había otra que hacerse hombre para sobrevivir.  Tú  en cambio, estás en una posición mucho más privilegiada que la de tus abuelos para ser dueño de tu destino y encontrar tu libertad; para empezar ya tienes muchas más libertades individuales que ellos y tienes muchos más medios para ahondar en tu interior, e incluso para  llevar una vida mucho más plena. Es muy fácil y cómodo eso de tirar balones hacia fuera, echar la culpa a la sociedad, a los demás, con tal de no asumir la responsabilidad de uno mismo, es decir, el compromiso que debe adquirir cada individuo con su vida y su proyecto, sin escudar su debilidad tras teorías seudo políticas y sociales, demasiado gastadas a estas alturas (Soy el protagonista y me cuelo aquí en medio para decir que en esta última frase le doy la razón. Aunque no me gusta nada cómo lo dice. Sigue, Lainez).
“Lo tuyo no es más que una  rabieta metafísica—aseguro que lo dijo. A mí nunca se me hubiera ocurrido inventarme, ni en broma, semejante expresión—para no hacer frente a tu rutina y a tu deber.
“Pero nos hemos desviado. Te hablaba de que hace cincuenta años no había, ni mucho menos, tantos casos de depresión. Y no las había no por lo que tú me cuentas sobre que no tenían stress y todo eso. Todo lo contrario, la vida era mucho más dura. Ahora la sociedad está creando individuos débiles y abúlicos con “juguetes” y comodidades para hacer la vida más fácil. Olvidan que la vida no es fácil y que estar entre algodones, como nos quieren tener, y nos dejamos tener, no nos beneficia en absoluto.
            “Y a lo que iba antes de que me interrumpieras. Se trata de no pensar tanto y de actuar, hacerte un programa, un poco de disciplina, ir por las mañanas a correr a la playa, obligarte a leer veinte páginas de un libro cada día; nadar o ir al monte, o que te metas en un grupo de convivencias o en uno de canto. Qué sé yo, ¡puedes hacer tantas y tantas cosas! Y sin embargo estás malgastando tu tiempo compadeciéndote. Lo que sea, actuar, rellenar el día con actividades que tengan sentido; tú tienes las claves. Repito que hay mil cosas que hacer ahora que no puedes recurrir a la carrera por circunstancias que no podemos cambiar. Se trata de que por medio de la actividad empieces a tocar suelo, y entonces podrás ver lo que puedes y quieres hacer en la vida. Esa actitud tuya, y lo recalco bien, actitud psicológica tuya, no es una enfermedad. En eso se han equivocado contigo,  los médicos sobre todo. Precisamente en eso. No me vengas con esos sarcasmos ahora—dijo recogiendo mi historial y poniendo cara de hombre duro y curtido, con sonrisa irónicamente condescendiente—yo no me creo superior, simplemente tengo mi propio criterio”.
            En todo este tiempo no me dejo prácticamente intervenir, él hablaba en referencia de cosas que dije en una consulta anterior. Digamos que estuvo bombardeándome con doctrina liberal pura y dura.
            Para finalizar dijo: “Bien, te voy a dar cita para el dos de septiembre. Adiós”
            Traté de seguir sus órdenes.  Lo intenté. De veras.
De todas formas, de aquella consulta, pasados ya unos años, me llaman repugnantemente la atención, una vez más, sus formas chulescas y sobre todo las ideas. No entendía por qué me hablaba como lo hizo; se me escapan hoy día unas cuantas metáforas que lució en su monólogo y que me impresionaron por lo fuera de lugar en que las encontraba; aunque desde el punto de vista literario eran o me parecían buenas; y es que Lainez era, al hablar, todavía más “erudito”(pedante al fin y al cabo en ese contexto; fuera de lugar en aquella situación, creo yo) en sus palabras y frases que la doctora Eguiguren, como si estuviera dando una conferencia  del tipo de, por ejemplo “El individuo de hoy ante su destino” A pesar de su empalagosamente adornado lenguaje de psicólogo (provocando  empacho en su único oyente) y de su tonillo rápido y severo de padre echando la bronca a su hijo, daba la impresión de creer que no hablaba para mí solamente sino que lo hacía ante un amplio auditorio, o quizá,  intentaba impresionarme con semejantes frases y vocabulario.

            Llegó el dos de septiembre. Entro otra vez en su consulta. Le cuento lo que había pasado en el último mes. Tomé pastillas y alcohol. Estuve en la UCI; cuando los médicos no daban un duro por mi recuperación y parecía que me iba a morir, mi organismo, o sea, yo y solo yo, como diría Lainez el ilustrado, remonté de una forma que mi  padre no dudó en calificar de “milagrosa”. Los médicos habían dado mi caso por sentenciado, irreversible, y habían dicho a mi familia que no había ninguna esperanza de salvarme. Pero mi cuerpo debió de ser más duro que todo eso. O sea Yo.
           
Tras contarle lo del intento de suicidio, Lainez me mira muy serio y dice:

--Bien, esto ha ocurrido, y era muy probable que ocurriera por la disposición psicológica en la que te encontrabas. Pero yo sigo manteniéndome en el diagnóstico que te hice; aunque te hubieras muerto ¿eh? aunque te hubieras muerto seguiría opinando lo mismo y manteniendo el mismo diagnóstico; aunque te hubieras muerto, repito. De todas formas, te diré que en la vida de...
Antes de que siguiera con un monólogo kantiano sobre el valor de la vida en sí, sobre su bien intrínseco, o sobre la conquista de la voluntad, me dirigí a la puerta, la abrí y salí dando un portazo con toda mi rabia. Me fui a la playa, donde me quité la ropa hasta quedarme en bañador. Entré en él agua, nadé y nadé hasta llegar al gabarrón donde me senté encima del trampolín más bajo. No había nadie más allí. Solamente el mar y yo, que me sentía el ser más insignificante del mundo. Las lágrimas empezaron a brotar en silencio una tras otra y ni me molestaba en secarlas. Producto de mi rabia, las veía caer en el mar; las formas de mi dolor mezclándose con el agua salada. Estuve tumbado en el trampolín más de una hora sin más compañía que el estúpido mar. Sin conseguir encontrar sentido a nada. La cara llena de rabia y sin conseguir encontrar sentido a nada. Sentido a nada. Nada. Encont...
Pensaba luego y ya más calmado en el tal Lainez. Ese tipo parecía recién salido del idealismo y optimismo ilustrado del siglo  XIX. Para él todo se podía arreglar con la razón. Aquellas ideas del tipo de “La razón y el conocimiento nos darán la libertad para crear una sociedad justa...”, en fin, daba la impresión de creer en todas las utopías  que se habían puesto muy en tela de juicio (si no derrumbado) durante el terrorífico siglo XX; pero él  pretendía seguir instalado  en el XIX, por lo menos ideológicamente. Todo consistía en adoptar la actitud correcta (como si la hubiera) tras trabajar psicológicamente y por lo visto él creía haberla tomado. Me echaba la bronca sólo por no ver las cosas tan correctamente como él creía verlas. A la orden de la diosa razón.
Este monólogo de Laínez, más real que la vida misma (el monólogo, no las ideas de Laínez que también eran reales pero estaban, desde mi humilde-ejem- opinión, cerca de la chifladura aparentemente coherente de una psicoterapia doméstica llevada a extremos demencialmente racionales, sobre todo para casos patológicos como el mío); este monólogo, decía, aunque se produjo en la vida de quien firma este relato,  no es un ajuste de cuentas con una persona. Es, sí, lo admito, un ajuste de cuentas muy personal con una parte de mi pasado, no con Lainez, al que al fin y al cabo sigo saludando en la calle. Simplemente creo que se equivocó en su planteamiento, y mucho, pero no le considero mala persona. Trató de hacerme bien de la forma más equivocada, eso es todo.
Creo que lo peor que se puede hacer en una depresión profunda es recurrir a la “fuerza”, de voluntad o de lo que sea (la persona ya está sufriendo demasiado, en constante tensión de fuerzas angustiosas -las cuales le anulan la verdadera fuerza vital y energética que le ayudaría a luchar en positivo - como para subir la temperatura en ese terreno.) El cuerpo debe volver a su cauce de forma normalizada y con paciencia. Por lo visto, Lainez no lo sabía o no creía en ello. Que un buen psiquiatra, además de recetar medicación debe de incentivar al paciente y tirar de lo bueno que ve en él para que éste pueda verlo también y así ir motivándole poco a poco, lo sabe alguna gente y bastantes psiquiatras. Por lo visto él no pensaba así o tenía una forma muy extraña de motivar: culpando: “Tú eres el responsable (culpable) de lo que te pasa”
 Mi ajuste de cuentas o mi venganza (si la hubiera, pero qué palabra tan fea) es con esa parte impotente e incomprensible de mi pasado, con esa alienación dentro de la alienación. Es también una comunicación amistosa con todas las personas que se han sentido incomprendidas en su dolor, casi insultadas por su mera condición doliente, menospreciadas por “debilidad mental”. Es también un irónico y cariñoso guiño a dos amigos que sufrieron este tipo de inspecciones psiquiátricas de carácter despectivo, también con Lainez.

















7







Advertencia importante respecto a este capítulo: Las páginas que vienen a continuación pueden resultar áridas y poco amenas para quien no esté muy interesado en el tema de la depresión y sus formas de tratarla, más que nada por la forma de exponer las ideas de los entendidos en la materia. Es un debate. Quien no quiera liarse mucho la cabeza puede pasar directamente a la página 82 sin perder prácticamente el hilo (si lo hubiera) de lo que aquí se cuenta. Para personas interesadas en el tema el capítulo podría ser incluso atractivo. Pero quién sabe…






Todavía no sé cómo demonios acepté ir a aquel programa de televisión. Yo, que siempre he sido reacio a presentarme a ese tipo de situaciones. Que además me ponen nervioso y siento timidez y vergüenza al encontrarme en ellas. Pero es que en un principio la cosa parecía seria y digna. Se trataba de un programa nocturno, en una televisión local. Dicho programa solía tratar un tema diferente cada semana, emitiendo algún video documental primero para pasar a continuación a una charla debate entre personas expertas en el tema sobre el que se debatía, o personas que, por experiencia personal, estuvieran medianamente al tanto de lo que se hablaba. Yo era un invitado de estos últimos.
El tema del programa, la semana en la que fui invitado, era “la depresión como enfermedad”; o algo parecido. Me explicaron que iban a ir dos psiquiatras, un psicólogo y una escritora que había publicado varios libros de autoayuda y de “autorealización y crecimiento personal” además de  ser directora de una clínica de curación alternativa, por medios llamados naturales, tales como la homeopatía, el yoga, la acupuntura, masajes etc
 En primer lugar,  tras la breve introducción de la presentadora sobre el tema que se iba a abordar esa noche, y dejando para luego la presentación de los invitados al programa, emitieron un documental sobre la depresión; bastante decepcionante. Era un documental superficial con frases manidas e imágenes impactantes de psiquiátricos (información-espectáculo) y de gente perdida en su calvario o histeria, que lejos de acercar al televidente a la realidad del problema de forma natural, lo aterraba, contentándose con un trozo de entrevista por aquí, unas imágenes desoladoras de un psiquiátrico y sus pacientes por allá, algún comentario suelto de algún familiar, una voz en off poco informada etc. En fin, un puzzle en el que toda la atención estaba enfocada en piezas sueltas, sin ir nunca al fondo de las cuestiones. En cuanto a montaje audiovisual puede que fuera perfecto; en cuanto al tratamiento del tema, el documento era un fiasco. Demasiada literatura (y de la peor clase) y pocas explicaciones objetivas, manoseando los muy dudosos tópicos de siempre. En un lenguaje comprensible podrían haberse ofrecido datos y explicaciones mucho más acertadas y concisas que con aquel acercamiento tan lejano. Por  no querer aburrir, lo que hicieron fue confundir y meter miedo, cuando creo que se puede evitar esto último con un enfoque más ordenado, veraz y sin aburrir. Un tema bien tratado y enfocado, siempre puede ser digno de interés (interesante) y ameno, y por lo tanto, no aburrido. Creo que la audiencia no pide basura gratuitamente, sino que la basura termina por “entretener” a la audiencia alimentando el lado más morboso y bestia de nuestro subconsciente, y la audiencia, en círculo vicioso cínico e hipócrita comienza a demandar más y más basura. Sé podrá decir que quién soy yo para pontificar sobre estos temas. La respuesta es clara: Nadie.

Pero dejando de lado estas opiniones, resultó que para remate, el debate fue un circo de desconcertante naturaleza. Lo recuerdo como si hubiera asistido hoy mismo a él.
 Tras el documental comenzó dicho “debate”, que a la hora de las primeras exposiciones, más que debate pareció ser una sucesión de  monólogos de cada uno de los invitados. Pero tras esos primeros monólogos y al comenzar el intercambio de opiniones, la cosa cambió.
En primer lugar, la presentadora procedió a las presentaciones de los cuatro especialistas en el tema. “Don  Fulano, psiquiatra y catedrático de esto y lo otro,  además de reconocido autor de los libros  ‘La psiquiatría como...’ ‘Últimos avances bioquímicos para combatir...’ Él es también miembro activo en de la organización…,además de haber colaborado en…” En fin, así con los cuatro que me precedían. Muchas gracias por su presencia aquí. Luego, la presentadora, tras decir mi nombre dijo: “el cual ha venido hoy también a hablar con nosotros ya que se trata de una persona con un trastorno caracterizado, entre otros síntomas, por la sucesión de largas depresiones. Afortunadamente a día de hoy se encuentra completamente restablecido gracias a un tratamiento adecuado y creemos que también tendrá algo que aportarnos en cuanto a este delicado tema. Gracias a ti también por haber venido” Quise comentar algo que no recuerdo qué era, pero ella dijo “Perdóname un momento, luego comenzaremos a abordar a  fondo el tema y tendremos tiempo para todo tipo de matizaciones; ahora, lo siento, ya saben ustedes el compromiso que tenemos en  televisión con nuestros patrocinadores, pues según me indican tenemos que dar paso a unos minutos de publicidad. En unos instantes estaremos aquí para tratar ya, definitivamente, un tema que promete ser interesante”. Menudos programas: introducción, documental, presentación de invitados y en ese instante ¿publicidad? En fin, yo es que no entiendo  de estas cosas.
Tras la publicidad, la presentadora dijo: “Bienvenidos de nuevo a nuestro  ‘Abejorro’-- extraño nombre del programa: El Abejorro--- de esta semana. Como ya les he dicho anteriormente, esta noche trataremos de ahondar en el fondo de  una enfermedad cada vez más frecuente, la depresión, una palabra que se utiliza mucho, por cierto, pero de cuyo verdadero significado desconocemos en ciertas ocasiones muchos datos; es una palabra, depresión, que se utiliza mucho pero a veces no sabemos exactamente a qué nos estamos refiriendo cuando decimos “estoy depre””.
Tras esta nueva introducción, lanzó su primera pregunta al aire para que comenzase quien quisiera: “¿Cuáles serían las causas principales u orígenes de lo que hoy denominamos depresión? ¿Habría que hablar de diferentes clases? Que comience el que quiera”
Un psiquiatra que parecía rondar los sesenta años llamado José Esteban comenzó diciendo:
-- Bien, por supuesto todos tenemos días o épocas en que nos encontramos tristes y angustiados por algún disgusto del tipo que sea y es en estos casos nada graves y normales, cuando se suele decir lo de “estoy depre”. Pero no hay que olvidar  las depresiones causadas por disgustos  graves, como el que puede provocar la muerte de algún familiar, accidentes etc. En estos casos la causa es obviamente externa (sería una depresión exógena) y mayormente no se suele utilizar medicación para calmar el dolor, aunque pudiendo haber excepciones, serán el paso del tiempo y el afecto los que rehabiliten a la persona deprimida. Son depresiones (si pueden llamarse así) universales, porque afectan inevitablemente al ser humano en general.
 “Pero sabiendo como sé que hoy en día la depresión mayor o severa se está extendiendo cada vez más, hablaré ahora directamente de las depresiones más graves o patológicas. Éstas pueden durar meses y hasta más de un año, incluso dos, pudiendo llegar a producirse intentos de suicidio por parte del deprimido y obviamente casos de muerte por suicidio. Al enfermo no le ha sucedido nada malo (aunque puede darse el caso), le van bien las cosas y sin embargo cae en una profunda depresión sin causa externa. En este caso es cuando se dice que la depresión es endógena, viene de dentro. Pero aún estas depresiones tan graves se curan, o al menos responden bien a tratamiento, y el paciente, una vez tratado con la medicina correcta, y pasado un tiempo, puede llevar una vida normal; y esto es lo que la familia tiene que decir siempre al enfermo cuando éste alimente ideas suicidas, pues es cierto. Incluso aunque existen depresiones recurrentes que requieren tratamiento médico prolongado e incluso crónico, la persona afectada puede llevar una vida normal tomando su medicación, como lo haría un diabético.

Por tanto, resumiendo, tenemos la depresión mayor recurrente (endógena), como tipo más grave y que necesitaría ayuda medicamentosa, en algunos casos durante meses y en otros durante toda la vida; en este caso la persona medicada puede funcionar normalmente. Y por otra parte otras de tipo agudo pero transitorio (causado por disgustos de enorme trascendencia) bastante menos graves. Se llamarían exógenas (la causa de la depresión viene de fuera.) Las depresiones graves o mayores tienen un origen fisiológico, bioquímico y el origen no es externo. Necesitan, repito, tratamiento medicamentoso. En las depresiones causadas por circunstancias externas la medicación puede tener una función de ayuda puntual.

 Después de que Esteban entrara a todo trapo con semejante tostón o mini-conferencia que me dejó aturdido, la presentadora dijo:

--Cuando habla usted del origen bioquímico de la depresión, se está refiriendo al organismo, al cuerpo como tal, esto es, a problemas fisiológicos o corporales, para entendernos  de alguna forma ¿no?
--Sí, por supuesto, en concreto a problemas en el funcionamiento de fluídos que el camino que existe entre las neuronas.
--Es que yo les rogaría que intentáramos utilizar el lenguaje más llano posible, asequible a todo tipo de gente que nos ve, para poder llegar a entendernos todos. Usted quiere decir, si no le he entendido mal, que un tanto por ciento muy alto de depresiones tiene su origen o su precedente en el mal funcionamiento del organismo y otro tanto por ciento en causas externas extremas, como los disgustos universales del ser humano, ¿ No es así?
--Eso es lo que he dicho, sí- dijo Esteban con cara de empezar a impacientarse.
Inmediatamente, justo después de que este pequeño problema de términos acabara de aclararse del todo, intervino un psicólogo bilbaíno llamado Luis Miguel Maíz, un chico que a ojo parecía estar rozando la treintena.
-- Me parece que con lenguaje llano o no, esta noche no nos vamos a poner de acuerdo desde un principio—dijo el psicólogo con una amplia sonrisa de estudiada diplomacia.
--Bueno, aunque sea al final, espero que lleguemos a un entendimiento—terció la presentadora sonriendo con buenas intenciones— ¿Por qué cree usted que no nos pondremos de acuerdo, Luis Miguel?
-- Luis Miguel no, por favor; con Luis basta.
-- Está bien, entonces Luis a partir de ahora --risita
-- Mejor, sí.
--Adelante pues, Luis.
--Al hilo de lo que acaba de decir el señor José Esteban, me niego a creer que todas las depresiones mayores que no tengan nada que ver con disgustos como él las llama, procedan de una disfunción fisiológica o química, “corporal” vamos, como dice nuestra moderadora para entendernos –sonrió brevemente con cierta complicidad a la presentadora, para proseguir con su explicación inmediatamente después, ya  con una expresión y  tono de tipo severo.
 “Para empezar químico es todo, hasta las palabras que estamos diciendo, y el análisis del señor Esteban me parece de un reduccionismo alarmante –el joven comenzó tirando al cuello y haciendo amigos -- Yo trabajo día a día en un sanatorio mental con gente que padece todo tipo de trastornos mentales, entre ellos los depresivos graves, algunos de éstos con cuadros muy agudos y prolongados, y sinceramente, me niego a creer que todos ellos padezcan la enfermedad por orígenes exclusivamente químicos o por problemas en el organismo; si hablamos de depresión, la historia de cada persona con esas características es demasiado compleja como para sacar esa conclusión, metiendo todo en un mismo saco. De hecho, estoy convencido de que muchos de los deprimidos, por no decir todos, han llegado a esos estados no por razones químicas o fisiológicas, sino por graves conflictos emocionales o psicológicos; y mayoritariamente por haber trabajado muy poco su vida interior, amarrándose así a la depresión y al hundimiento como mecanismo de defensa para no afrontar las dificultades de la vida y así no tener que pelear ante ellas. Por tanto, estos pacientes, no necesitarían medicación para sanarse, sino otro tipo de enfoque y de trabajo psicoterapéutico. Hay mucha gente que ante problemas graves en su vida, han sabido afrontarlos y superarlos sin caer en depresión y otra gente que ante los mismos problemas no es capaz de afrontarlos y cae en depresión. Es muy tentador y cómodo dejarse hundir sin enfrentarse a los problemas, aunque estos sean sólo estrictamente psicológicos. Y tratar a la gente deprimida por medio de pastillas también es demasiado cómodo y poco eficaz para conseguir un restablecimiento pleno; las pastillas solo anestesian y aborregan al paciente; aunque puntualmente y nunca prolongadamente reconozco que pueden ayudar, pero nunca es la solución porque...
En medio de esta entrada dialécticamente kamikaze del psicólogo Luis, el señor Esteban, a quien se le había puesto una cara llena de indignación, entró en la conversación bruscamente.
--Pero cómo se puede ser... cómo se pueden decir semejantes... quiero decir, su opinión, su idea no puede estar avalada científicamente pues no es más que una intuición caprichosa suya, que me parece cuando menos irresponsable y no es nadie para deslegitimar...
--Déjeme terminar por favor—le cortó, severo, Luis Maíz-- A usted no le hemos interrumpido mientras hablaba.
Esteban cedió mostrando una cara de lo más ofendida y diciendo por lo bajo “¡intolerable!”
-- Lo que digo no lo he descubierto yo, pobre de mí, ni es mi capricho. Podíamos empezar por citar a toda la tradición del psicoanálisis que confirma esto de alguna manera, uno de cuyos pioneros fue un tal Sigmund Freud, no precisamente un desconocido, y cuyas investigaciones y descubrimientos en el ámbito del subconsciente, entre otros muchos, contradicen gran parte de lo que acabamos de escuchar al señor Esteban; por no hablar de toda una serie de estudios de la psicología moderna que han sido llevados a la práctica por eminentes y prestigiosos psicoterapeutas con un éxito considerable y que no aceptan en sus tesis  el hecho de que el origen primero de la mayoría de las depresiones profundas sea bioquímico, corporal para entendernos; por supuesto puede haber excepciones y…
--Bueno, por alusiones, yo quiero decir a este se...— volvió a terciar José Esteban, pero la presentadora le cortó diciendo:
--Perdone que le interrumpamos de nuevo señor Esteban, pero ya sabe que en  televisión solemos disponer de un tiempo bastante reducido. Si le parece vamos a escuchar la opinión de nuestros restantes invitados y luego tendrá oportunidad de rebatir todas las opiniones que quiera, pues le daré su tiempo —se dirigió entonces a su tercera invitada diciendo lo que sigue:
 “Estoy segura de que Ana Alonso, psiquiatra de la que hemos hablado al principio en la breve presentación, va a poder aportar también un punto de vista interesante. Adelante:

--Veo que hemos entrado en materia de forma caliente (dijo con una sonrisa benévola), pues nada más empezar, ya hemos escuchado dos opiniones contrapuestas entre dos personas cuyo fin es el de tratar de ayudar a gente con problemas de depresión, la cual en bastantes casos acarrea problemas muy graves.
“Esta situación, en pleno final del siglo XX, no es nueva para nadie que trabaje como psiquiatra o psicólogo. Al fin y al cabo es muy difícil conseguir demostrar, no digo teorizar, sino demostrar con exactitud, un tipo de teoría u otra. De ahí que haya tantas teorías y tratamientos diferentes ante el mismo problema. Y me explicaré. La teoría  aparentemente simplista de que el origen de estos trastornos depresivos, sean bioquímicos u orgánicos, debería demostrarse viendo in situ (en un cerebro vivo) que los neurotransmisores—aquí le cortó de nuevo, la presentadora.
--Ay, neurotransmisores. Yo les insistiría por favor que intentaran amoldar el vocabulario más técnico a otras palabras o conceptos más asequibles para nuestros telespectadores, la mayoría de los cuales supongo que no sabe lo que es un neurotransmisor. Lo digo para que esto no se convierta en un debate sólo para entendidos o iniciados y así poder llegar a toda la gente que esté viéndonos desde sus casas y que sepa muy poco o nada del tema.
--Bien, intentaré ser más concisa, y más simplista todavía, como parece que se me pide, pero si usted no me deja terminar las frases no sé como podríamos llegar a un puerto comprensible para todos—lo dijo en tono sinceramente jovial pero se empezaba a palpar cierta tensión en el plató--  Bien pues,  más prosaicamente dicho, resulta que en la sangre que corre entre las neuronas o células del cerebro, actúan sustancias llamadas neurotransmisores (entre ellas dos de las más importantes en el  caso que hoy nos ocupa serían las denominadas serotonina y noradrenalina.) Cuando estas sustancias o neurotransmisores se encuentran en poca cantidad, o su circular es defectuoso  en una persona, esta situación coincide, e insisto, coincide, con la existencia de una depresión que se llamaría endógena(que en la teoría más psiquiátrica, vendría originada por la mala circulación de los neurotransmisores) en dicha persona. Este sería el caso de un tipo de interpretación de depresión y ya digo, ésta es la teoría más psiquiátrica, por decirlo de algún modo, la de que la alteración del flujo de los neurotransmisores provocaría un debacle anímico; evidentemente esta teoría, cercana a la hipótesis pero apoyada por muchos especialistas, no tendría que ser necesariamente la única. Pues incluso en este caso, no se puede demostrar si el huevo es antes que la gallina. Es decir ¿La alteración fisiológica se produce, y como consecuencia viene la depresión, o por el contrario, cuando la persona se deprime por razones psicológicas se produce la alteración química o fisiológica? En mi opinión esto no se puede demostrar, o no de forma totalmente convincente. Pero eso no quita para que la depresión no deba tratarse, en mi opinión, con métodos medicamentosos , aunque sin dejar de lado el trabajo psicológico. Nunca se sabe la verdad al cien por cien.
 “No hay en estos momentos un avance suficiente en la medicina que nos permita averiguar el origen con exactitud. En el año de 1998 en que nos encontramos, no lo hay. Esta claro que los antidepresivos, destinados a potenciar el buen funcionamiento de la serotonina y de otros elementos que incidirían directamente en el estado de ánimo, son eficaces en un 80% de los casos. Pero aún esto no prueba nada, pues una persona a la que se le ha muerto un familiar querido puede también mitigar su dolor con alguna medicina, y en ese caso el origen es indudablemente psicológico y externo. Estaríamos pues, a falta de saber si la causa última de muchas depresiones sería bioquímica (depresión endógena) o psicológica (depresión exógena.)
 “Yo en mis consultas nunca descarto cualquiera de las dos posibilidades. Es más, pienso que en muchos casos hay una mezcla de las dos. Orígenes químicos y psicológicos al mismo tiempo.  Aunque soy consciente de que en cualquier caso la medicina puede ayudar mucho(producen un rápido efecto estabilizador en pacientes de patología grave) e incluso ser imprescindible en algunos casos, sobre todo cuando hay peligro de suicidio; por otra parte soy consciente, como decía también nuestro amigo Luis, de que se debe tratar al paciente también psicológicamente, por medio de psicoterapias de apoyo o psicoanálisis, en algunos casos combinando la psicoterapia con la medicina y en otros eliminando la medicina a favor de la psicoterapia.  O eliminando la psicoterapia y optar por la psiquiatría unicamente.
“Por supuesto, no estoy de acuerdo en que el problema originario y general sea, siempre, exclusivamente psicológico (sin necesidad de ninguna medicación) como apunta Luis; eso me parece arriesgar demasiado pues estamos hablando de gente que intenta suicidarse y se suicida en casos suficientemente numerosos como para no tomar todas las precauciones. El medicamento se hace imprescindible en ciertos momentos y puede llegar a ser necesario toda la vida según la gravedad del caso. No digo que no haya muchos casos en que baste la psicoterapia sin necesidad del medicamento psiquiátrico, pero creo que no se debe desechar este último en muchos casos.
 “Por otra parte, cada caso exige su propio tratamiento. Cada persona es un mundo distinto y no hacemos nada con poner  etiquetas y trabajar desde ahí. Hay que trabajar con el individuo como caso aislado, no con diagnósticos previos. Porque aunque se puede intuir que existen...
A partir de ese instante,  en su última frase, la doctora Alonso, no sé por qué, se perdió en el verbo creando un galimatías incomprensible; este galimatías se produjo de forma totalmente sorpresiva e inexplicable, pues Alonso había comenzado y avanzado muy acertadamente hasta ese instante o eso es lo que me pareció a (pero recuerden que mi parecer no es objetivo en absoluto, pues soy una persona con tendencia a la depresión severa y que cree haber salido de ésta más de una vez gracias sobre todo a la acción de los fármacos y a una sencilla psicoterapia de apoyo; y también madurando, por qué negarlo)
--Bueno—la presentadora jovial nuevamente-- en cualquier caso vemos que nos encontramos ante un tema más complejo de lo que se pueda pensar en primera instancia, pues ya entre distintos especialistas tenemos distintos puntos de vista. Querría escuchar ahora la opinión de Begoña Vélez pero les rogaría desde ahora que, dentro de lo posible, sus opiniones no se extiendan demasiado, pues ya saben que en un programa de televisión en directo el tiempo es oro.
Begoña Vélez era la autora de los libros de auto-realización personal, además de otras cosas antes mencionadas. Entró en la conversación (si es que así pudiera llamarse a lo que allí ocurría) con lo que sigue:
--Buenas noches. Veo que la presentadora quiere llevarnos a ritmo de carrera de coches —comenzó diciendo con una abierta sonrisa de corte clerical-- Por una parte es de entender, pues no es ella, la presentadora digo, quien establece el horario. El problema que veo aquí es que será difícil que en esta media hora que nos queda podamos aportar cierta claridad sobre estos temas, existiendo puntos de vista tan diversos y muchos temas sobre los que convendría hilar fino o cuando menos tratar de matizar lo más posible.
“Estaba escuchando a mis predecesores a modo de espectadora televisiva como si yo no formara parte del debate. Es curioso que mientras los escuchaba sintiera pena de que todos estos temas se reduzcan siempre a explicaciones (de origen y  solución) bioquímicas, o por el contrario a planteamientos del tipo de terapia psicoanalítica o terapias psicológicas de apoyo. En el primer caso se provoca el consiguiente tratamiento con drogas legales vendidas en farmacias que muchas veces no hacen sino aborregar al paciente, habiendo como hay por otra parte productos naturales en el terreno de la homeopatía que producen beneficios sin efectos secundarios prácticamente. Por otro lado, con la psicoterapia se obtienen muy pocos beneficios comparados con la inversión de dinero y tiempo que este tipo de enfoque y trabajo exige.
 “Es pues un error, en cuanto a los orígenes de la depresión,  reducirlos a razones químicas o psicológicas. Todo esto es demasiado racional. Los orígenes, creo yo que sí serían en parte psicológicos, pero también sociales o culturales, sí, no me ponga usted esa cara señor Esteban; lo que quiero decir es que se nos ha enseñado a vivir de una forma muy superficial; vivimos de cara al exterior cuando no sabemos que la auténtica fuerza está en el interior de cada uno, y sería por ahí por donde habría que comenzar.
--Por favor, señora Vélez, yo le rogaría que fuéramos directos al problema de la depresión sin entrar en temas demasiado filosóficos o sociológicos, para poder iniciar cuanto antes un debate abierto sobre el tema- terció otra vez la presentadora con una cara muy seria.
--Pues es que precisamente a eso iba ––respondió Vélez con otra amplia sonrisa, no pude distinguir si falsa o verdadera, más bien parecía falsa, no podría asegurarlo—con lo que estaba diciendo. Como decía el gran maestro de la autorrealización Antonio Blay, los orígenes de la mayoría de las depresiones, aunque no digo que no existan raras excepciones, están sólo en la mente, en el psiquismo consciente e inconsciente de cada individuo. 
En ese momento Esteban pronunció un indignado y muy audible ‘¡por favor, un poco de seriedad!’ Pero Vélez hizo caso omiso de esto y siguió con su parlamento:
--En el caso de la depresión, el individuo hace una valoración errónea de la realidad al pensar que no sólo  no llega en absoluto al ideal de ser feliz o no infeliz que se ha marcado, sino que concluye también que nunca llegará a ello, por lo tanto siente y piensa (erróneamente) que no tiene energías para evitar su tormento depresivo y ahí llega la derrota absoluta. Pero las energías siguen ahí, aunque retenidas. Es un bloqueo de energías. Es la convicción de que no hay energía cuando de hecho la hay.
“En fin, desde nuestra perspectiva, la depresión y todas las enfermedades, todas, incluido el cáncer, las crea la mente  --eran dignas de ver en aquel momento las caras de Ana Alonso y José Esteban que con sus gestos faciales parecían querer decir “¡Esto es increíble!”--  En este orden de cosas—prosiguió Vélez-- estamos convencidos -hablaba en plural, supongo que representando a otros, o en nombre de alguien, quizá del nombrado y fallecido Antonio Blay- del tremendo poder curativo de la misma mente, sobre todo con ayuda de la parte inconsciente de cada individuo (por ejemplo si se accede a ella por medio del yoga, por medio de la expresión a todos los niveles,  o a través de meditaciones, espiritualidad etc) Creo que logrando descargar las energías retenidas en el subconsciente, así como  poniendo en  práctica  constante el amor a uno mismo (lo que traerá el amor a los demás) y el pensamiento positivo, se puede conseguir eliminar todo tipo de angustia y estados emocionales negativos y dolorosos, incluida la depresión, pues el mayor poder contra estos males lo tenemos dentro de nosotros. Contamos con energías de amor y de inteligencia suficientes dentro de nosotros para hacer frente a todo sufrimiento psicológico. No decimos que no haya casos realmente patológicos y de excepción que necesiten de medicación psiquiátrica, pero incluso en algunos de  estos casos, por medio de medicina natural y procedimientos de control mental o yoga se pueden atenuar muchos de los síntomas.
“No es mi intención deslegitimar a mis compañeros, o hacer las cosas más complicadas, pues admito que todos podemos tener nuestra parte de razón, ninguna teoría tiene porque tener un carácter excluyente; pero desde mi experiencia e investigación creo firmemente que hay que realizar un trabajo interior, no quizá demasiado psicoanalítico, sino por medio de otros muchos aspectos de tanta o mayor importancia. La depresión es un gran mal y necesita grandes remedios, sin tener que recurrir siempre a la fácil salida de unos medicamentos. Se requiere un esfuerzo que no se haga por medio de la fuerza de voluntad sino de forma indirecta; hemos de sacar toda la energía positiva que llevemos dentro; pero lo que digo es válido también para la gente sin problemas agudos de ánimo pero que quiera llevar una vida mucho más plena y feliz. Y esto se puede conseguir. Pero con trabajo y tiempo. La felicidad está alcance de todos. Y esto, es lo más grande que tenemos dentro de nosotros. Lo que nos eliminará todas las tristezas y malestares psicológicos, pues la felicidad, repito, la descubriremos en nuestro interior.

Mientras hablaba  Begoña Vélez hubo un par de comentarios cerca de mí y fuera de micrófono que me llamaron mucho la atención. El primero de ellos me hizo gracia y fue hecho por un ayudante de cámara que estaba al lado mío y que le dijo a un compañero: “Menudo coñazo, vaya chapa tío, este programa a esta hora no va a durar en parrilla ni dos semanas. Te apuesto una birra.” El otro comentario fue hecho en un susurro. Resulta que yo me encontraba sentado entre un psiquiatra (Esteban, el de las teorías químicas) y la otra (Ana Alonso.) El primero, mientras se tapaba con la mano el micro, le dijo a la segunda mientras hablaba Begoña Vélez y señalando a esta última disimuladamente: “Psicosis de omnipotencia infantil” Los dos sonrieron.
--Bien señores –intervino la presentadora-- veo que no se han limitado a responder a mi primera pregunta sino que de alguna forma han comenzado a responder a la que tenía preparada para comenzar el toma y daca del debate. Soluciones. Cómo superar la depresión. Ya se han dicho algunas cosas pero tratemos de  concretar. Se abre el debate y a partir de ahora me gustaría tener que intervenir sólo en el papel de moderadora moderada (se rió de su chiste) para que ustedes puedan intercambiar sus puntos de vista de forma espontánea, contestar a alusiones o matizar lo que no quede claro.

Yo no sabía si reír o llorar ante lo que había estado escuchando.  Recordé fugazmente lo que mi doctora me dijo una vez en uno de mis primeros ingresos en el psiquiátrico. En medio de una de las largas conversaciones que mantuvimos, le solté de sopetón: “Y cuando salga de aquí, igual, igual hasta estudio psiquiatría para saber qué leches os traéis entre manos” Ella dijo con aire tranquilo y sonriente (como riéndose de su ignorancia, de la mía y de la del resto de los humanos): “Si tú estudiaras psiquiatría, después de todos los estudios y aunque ejercieras posteriormente, te darías cuenta de que no sabes nada de nada.” En cuanto lo dijo y al ver mi cara perpleja y descompuesta debió de darse cuenta de que no debía haber dicho eso a alguien que buscaba desesperadamente una mínima certeza a la que amarrarse para salir de su desastre, pues enseguida hizo un nervioso y tenso amago de rectificación, con una frase breve que pretendía desdecirse de lo que se le había escapado. Digo que se le había escapado  porque estoy seguro de que ella creía en lo primero que me dijo, ya que el tono de la frase que lo rectificaba era muchísimo más tenso y menos convincente que cuando dijo lo de “te darás cuenta que no sabes nada de nada”. Y es que eso es lo que me parece a veces, más veces de las que me gustaría, aún sin haber estudiado psiquiatría al final.
No tengo ni idea de quién hizo la selección de los cuatro expertos pero parecía ser alguien con bastante mala leche y con ganas de que se crease una confusión espectacular. No se explica de otra forma el hecho de que las cuatro personas invitadas (gente que trataba a otra gente con problemas muy graves) tuvieran puntos de vista tan diferentes y en algunos casos diametralmente opuestos sobre el mismo tema, del que además decían ser especialistas. Y esto, quien lo organizó, lo sabía, y sabía lo que podía provocar, estoy seguro. Quizá, pensó, venga, un poco de polémica no vendrá nada mal para dar chispa al soporífero tema. Por si esto fuera poco, en sus presentaciones, los cuatro especialistas, en vez de ser escuetos y observar la situación general de los interlocutores antes de entrar en opiniones serias, para luego amoldarse de una forma flexible al tono del debate y a la situación, entraron a matar directamente, cada uno con su singular discurso que excluía a los demás. Parecía que iban por libre, como si no estuvieran en un debate. Esto explica por qué posteriormente la tensión fue creciendo progresivamente más y más en el toma y daca.
La situación no dejo de darme pena, pero era un exponente de lo que me había ocurrido en mi recorrido por todo tipo de matasanos. Muchas ideas diferentes, muchas sugerencias y afirmaciones opuestas entre gente “muy profesional y reconocida”. Al final, mucha confusión general.
La pena aumentó  al darme cuenta de que yo estaba completamente de sobra en aquel debate. Pues ¿qué iba yo a aportar ante gente que decía saberlo todo? (aunque no tanto la tal Ana Alonso, que, repito, me convenció bastante antes de su desfase final.) No entiendo para qué me invitaron, pues mi experiencia, por lo que pasó luego, parecía no interesarle demasiado ni a la presentadora ni a los demás.  Pero de algo estaba seguro: esa gente no tenía ni idea de lo que era padecer una depresión internamente salvaje, cruel y prolongada en carne propia. En fin, hasta hubo un momento en el que tuve un impulso interno que me decía: “Lárgate de aquí. Esto es otra encerrona televisiva que no sirve para nada” Afortunadamente no lo hice y aguanté con relativa dignidad el chaparrón de ellos, que no dejó de mojarme de todas formas, pues en mi intervención yo ya no estaba lo suficientemente tranquilo como para razonar demasiado bien. Pero es que si me hubiera ido habría dado una imagen pésima de la gente con trastorno afectivo(en mi caso nunca he aceptado el término “trastorno mental”, pues para mí ese término se referiría a personas que no tienen una capacidad de raciocinio medianamente objetivo no sólo en  sus crisis sino también fuera de ellas; o que interpretan la realidad de forma totalmente disparatada y fuera del sentido común de una manera crónica; gente, por otro lado, contra la que no tengo nada, faltaría más, son de mi equipo aunque se diga que están locos; pero, con todo, opino que el termino trastorno mental no se ajusta a mi caso ni al de otros muchos.)

La presentadora debió de haberse olvidado de mí por un momento, pues con cara de quien recuerda algo de  pronto, al mirarme, dijo:
--Perdónenme que me desdiga un poco y no comencemos ya el debate pues no debemos olvidar –ella parecía haberlo hecho-- que tenemos con nosotros a una persona que ha sufrido graves depresiones durante su vida. Sería interesante escuchar su experiencia, aunque brevemente y antes de entrar al toma y daca del intercambio de opiniones. ¿Tú, desde la descarnada experiencia, cómo ves todo esto?- me preguntó, de una forma que me pareció muy de cumplido y casi cómica; además, increíblemente, dijo lo de “descarnada experiencia” con una media sonrisa que podía llegar a ser insultante. Lo pasé por alto, pues ya había empezado a dejar de irritarme por ese tipo de cosas.
--¿Todo esto? ¿El origen y eso? –dije para salir del paso.
--Bueno, tu experiencia; cómo la afrontaste, cómo crees que conseguiste salir de tus depresiones, por ejemplo.
--Es que no sé si he salido del todo todavía. Llevo unos años sin recaídas graves, y llevando vida normal --¡¿cómo demonios pude decir esto último, ¡¿Vida normal?! Sólo se me ocurre pensar que nos traicionamos convencional e hipócritamente en sociedad, y por lo visto, más en televisión-- pero eso no significa que todo esté solucionado. No sé, yo no tengo los estudios y conocimientos de estos señores pero mi vida cambió desde que empecé a tomar la medicación adecuada. En mi caso pienso que fue el litio. No puedo decir mucho más—dije algo nervioso y agobiado por los focos.

La señora Vélez entró en la conversación de una forma que sólo puedo calificar de impertinente:
--Es que claro, con todos los respetos para el  sufrimiento de este señor –qué raro se me hizo que me dijeran “señor” a mis veintitantos años—quién sabe si dejó de estar deprimido por el efecto de la medicación o porque se convenciera de forma inconsciente e intensa, de que con esa medicación él estaba salvado. Podría ser una sugestión, ya digo, que entrara directa y poderosamente a su parte consciente por medio del subconsciente; una sugestión  que nada tuviera que ver con la medicación en sí, sino provocada por ejemplo por la muestra de convencimiento de su psiquiatra, quizá alguien en el que él creía ciegamente cuando le recetó el litio, una sugestión poderosísima que le hiciera creer que el medicamento le curó, lo que le hubiera ayudado a afrontar sus conflictos con mayor acierto y menos sufrimiento y con ello se sintiera psicológicamente salvado, en fin sería otro caso que viniera a demostrar el poder de la mente y no de la medicación—la señora Vélez terminó con cara de satisfacción,  y el psicólogo Luis asentía vehementemente con repetidos movimientos de cabeza como diciendo “eso es, eso es”
Y yo me enfadé.
--O sea que todo es mi imaginación ¿no?
--Podría serlo, pero no tu imaginación consciente sino aquella que no controlas. No sólo la imaginación sino fuerzas de tu subconsciente que tú no has conseguido controlar.
Me estaba empezado a tocar las narices la de veces que repetía esta mujer la palabra “subconsciente”. Parecía apoyar todos sus argumentos en el significado que ella  daba a la palabra.

--Pero bueno, esto ya es el colmo—entró por fin tronando José Esteban por el que por primera vez sentí una leve simpatía, pero que duró poco— Hay muchos estudios de psiquiatría, muchísimos, estudios científicos y verificables y  sobre los que sería muy difícil extendernos aquí, sobre todo por falta de tiempo, que están legitimados y apoyados por eminentes autoridades médicas de muchos países, que demuestran que ni la imaginación (perdone señora Vélez, pero me parece imperdonable que haya utilizado ese término en un problema tan grave) ni la fuerza de voluntad tienen nada que ver o que hacer contra la depresión. Menos todavía deberían meterse en estos temas tan delicados ciertas teorías seudo místicas con pretensiones de omnipotencia. He estado escuchando muchas cosas y unas cuantas me han parecido irresponsables. La depresión con mayúsculas es  una enfermedad psiquiátrica, y como tal incumbe sólo a la psiquiatría –aquí miró un momento al psicólogo posando luego sus ojos en los de la presentadora--; la psicología, con todos los respetos para este caballero que la ejerce —mirándole de reojo ahora-- puede servir para arreglar problemas de tipo familiar o doméstico; la psicología, en fin, no debería entrar para nada en temas como este, cuyo origen y tratamiento sólo puede ser bioquímico. Y es bioquímico en la gran mayoría de las depresiones. El yo y el no yo, el subconsciente, el afán por las psicoterapias interminables, las energías y fuerzas, la analítica estéril, toda esa palabrería, esa red de conceptos abstractos, no sirven más que para enredar la mente de los pacientes (ya bastante enredada) y empeorar la situación; he tenido muchos casos en mi consulta de gente que venía empachada de psicoterapia, hecha un lío, y que en cuanto vieron que la medicina funcionaba, comenzaron a olvidarse de si su yo consciente e inconsciente representaban X, o de si  su yo ideal contra el real les hacía creer que bla bla bla, en fin, para qué seguir...
“Señores, estamos hablando de algo muy  serio, como para aumentar las dificultades con ese tipo de enfoques. La psicología puede ser útil para asuntos triviales, pero enredar en la mente del paciente, repito, sólo empeora las cosas. Vamos oiga—mirando ya directamente a Luis Miguel, alias Luis—¡que me diga usted que todo es cuestión de voluntad y de enfrentarse a los problemas, y eso de que es cómodo hundirse sin luchar! Pruebe usted a luchar dentro de un agujero oscuro y cerrado con llave. Pruebe usted si es cómodo quedarse ahí para no afrontar problemas ¿O sea que sus pacientes son masoquistas? Y no salen del horror por vagos ¿no? Buena manera de ayudarles diciéndoles semejantes disparates -terminó diciendo Esteban casi con ira, como si el asunto le afectara personalmente. Acababa de ganarse dos enemigos de golpe, si no se los había ganado ya; Vélez y Luis Miguel-Luis.
--Este es el gran problema de hoy en día en estos temas, la prepotencia ideológica de ciertos psiquiatras...--empezó diciendo el psicólogo.
--Por favor, pido un poco de respeto,  sin descalificaciones gratuitas.
--Señor Esteban, no me interrumpa, yo le he dejado terminar –ya muy ofendido—Y para descalificaciones las suyas. Usted se erige en único salvador que no acepta colaboraciones y de paso  se  carga de golpe años de serios estudios psicológicos poco menos que diciendo que la psicología no sirve para nada.
--No he dicho para nada.
--Prácticamente.

Mucha tensión en el plató. Mucha. Yo me empecé a sentir realmente incómodo. Por unos segundos la cara del psicólogo era un poema de rabia y enfado; aunque enseguida debió de recordar que estaba en público y compuso un rostro de severidad tranquila, por aquello de las formas elegantes. La cara de Esteban rezumaba una ira contenida, también por unos segundos, pero enseguida también trató de mostrar por medio de su rostro algo parecido a la invulnerabilidad. Estaban los dos de morros, pero intentando guardar la compostura mientras Vélez mantenía una sonrisa tensa y ambigua.
--Bueno, bueno, por favor –entró esta última—me gustaría que pudiéramos reconducir el debate por terrenos algo más consensuados, y si no se pudiera por discrepancias de tipo ideológico o teórico, al menos no enconarnos en la animosidad.
--O sea que la moderadora ahora es usted ¿no?—dijo Esteban, comenzando a perder casi todos sus papeles.
--Mire señor Esteban: usted puede ser un eminente psiquiatra pero no le aceptaré ninguna falta de respeto. Yo no le he faltado, así que no se comporte infantilmente. Por favor, seamos civilizados; creo que todos estamos perdiendo un poco, o un mucho, los nervios. Vamos señores, que en el programa anterior a éste, en el debate de los niños, ellos lo han hecho mucho mejor que nosotros, desde luego  en cuanto a las formas.
--Ahora nos quieren dar clases de buenas maneras, no te jode—dijo por lo bajo Esteban mientras se tapaba el micrófono con la mano y me miraba, no sé por qué, a mí.  Por suerte para la calma general, Vélez no le oyó y continuó.

--No sé si se dan cuenta de que nos estamos haciendo un flaco favor a nosotros mismos, pues aunque tratemos a nuestros pacientes de formas muy diferentes, también hay que decir que muchos de ellos (pacientes de los cuatro, porque conozco también sus trayectorias) han salido adelante cada uno con un método y tratamiento diferente. Esto nos dice que no hay una única solución absoluta y que unas teorías no tienen porqué excluir a las otras; a cada persona, debido a sus especiales características, le puede sentar bien un tipo de camino diferente al de otros, y hay que respetar el tratamiento de cada especialista aunque cada uno crea que su tratamiento es el más acertado. Creer que alguien pueda tener la razón absoluta, la llave única de la curación,  no tiene sentido en este caso tan complejo en sus enfoques.

Bien, pensé, aunque se está contradiciendo con su aparentemente firme convicción inicial, por fin la mujer  de la autorrealización dice algo que me parece muy razonable y lanza algo de aire fresco al bochorno del debate. La presentadora interrumpió mis pensamientos con lo que sigue:
--O sea que, si no he entendido mal, el que haya diferentes enfoques y diferentes tratamientos al mismo problema no quiere decir que alguno tenga que ser totalmente ineficaz o que exista un único modo de solución— concluyó la presentadora.
--Exacto—respondió Vélez.
En realidad no le hicieron ni caso, pues los restantes invitados, menos yo, que permanecía callado por timidez y que ya empezaba formar parte del decorado, siguieron erre que erre con el tema de los orígenes.
            --Bueno –entró de nuevo en faena el psicólogo Luis Maiz-- pues si hemos de continuar con el tema que nos ocupa y con aquello sobre lo que parece que no nos ponemos de acuerdo, yo querría apuntar (y esto está probado y escrito en los principales libros de la psicología moderna) que a día de hoy no se ha descubierto ningún cambio fisiológico que preceda invariablemente a la depresión. De manera contraria a este caso, tenemos que una deficiencia de vitamina C, sí que precede al escorbuto y no al revés.
“Y repito, una vez más- qué pesao- diga lo que diga el señor Esteban, a día de hoy, no se ha descubierto ningún cambio fisiológico que preceda a la depresión, siendo pues, ésta, una creación de la mente  como un mecanismo de defensa ante las dificultades. Por poner un ejemplo cotidiano, el hecho de que algunas personas se depriman un poco tras pasar una gripe no indica que la gripe sea la causa principal de dicha depresión pues hay otras muchas personas que no se deprimen tras padecerla. Por lo tanto el origen fisiológico queda descartado y es el señor Esteban quien se mete donde no le llaman.
            --El hecho de que no se haya descubierto verazmente ningún cambio fisiológico que preceda a la depresión no indica que no lo haya –le respondió Ana Alonso, la psiquiatra-- Porque entonces, lo que no se ha descubierto, según usted ¿No existe? A principios del siglo XIX, no se conocían muchísimos fenómenos científicos y biológicos que luego se han descubierto, y que ya existían siglos atrás ignorados por el hombre; y gracias a esos afortunados hallazgos posteriores, se ha podido llevar a cabo la curación de numerosas enfermedades.
Miré directamente la cara del psicólogo, mientras la Sra. Alonso decía estas últimas palabras. Se puso alerta, parecía sentirse pillado, en su rostro había una leve señal de alarma después de haber mostrado durante todo el debate una actitud de quien pretende saber lo que dice y quiere demostrar que pisa fuerte en esta vida. Tras esos segundos, y de inmediato, recompuso de nuevo su rostro con una expresión muy seria, pero esta vez intentando reforzarla ambiguamente con una muy forzada sonrisa de forma aparentemente tierna para decir:
--A ver, usted quizá me ha interpretado mal porque...
--Joven –entró en escena la visceral voz de Esteban- le ha interpretado, le hemos interpretado, perfectamente –lo dijo enfatizando las sílabas en un per-fec-ta-meen-te. --- ahora no esconda la mano. Y por otra parte sí que se han descubierto cambios fisiológicos antes de la depresión y como origen de ésta, vaya si se han descubierto; sí, y no me mires con esa cara de escéptica, Ana, tú deberías saberlo mejor que nadie. Se dice que no se ha avanzado nada en psiquiatría. Mentira. Miren todos los libros y estudios de los últimos años y díganme si no se ha avanzado y no se han descubierto cosas esenciales; y se ha trabajado mucho en el terreno que hoy pisamos. ¡Por favor, no se pueden hacer afirmaciones tan gratuitas!
--Esta visto que no voy a poder hablar –dijo Luis—si ustedes me interrumpen y quieren interpretar las cosas según sus intereses y me dicen que...
--Perdóname Luis—esta vez la que le cortó fue la presentadora-- y me da muchísima pena, de verdad lo siento mucho, muchísimo; repito, es una pena  tener que interrumpirte ahora y tener que dar por finalizado el debate en este punto; pero es que el tiempo se nos ha agotado ya hace unos minutos y me hacen señas de que debemos dar paso a otros contenidos de la programación. Son cosas de la televisión y sus diversos contenidos, del directo que no se puede programar, como decimos siempre, pero no deja de ser realidad.  Lamento que este debate no se haya podido desarrollar más ampliamente, aunque de todas formas, intentaremos volver a abordar este tema, con los mismos invitados, en otro programa, pues veo que se han quedado cosas importantes colgando. Por lo tanto quedan ustedes cinco, invitados para reiniciar este debate en nuestro plató en próximas fechas.
“Así pues queridos telespectadores -mirando ya a cámara de frente- ha llegado la hora de despedir a nuestro “abejorro” de esta semana. No olviden que les esperamos la próxima semana, el Jueves a estas mismas horas, quiero decir, no a esta hora –se empezó a hacer un pequeño jaleo verbal-  las 23 horas en este momento, sino a las veintidós horas. La próxima semana hablaremos del papel de la ecología en el siglo XX. Les espero aquí el jueves, ya lo saben, no nos fallen, y gracias por su atención.

 Musiquilla y créditos finales. Al terminar el programa los especialistas dejaron de hablar de golpe y cada uno fue por su camino.
Ni que decir tiene que no hubo oportunidad de reanudar el debate (“ya saben, el mundo televisivo, el poco tiempo del que disponemos a veces para poder hablar en profundidad de tantos y tantos temas que preocupan hoy día a la sociedad y al hombre y a la mujer modernos; en fin a nosotros nos encantaría poder dar cobertura a todos los temas pero…)
Para rematar todo esto de forma radical, resultó que a las dos semanas, el programa al que acudimos, esto es, nuestro interesantísimo programa “El Abejorro”, fue eliminado de la programación por los bajos índices de audiencia. En concreto, el programa sobre la depresión tuvo una escasísima audiencia pues la gente a esas horas no estaría por la labor de aguantar rollos psiquiátricos y psicológicos. Lo que quiso ser un serio debate se quedó en el aire de la compulsión televisiva, y nunca pudo reanudarse con las mismas personas, las cuales siguieron ejerciendo su profesión diligentemente como si tal cosa.
Así que ahí quedo la historia.
















8





            -- Todo lo que me has contado deberías de escribirlo; un libro tío, dale forma, tienes material y tienes memoria, escribir no es más que memoria. Mientras cenábamos has estado una hora entera acordándote de una cosa tras otra, y porque nos tenemos que ir pero sé que podrías seguir.
            “Creo que te lo he dicho muchas veces, deberías rentabilizar todo ese sufrimiento escribiendo.
 Ander, un  amigo que hice en mi último año de instituto, a quien conté gran parte de mis andanzas de caballero rodante (menuda paciencia tuvo) era quien me decía estas cosas en aquel bar de mala muerte que estaba cerca de donde yo vivía por esos días. Es cierto que me había insistido muchas veces sobre lo mismo y ahora volvía a hacerlo.
Yo estaba haciendo la carrera universitaria y sólo habían pasado dos años desde la última crisis e ingreso. Dos años desde Asteasu, aquel día en aquel bar, en aquella conversación con Ander. Dos años, que según desde qué perspectiva, pueden parecer mucho tiempo. A mí no me parecía nada. Desde mi perspectiva, todos aquellos ingresos y pesadillas estaban demasiado cerca en el tiempo como para decidirme a expresarlos por escrito. Entendía que Ander lo decía con la mejor intención, para apoyarme y ayudarme, para animarme a hacer algo que él consideraba interesante. Para incentivarme a compensar mis depresiones. Pero entonces la frase “rentabilizar el sufrimiento” me parecía monstruosa. El sufrimiento me parecía un precio excesivamente alto a pagar por un puñetero libro. No le veía ningún sentido, nunca el beneficio de escribir un librito superaría el coste del dolor.
Y sobre todo no tenía ninguna gana. Bastante tenía con empezar a respirar por fin aire anímico relativamente limpio. “Bastante me ha costado librarme de toda esa mierda como para recrearla ahora escribiéndola. Ni pensar. Además, que no sabría hacerlo bien” pensaba yo ante sus palabras.
 Han tenido que pasar otros muchos años tras esos dos, tras ese día con Ander en el bar(sin contar con que tuve más ingresos; en 2008 me rompía por dentro en el Psiquiátrico Santo Tomás),  para llegar a estos días de 2011 y para decidirme a escribir sobre aquella época y sobre los años que siguieron, ya  con cierta distancia (quizá no la suficiente todavía; probablemente sin saber “hacerlo bien”.)
En el año de aquella conversación y en el anterior, incluso en posteriores años, mi actitud interna hacia la vida  era de rebelión; enfocaba  gran parte de mi rabia contra todo el dolor que había soportado, contra el horror que vi en el manicomio, que me parecía malditamente falto de ningún sentido, contra el horror en el mundo. Todas esas vidas en descalabro en Asteasu, todo esa hierba podrida en pastillas machacadas que masticábamos juntos, todos los vómitos existenciales de unas vidas abandonadas a ideas delirantes e infernales, abandonadas por sus propias familias, en fin... Y para qué seguir con lúgubres historias.
 No aceptaba a un Dios, en el que a mi pesar seguía creyendo, tan bestia, de “bromas” tan crueles y macabras. Sí, ya,“el misterio de la cruz, nosotros no podemos entender, todo eso trasciende a nuestro razonamiento el cual tiene límites a partir de los cuales somos incapaces de medir o imaginar a un Dios amor en todas sus dimensiones y...”  Yo, sinceramente, no podía digerir esas palabras sin rebelarme.
 Me rebelaba, sí. Tenía frentes psicológicos por todas partes; contra la que consideraba injusta sociedad, injusto mundo, injustas, crueles, insolidarias, estúpidas y absurdas formas de vida, injusto ser humano, injusto yo,  injusto reparto de la riqueza (éste lo mantengo, aunque sólo sea en privado y sin dejarme irritar demasiado, que luego lo paso mal; al final y tristemente, la búsqueda de una supervivencia psicológica acaba acallando algunos buenos sentimientos. No hay quien aguante una rabia constante.)
Así vivía yo, a pesar de haber pasado ya el mayor dolor. Me sentía completamente resentido con un pasado demasiado cercano que salpicaba mi presente, que aunque mucho más respirable me seguía pareciendo lamentable en cuanto a los seres humanos, entre los que irremediablemente me incluía  yo como el que más, con mi mediocridad moral al frente de una enfermedad envenenadora de esperanzas e ilusiones, las cuales se pudrían cada x días en bajonazos anímicos, por suerte no duraderos, por desgracia suficientemente intensos como para romper cualquier buen ritmo vital; y resentido con la sociedades que creamos y destruimos. Quizá sentía todo eso con aires de grandeza, en aires perdonavidas, puede ser. No solucionaba nada rebelándome interiormente (y exteriormente, en conversaciones o en cartas a los periódicos) lo sé demasiado bien, y quizá sólo empeorase las cosas. Desde el punto de vista más pragmático (y aunque a veces la rabia ayudase a tirar hacia adelante) aquella actitud era un gasto de energía enorme que me dejaba con menos fuerzas para la vida práctica y rutinaria. Aquella que cuenta al fin y al cabo. Pero tenía toda la impresión de que aunque “nosotros no podemos hacer nada” necesitaba rebelarme y adoptar aquella actitud. Lo sentía así.
 Posteriormente, años después, y aunque no vi la luz precisamente, ni nada de eso, empecé a vivir de forma muy diferente y mucho más calmada, sin tanta rabia y resentimiento contra la vida (aunque una pizca de ella, repito, creo que puede ser incluso sana) o contra mi vida. Simplemente me agoté de protestar y de darle puñetazos inútiles al incomprensible e invencible tesón del muro de la vida, que sigue ahí, ahí sigue. La rabia general desapareció por agotamiento absoluto, porque llegó un momento en el que aquel tipo de desahogo ya no me desahogaba.
Y empecé a tener esperanza. ¿De qué? No sabría concretar nada. Quizá esperanza de vivir con ilusión por las cosas. De no derrumbarme más quizá, no lo sé bien.
Volviendo al día en que hablé con Ander en aquel tétrico bar al que aludía al principio de este capítulo; él me repetía aquel día: “escribe tío, escribe”. Ahora me doy cuenta de que otra de las razones por las que no me animé a escribir en  ese momento, además de la cercanía en el tiempo, fue la actitud de rebeldía que tenía en aquellos días. Todavía tengo dudas de si ahora mismo no estoy (horror) rentabilizando el sufrimiento para  escribir algo que, sí, lo reconozco, me llena bastante y me abstrae de todo, independientemente del resultado final. 
Ander era y seguirá siendo probablemente, la persona de mi edad más sacrificada que yo haya conocido jamás. Luchador y trabajador hasta límites peligrosamente cercanos a lo sobrehumano. Trabajaba siete días a la semana para pagarse sus cosas. En concreto se sacó los últimos años de su carrera de derecho pagándoselos él mismo, con el dinero obtenido por medio de trabajos en pizzerías y en todo lo que pillaba. Trabajaba y estudiaba, y sólo descansaba para dormir. Ni un día de fiesta. Por suerte hoy día lo veo relajado y feliz (por lo menos aparentemente) con un trabajo más descansado y un sueldo más que merecido.
Recuerdo que cuando estaba empezando en el trabajo en el que a día de hoy ha ascendido bastante, nos encontramos en la localidad de Zarauz, en donde él estaba comenzando a pelear por sus primeros ingresos serios como comercial, para salir de casa de unos padres a los que parecía no interesar mucho lo que su hijo hiciera (parecía, él nunca se quejó.)
Fuimos a comer juntos. De segundo plato él pidió pollo. Le trajeron un pollo descomunal que se salía del plato en su enormidad. Se quedó mirándolo un buen rato con una cara digna de recordar, las labios tensos y empequeñecidos, sus ojos fijos tras las gafas clavados en el enorme pollo y con las cejas en tensión; sin apartar su mirada del elemento que tenía sobre su plato me dijo todo pensativo: “Tío, estoy pensando...  ja ja, estoy pensando en, o sea, ¿de dónde coño habrán sacado este pollo?” Me dijo que ya sólo de verlo se llenaba. Pero, tras ciertas dudas, terminó diciendo: “Pero me lo voy a comer. Me lo voy a comer entero, ¿sabes por qué? Pues porque seguro que cuando me vayan mal las cosas, habrá algún día en que tenga un hambre tremendo y ande muy mal de dinero y entonces me acordaré de aquel puto pollo que no me comí en Zarauz y lo a gusto que me lo comería en ese momento” Y así lo hizo. Digamos que se lo comió con voluntad y sacrificio, como casi todo lo que hacía en la vida. 
Años atrás y en la época del instituto, Ander y yo fuimos testigos de una de las cosas más graciosas que yo haya presenciado nunca,  y que durante años tantas veces recordamos; algo que no puede olvidarse. Bueno, me doy cuenta de lo peligroso que resulta decir que algo va a ser gracioso antes de contarlo. Es igual que en los chistes. Un chiste prefabricado y fuera del contexto de una conversación espontánea es para mí una de las cosas más antinaturales que existen. Precisamente, porque la risa sincera no se puede programar, por eso nos hace sentir tan libres en el más inesperado momento. Alguien dice, voy a contar un chiste. Bien, ya ha creado una pequeña tensión entre él y sus oyentes,  y entre los propios oyentes que deberán medir su propia reacción; el contador siente que debe contar bien el chiste y que  debe hacer reír; más tensión; tensión enemiga de toda la espontaneidad humorística que puede darse, por ejemplo, en medio de una conversación en donde nadie se espera que alguien diga alguna payasada, y ese alguien, va, y pum, la suelta, ahí va, a bote pronto y porque sí;  entonces la gente, que  no estaba predispuesta a escuchar la gansada,  ni “obligada”, como en los chistes, a reírse o a decir “qué malo” o el socorrido“¿hay que reírse?” (que muchas veces no son más que formas de responder a la tensión creada) paradójicamente puede llegar a reírse sorprendida y con muchas ganas, si la broma no es del todo mala. En mi opinión, poca gente se ríe muy sinceramente tras un chiste, y esto si que es un parecer muy arbitrario porque nunca podría demostrarlo. Parece como si la gente riera mucho menos espontáneamente, que en la inesperada y sana carcajada ante algo absurdo. La risa se puede fingir, pero se nota el fingimiento muchas veces.
Yo contaba muchos chistes de pequeño. Lo peor es que las primeras veces hice gracia en mi inocencia y en mi espontaneidad fuera de toda obligación; a partir de que el niño hizo gracia, aquello se convirtió en una pesadilla (todavía recuerdo el maldito chiste que creó tanta expectación) para el niño. A ver, majisimo, cuéntale a los tíos ese chiste, ya veréis qué gracia tiene, es un primor,  cuenta cuenta, pero levántate, hala, que nos vamos a reír todos un poco, venga. Al niño ya se le han quitado todas las ganas de contar nada, pero tiene que contar el impuesto chiste (tiene que ser lo buen niño que se le supone que es) y tiene la responsabilidad (siendo un inocente crío) de hacer reír. Y el niño nota, vaya si lo nota, cuando se ríen de cumplido y de condescendencia, el niño se da cuenta de que se finge.  El niño ya no siente que el chiste salga espontáneamente de sí mismo, sino que se convierte en un tenso lorito que reproduce las palabras, y está nervioso por si no consigue hacer reír, que parece ser su obligación. Y el niño, tras pocos años, no contó chistes nunca más. Le cortaron la espontaneidad en ese terreno. De esa experiencia, cualquier estudiante de psicología absorbido por teorías psicoanalíticas, o incluso cualquier reputado psicólogo, puede sacar la sesuda conclusión de que mi teoría sobre el carácter prefabricado y artificial de los chistes no responde a otra cosa que a una reacción ante esa experiencia “traumática” (yo no diría tanto, pero que termine el psicoterapeuta) de mi niñez, que yo no terminé de superar del todo y que dejó restos en mi subconsciente. Opinión personal 1 :esa teoría puede ser cierta. Opinión 2: puede ser una auténtica chorrada derivada de una neurosis analítica provocada por el propio psicoanálisis. Pero no apuesto por ninguna de las dos posibilidades.
Así que, dónde íbamos. Ah sí, despierten, despierten; ya he dicho que es gracioso lo que vivimos Ander y yo en un bar y eso ya no se puede arreglar. Prepárense a analizarlo, pónganse tensos y decidan su reacción, pues ya no hay vuelta atrás. “Saben aquel que…” no, en serio, quiero decir, en broma:
Ander, otros dos colegas del instituto y yo, estábamos en un bar al que acudíamos siempre en los recreos. Un bar pequeñísimo. Uno de los ilustres colegas de nombre algo aparatoso, de voz aguda y a veces chillona, me estaba hablando. Por continuar con la rutinaria conversación le hice un comentario habitual por aquellos tiempos “Oye, tú, a ver si nos afeitamos ¿eh?” Comentarios para salir del paso, prestados, socorridos y sin más. Él, sin embargo, le dio mucha importancia a mi frase, pero no por sentirse negativamente aludido; más bien parecía halagado por tan sosa expresión y entonces  comenzó a decir con su peculiar voz (a un  potentísimo volumen, debido al cual se le escuchaba en todo el bar): “Es verdad oyes, eso me dicen en casa mi familia, me dicen, tú oye, me dicen siempre —en ese preciso instante, y todo fue cuestión de unos dos o tres segundos, atravesaba la puerta entrando al pequeñísimo bar un policía municipal con una barba de unos cuatro días; el colega de la voz chillona estaba lanzado en su entusiasmo y aunque me hablaba a mí, por azar tenía la mirada fija y dirigida hacia la puerta por donde el poli estaba entrando, probablemente mirando pero sin ver al poli, tan metido como estaba en su comentario; evidentemente el policía no conocía los comentarios que habían precedido a lo que iba a escuchar a un tipo algo rechoncho que parecía gritarle a él, pues tal tipo rechoncho de estridente voz miraba hacia la puerta, hacia el policía; lo que el policía, en conclusión, creyó que le gritaban al entrar fue:¡¡¡Pero aféitate puto guarro, aféitate, serás guarro, aféitateee!!!” La cara de desconcierto del municipal fue algo que no nos dejó indiferentes precisamente. A mí me tuvieron que sacar del bar pues me dio un ataque de risa nada oportuno, cuando los demás intentaban disimular y el poli empezaba a mirarnos con cara  de pocos amigos. Consiguieron sacarme del bar sin mayores consecuencias y no nos pasó nada. Y ahí acaba el supuestamente jocoso hecho, basado en hechos más reales que la realidad misma.
Y ahí le tenía de nuevo a Ander, uno de los que me sacó de aquel bar ese día, a mis 19 años en pleno ataque de risa; sí, unos cuantos años después, y habiendo dejado a nuestras espaldas cada uno un camino muy diferente, riéndonos por enésima vez de la situación de aquel ya lejano día de nuestros 19 años. Y  Ander repitiendo lo de “escribe, escribe.”


           















9



Y al final le hice caso. 
Me gustaría despedirme de estas páginas recordando un suceso que tuvo lugar hace unos cuantos años en otra estancia psiquiátrica; para mí el hecho fue bastante significativo; cuando menos curioso.
Jaime era un hombre corpulento de sesenta años y que pesaría más de cien kilos. Un día le dio por insultar a todas las visitas que venían al centro. De inmediato le mandaron a la medio desierta planta. Allí, y después de cenar, cuando ya habíamos subido todos, se tumbó en el suelo y se puso a canturrear. La verdad es que con la gran altura que tenía, sus ciento y pico kilos a lo largo del suelo impresionaban.
Un auxiliar habló con él en tono amistoso, diciéndole “venga, levántate anda”. No se levantó. Ni tampoco lo hizo cuando vinieron otros dos auxiliares, una enfermera y un celador. El tipo pesaba mucho sí, pero parecía un poco excesivo que viniera tanta gente a por él. Estuvieron unos cinco minutos tratando de hacerle entrar en “razón” y hablándole de buenas maneras. No se levantaba. Lo levantaron, primero por los brazos y con frases del tipo de “venga, que nosotros sólo queremos ayudarte, Jaime, no hagas el tonto anda”. Comenzó a gritar. Lo llevaron a la habitación. No pudimos saber qué ocurría allí, porque una diligente auxiliar se quedó vigilando la puerta, casi cerrada. Sería para que no viéramos el poco edificante acto de atar a una persona a una cama. Porque tuvieron que atarle. Una vez atado comenzó a gritar, con todas sus fuerzas, toda la retahíla de palabras que más se escuchaban en aquel lugar de la boca de casi todo paciente inmovilizado. Sé que va a sonar muy mal pero las tengo que reproducir. Guste o no. Eran unas cuantas pero muy repetidas: “Hijos de puta, cabrones, maricones, me cago en vuestra puta madre, gilipollas, me cago en Dios…”. Hasta la extenuación. Evidentemente no les hacían ni caso, sabían que ya se cansarían. Podía parecer, que los que así gritaban eran animales salvajes capturados. En la mayoría de los casos, desde mi experiencia y punto de vista, nada más lejos de la realidad. Lo eran sí, pero sólo en aquellos momentos. Yo también llegué a estar atado y es verdad que estaba muy débil y no sabía lo que me pasaba, pero seguro que si me hubieran atado por estar sobreexcitado o “creando problemas”, y hasta que la medicación hiciera efecto, no hubiera dudado en tirar de grito e insulto con palabrota. ¿Qué otra cosa se puede hacer en esa situación? Al final, cuando les soltaban, los pacientes atados, se encontraban extrañamente tranquilos, sedados y a medida que se iban poniéndose bien y despertándose del todo, no querían más problemas y terminaban teniendo buena relación con los “atadores”, habiendo desaparecido por completo el rencor.
Cuando Jaime llevaba casi 24 horas atado, llegó un momento en que parecía sentirse muy bien, por lo que le escuchábamos decir y canturrear. ¿Alguna clase de medicina? No tengo ni idea. ¿Aburrido de estar atado pero con ganas de tomar el pelo? Ni idea. El caso es que cuando pasábamos al lado de su cuarto, estaba diciendo (ya sin gritar tanto como al principio) las mismas palabras arriba escritas, pero en un tono de pitorreo y rechifla cantarina que  hizo soltar a algunos pobladores del pasillo más de una carcajada.
Lo que Jaime hacía con su voz era más o menos esto: En el tono de quien está tarareando el nombre de un equipo de fútbol o el nombre de un jugador (más o menos, insisto) y como si lo hiciera a coro con otros hinchas decía: “¡Hijos de puuutaa, tara-ta-ta-ta, maaaaricoones, cabrooooneeeees! No había en su voz señal alguna de impotencia, desesperación y rencor del día anterior. Qué pena que no se puedan reproducir sonidos cuando se escribe. Aquello era muy digno de oírse.

Nunca he visto ni sentido mayores contrastes emocionales que en un psiquiátrico. Todos éramos estados de ánimo andantes que a cada cierto tiempo, podían cambiar sin problema. Aunque también había gente que pasaba semanas deprimida, sufriendo como perros, como yo. Y está muy bien que yo mismo lo diga, hay demasiada sencillez impostada.
Algunos muy deprimidos, otros eufóricos, otros tomándolo a cachondeo, otros rabiosos e irritados, otros que no decían palabra, unos tranquilos, otros nerviosisimos, otros riendo mientras jugaban al mus, otros cabizbajos mientras pensaban quién sabe qué. Pero el clima general, increíblemente, era de tranquilidad y de aburrimiento cuando unos se iban curando.
El psiquiátrico era como la vida en miniatura, pero esta vez el mal no lo provocaba el hombre, sino la enfermedad. Allí algunas personas, no sé por qué, se olvidaban del maldito orgullo y se acordaban de la solidaridad. Les daba por ayudar a otros. Por eso, porque todo aquello (el lugar y la vivencia) nunca obedecería a una definición genérica sin caer en mentirosa omisión, sino a una mezcla de emociones entre la risa y el llanto (ambos incluidos) y con cientos de estados intermedios y de matices de todo tipo, yo sólo puedo dar dos palabras. Teniendo siempre en cuenta que un término o unas pocas palabras pueden no significar nada sobre aquello que se ha escrito, sólo puedo decir que aquello era algo parecido a una alegre tristeza. Un amigo dice que “alegre tristeza” suena muy pretencioso, pero yo, sinceramente, no sé, diga lo que diga el diccionario, en que se basa la gente al decir que algo es pretencioso o no. Todos queremos hacerlo muy bien, aunque luego salgan chapuzas.




































Últimos tiempos





La mayor parte de lo que ha quedado escrito en la primera parte de este libro (salvo el último capítulo) fue redactada en el año 2005. Aunque cuando esto escribo (año 2011) he pulido el texto con supresiones de párrafos e incluso páginas por un lado y de algunas líneas por otro; por otra parte, he añadido cosas (muy poquitas en realidad) que no había escrito en el apuntado año 2005.


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2005-2011
          Doy gracias a Dios (se suele decir así) al hecho de que a nadie se le ocurriera sacarme una fotografía antes de ingresar en Santo Tomás y sobre todo durante mi ingreso allí.
   Antes del ingreso trabajaba (¿trabajaba?) en un taller de reciclaje de ropa. Cuando el trabajo era por las mañanas malvivía; y si era por las tardes vivía e incluso a veces reía. En realidad yo no sabía por qué extraños vericuetos del destino me encontraba en aquel lugar, más ocupacional que productivo. Si vamos a lo concreto, la historia sucedió porque mi doctora recomendó que trabajara allí para ver si salía de mi última depresión. Si vamos a lo subjetivo yo no sabía qué estaba haciendo allí, por qué estaba allí, de dónde venía y hacia dónde iba. Yo sólo quería encontrarme bien. El resto era totalmente accesorio. Menudas pintas tendría, eso sí.
¿Cómo llegué a la depresión?  Después del ingreso tras el viaje a Irlanda me abandoné para evitar machacarme. ¿Tiene algún sentido? Aparentemente no. Tendría que alargarme mucho sobre este tema para que quedase aclarado pero podría ser un tostón de pedrada. El caso es que me abandoné por una razón que sería liosa de matizar. Por lo tanto ahí lo dejo.
La depresión, más claramente, vino  porque durante unos años no hice nada. (sólo compras, cocina rápida, limpiar la casa cuando tocaba y leer algo) Pero no hacer nada puede ser agotador. A mi cabeza por ejemplo bien le hubiera valido hacer el vago. Pero no, yo tengo una cabeza muy trabajadora,  exageradamente trabajadora. Eso no sólo no se me ha valorado sino reprochado. Mi cabeza trabaja mucho más de lo que yo le dejo. Trabaja tanto y tan anárquicamente que puede llegar a producirme malestar psíquico. Incluso en sueños mi mente se pone a analizar los hechos abstractos que están sucediendo en el aparentemente real sueño. Esos que dicen “no te comas tanto la cabeza” no saben de qué están hablando. Mi psiquiatra en Santo Tomás por ejemplo, le daba muchas vueltas al hecho de que yo le diera muchas vueltas  a la cabeza. No era yo, insisto. Era y es mi cabeza (el género humano lleva siglos y siglos tratando de dominarla, aunque lo mío sea patológico). Fallo de fábrica. Ella (o su cabeza) también estaba tremendamente obsesionada con el hecho de que yo me obsesionara  con las cosas. Que una psiquiatra tan lista como ella me dijera literalmente “Lo que tienes que hacer es no darle tantas vueltas a la cabeza y dejar de obsesionarte” era tan absurdo como decirle a un ciego que lo que tenía que hacer era “dejar de no ver” y sin darle métodos para ello además. Dejo para más tarde todas las bendiciones que tengo para ella, que son muchas a pesar de todo.
Pero lo cierto es que mi cabeza, a pesar de trabajar tanto, trabajó muy mal, con una organización casi inexistente, enredada en neurosis y obsesiones, que me iban eliminando toda espontaneidad y alegría de vivir. Mi mente se adelantaba a toda acción con lo cual, al llegar a la acción mi mente se bloqueaba: Resultado: Neurosis grave y de ésta a la depresiónEsa es mi versión.
Entonces mi doctora sugirió un ingreso para que me regularan la medicación.

El psiquiatra que me asignaron en aquel ingreso dijo que el problema era que yo estaba sobre-medicado. Por ello, según él debían de bajarme la medicación y dinamizarme, mediante la gimnasia, la relajación y la laborterapia. El resultado de una bajada que yo considero brutal, fue que tres días después tuve una crisis de pánico, y que me puse, todavía, mucho peor de lo que ya estaba.  Uno, que inocentemente creía que ya había tocado el fondo de la piscina, descubrió con pánico que debajo del suelo hay un subsuelo abismal. En esas condiciones, el psiquiatra que  recomendó la bajada de medicación, la tuvo que subir un poco, no sin aconsejarme que debía de hacer un esfuerzo personal por hablar con la gente y salir de mí mismo (insisto, cuando en vez de fuerzas  hay cadenas neuróticas y tremendamente angustiosas que te atan las manos y las piernas, en constante tortura, ¡qué más quisiera yo que poder hacer ese esfuerzo!). Yo me enfadaba, porque consideraba que se me estaba pidiendo subir el Everest cuando no podría subir ni una colina de 200 metros de altura.  Empecé a ser una molestia para el médico. Yo le insinué la posibilidad de trasladarme al hospital de Santo Tomás, del que me habían hablado bien (es un poco triste que hablen bien de un psiquiátrico) y él hizo los tramites lo más rápido que pudo. Así que tras unos 10 días en el psiquiátrico llamado de agudos (contención) me llevaron, en ambulancia (nada menos)  al hospital de Santo Tomás que según el psiquiatra que me bajo al abismo de los abismos, era mucho más agradable que aquel en el que él trabajaba.





El hospital psiquiátrico (aunque las auxiliares enfermeras y doctoras, lo llamaban sólo hospital) de Santo Tomás se encuentra en San Sebastián, y por si no lo sabían, no se llama así, de igual modo que en Asteasu no existe sanatorio alguno ni vías de tren (pero sí en otra localidad de Guipuzcoa).
Estuve cinco meses en dicho hospital de media estancia (de dos a nueve meses, más o menos, todo depende de cada caso: alguien me cuenta casos de hasta once meses), viviendo por las mañanas con un estado de ánimo de depresión grave y sintiéndome por la tarde bastante mejor. Todos los días igual. Infierno por la mañana y oxígeno anímico por la tarde. Esta situación ya se me hacía (y se me hace todavía) insólita a mí mismo o sea que no quiero pensar lo que les parecerá a ustedes. Pero es que es completamente cierto. Por la noche me metía en la cama completamente relajado para despertar al día siguiente con una especie de ansiedad absolutamente torturadora. Y no quiero abundar en dramatismos. Simplemente eso es lo que ocurría.
Mi compañero de habitación era buena gente pero también un animal de dieciocho años Menudo ganso. Yo nunca había conocido personalmente a ningún negro. Este fue el primero.
Kevin, que así se llama el elemento en esta historia, tenía una costumbre realmente peligrosa para mi salud física. El caso es que se duchaba por las noches sin molestarse en cerrar la puerta del baño, con lo que en la entrada de la habitación se formaba un charco de agua considerable. Dos veces me resbalé en dicho charco nada más entrar en nuestro nido de dos camas,  y en las dos me dí una buena hostia, con perdón. A él esto le parecía un detalle sin importancia, pues a pesar de que le dije (y muchas veces) que cerrara la puta puerta, no me hizo ningún caso.
Kevin, siguiendo la leyenda sexual sobre los negros, tenía un pene (decir polla es de mal gusto) enorme. Fíjense si podía ser bestia, que un día  en el que él pensaba que iba a venir una auxiliar jovencita y guapa (aunque esto es muy subjetivo en mi opinión) a cerrarnos los armarios y las persianas (normas de la casa), empezó a pasearse desnudo por la habitación. Me dijo: “Ahora vendrá Lide y quiero que me vea desnudo”. Pero vino otra auxiliar. Y a él no se le ocurrió otra animalada que decirle: “Qué pena. Pensaba que iba a venir Lide. Pero tú también eres guapa ¿eh?” Por lo que luego ocurrió, no había que ser muy listo para saber que la auxiliar que ‘también’ era guapa fue con el cuento a donde sus compañeras. Porque lo que luego ocurrió fue esto: La enfermera jefe (creo que así le llamaban) vino a la habitación llena de ira cuando Kevin ya estaba metido en la cama y le soltó lo siguiente a mi compañero: “Pero ¿Tú que te has creído de la vida? ¿Qué te crees, que la gente ha venido aquí a divertirse? Aquí la gente está para curarse y como vuelvas a…te vas a enterar de…” Kevin se quedó callado.

Por otra parte, a Kevin no había quien le levantase de la cama por las mañanas, con lo que bastantes veces se quedó sin desayunar. Solía pasar al lado del comedor con una cara larga de muy mala leche. Mala leche que pasada una hora se convertía en un buen humor casi ofensivo. No paraba de hacer el chorra en todo el día. Recuerdo que estando en terapia (ya hablaré más tarde de lo que llamaban terapia en aquel lugar, sin sarcasmo, pues yo admiraba a las auxiliares y a mi doctora) un hombre le  preguntó a Kevin cuántos años tenía. Dieciocho, dijo Kevin. “Pues tienes una edad mental de cinco años”, respondió el hombre. Pero Kevin no hizo caso y siguió haciendo lo que mejor sabía hacer: el payaso. De todas formas y dejando de lado el detalle de la ducha, Kevin fue bueno conmigo. Siempre andaba diciéndome que yo nunca sonreía, que había que reír, que yo era demasiado serio. Un día, en la barra del bar (que también había, la verdad es que en ese psiquiátrico había de todo; menos alcohol claro) dijo una de sus gansadas, y para mi gran sorpresa, solté una carcajada bastante liberadora. Él pareció alegrarse mucho y me dijo: “Te estás curando, ¡¡te has reído!!!”. Por desgracia la carcajada fue sólo algo pasajero, un espejismo, y no me estaba curando. Cuando Kevin se fue de alta (no sin haberme dicho antes que todavía tenía visiones, cosa que no le decía a su doctora para que le diesen el alta, y que se iba a fumar un porro en cuanto saliera de allí) nos dimos un abrazo enorme. Que nadie me pregunte por qué, pero había cariño entre aquel elemento y yo.

El comedor (donde desayunábamos, comíamos y cenábamos). Había que estar formalito. A una chiquita de unos 19 años, que me caía bien, le hacían callar en cuanto se ponía a cantar (desafinaba pero a mí me parecía una chica entrañable). Normas: Había bastantes normas, pero si estabas hecho polvo no era difícil cumplirlas. Ya digo, en el comedor, siempre bajo la atenta mirada de una o dos auxiliares, no se permitía el más mínimo desmadre. No se podía llevar gorra por poner un ejemplo entre algunos cuantos más. Nunca supe a qué venían aquellas formas tan disciplinares para hacer algo tan sencillo como comer. De hecho se lo pregunté a la antes mencionada Lide. Ella, que como he dicho era muy jovencita, me miró con ojos sorprendidos  y sonrientes señalándose por encima del pecho como queriendo decir. “Pero si soy el último mono” y tras ello me dijo en euskera:



 “A mí me dijeron las normas y yo simplemente intento cumplirlas. Será para mantener el orden supongo”

En el hospital se realizaba una reunión poco después del desayuno, a la que llamaban “reunión de buenos días”.Ésta se “celebraba” en un espacio que había entre las sillas que miraban a una pantalla de  televisión enorme y unas mesas en donde se podía fumar, y donde se fumaba hasta la exageración; la reunión tenía algo de cómico. Por supuesto las enfermeras que la dirigían, no pretendían que fuera algo cómico, pero es que lo era, y a veces esta comicidad resultaba insultante. Y lo dice alguien que en esas reuniones se sentía desquebrajar por dentro.  Aunque debo ser justo: Las enfermeras que las dirigían eran encantadoras.
Recuerdo que a una de las enfermeras le daba algo de corte hacer ese tipo de reuniones (todos somos humanos) y cuando un día por fin se decidió, lo hizo por medio de una pregunta, que aunque ella no lo pretendiera, me resultó inhumana: “¿Qué le recomendaríais que hiciese a alguien para ser feliz en esta vida?”
¡¿Nosotros?!! ¡Precisamente nosotros!! Imagínense la escena. No era sólo que allí estuviéramos reunidos gente depresiva, esquizofrénica, con problemas de droga, de alcohol etc. No era sólo eso. Era que estábamos ingresados porque todos estábamos en un estado crítico bastante agudo dentro de nuestra enfermedad. Los depresivos estábamos más deprimidos, los esquizofrénicos más esquizofrénicos (con sus paranoias controlándose a base de medicación y fuera de su contexto habitual en donde no podían llevar una vida “que no llamase la atención”) Lo más surrealista del asunto era que varias personas empezaron a dar ideas. La enfermera, simple y llanamente cometió un error. Pero un error de locura, precisamente allí.

Antes de seguir con estos apuntes he de decir, que no pretendo despotricar (como lo hice sobre el sanatorio de Asteasu y el psiquiátrico para casos agudos de San Sebastián) contra nadie del hospital Santo Tomás pues en él fui extraordinariamente bien tratado incluso por la enfermera de la pregunta sobre la felicidad. Que nadie se sienta seriamente ofendida pues, porque este libro sólo pretende ser una especie de divertimento para quien se tome la molestia, que podría ser mucha, de leerlo.

Los Lunes por la mañana, en la reunión de buenos días siempre se nos preguntaba qué tal lo habíamos pasado el fin de semana. Todo el mundo respondía que bien. Imposible. Mentira. Y es que en este orden de cosas, uno, que es demasiado aficionado a decir toda la verdad, quedaba muy mal pues respondía que el fin de semana lo había pasado “mal”. Recuerdo que una compañera de fatigas, se me acercó una mañana (recuerden mis mañanas) a preguntarme qué tal estaba y yo le dije la verdad. “Tú siempre estás mal” respondió ella airada marchándose con los que yo llamaba para mis adentros “El increíble grupo de los alegres”. No hay cosa más dura que sentirse desplazado en un sitio de desplazados, lo aseguro.








‘El grupo de los alegres’. Nadie que hubiera visto a la gente de aquel bar, si hubiera entrado en él por azar sin saber que dicho bar estaba en el psiquiátrico, hubiera pensado que aquel lugar no era un establecimiento normal y corriente. Evidentemente había personajes excéntricos pero díganme a mí si no hay bares con gente así en el mundo de los “normales”.

Recuerdo estar sentado en una de las mesas del lugar tomándome un café (que sorprendentemente ofrecían allí) con una de las poquísimas personas con mi mismo problema, y ella, pongamos Elena, me dijo refiriéndose a un grupo que estaba cerca de nosotros en otra mesa y que no hacían más que gastarse bromas y reír o charlar muy animadamente: “Yo cuando veo a gente así me pregunto por qué estarán aquí, con lo mal que me siento yo” Yo, que en aquellos momentos me hubiera cambiado por cualquiera de ellos (aunque ahora esté contento de no haberlo hecho) también me hacía la misma pregunta.
 Porque, efectivamente; ¿qué demonios hacía toda esa gente que parecía encontrarse tan bien en aquel lugar para gente que estaba mal? Puede ser mucho más sencillo de lo que parece en un principio. Pues  mi opinión es, que, esa gente, en aquel momento y en aquel lugar, se encontraba bien, pero en general estaban bastante lejos de estar bien. Intentaré matizar.  Mucha de la gente que estaba allí, lo estaba en contra de su voluntad (algunos buenazos por delitos en el mundo de la droga), otros porque no controlaban su vida de excesos en la calle (porros, pastillas, alcohol y otras drogas) y otros a los que su paranoia particular les impedía llevar una vida coherente fuera del centro. Porque dentro, en general, la vida era bastante coherente. Obviamente no del todo coherente en cuanto te ponías a hablar de temas delicados con alguien, pero social y superficialmente coherente, al igual que en la mismísima democrática y avanzada (¿avanzada he dicho? ¿Será en valores morales?) sociedad.

Voy a hablar ahora, porque se me ocurre, de lo que se hacía allí durante el día. Avanzo que mi desorden es queriendo y sin querer. Queriendo, porque no quiero escribir como un notario o administrativo y sin querer, porque mi cabeza es un poco (más que un poco) anárquica. Pero creo que esto último es incluso beneficioso para expresar algunas cosas.

Vayamos pues, con lo que hacíamos allí durante la mañana: de diez a once, se hacían pasatiempos parecidos a crucigramas, jeroglíficos y otro tipo de cosas sencillas, pero que a mí se me hacían muy complicadas. De hecho yo hacía como que hacía, porque, en realidad, no podía. En la segunda hora, de once a doce, se hacían todo tipo de juegos, a veces parchís, cartas etc. También existía la posibilidad de leer revistas o periódicos; o se jugaba al bingo o a imitar personajes conocidos por medio de mímica para que el grupo intentase adivinar a quién estaba imitando algún miembro de este. Y a las doce abrían el bar. A la una comida y tras ella siesta hasta las dos y media o así. A las tres, cine. No me he equivocado, he dicho cine. En realidad cine o laborterapia hasta a las tres. Sé podía elegir.
 Había algo que me molestaba bastante en las llamadas laborterapias de la tarde. Y esto si que es muy personal y nada universal. Pues lo que me molestaba era algo que gusta a mucha gente. Había un hilo musical, que estaba conectado siempre a una cadena de radio que repetía y repetía canciones con el mismo esquema pop (muy pero que muy pop, exageradamente pop). ¿No es absurdo sentirse mal por algo así? Yo creo que sí, pero es lo que ocurría. Recuerdo  una tarde  en la cual, en vez de ir al cine me quedé en laborterapia; cestos, macramé, pintura… en fin, cosas que nunca me han gustado; no sé pues qué hacía yo allí; lo que sí sé es que me puse los cascos conectados a un walkman, con música que no tenía nada que ver con la del hilo musical y me vino una auxiliar diciéndome que aquello no estaba permitido. Ella fue muy amable (repito por última vez que casi todas lo eran) pues cuando yo le respondí que me estaban imponiendo una música que aumentaba mucho mi malestar, me preguntó por la frecuencia de la cadena que yo quisiera escuchar. Se la dije y la puso, sin que a nadie le importase. Muchas gracias.



El cine se ofrecía en un lugar llamado salón de actos. Las sillas eran bastante incómodas, supongo que para que nadie aprovechase la ocasión para dormir y pasar de todo, y la pantalla bastante grande. Las películas que ofrecían eran de una calidad y un contenido de lo más superficial y estúpido (sé que esto es muy subjetivo, que es sólo una opinión, pero es que yo no estoy escribiendo un ensayo o un cuento universal; estoy hablando de mí).
Las películas. Qué películas. Casi todas, fantasmadas norteamericanas (cuánto dinero malgastado en la industria del ocio) de tiros y de superhéroes fanfarrones. Tenían el criterio de no poner películas de miedo, por nuestro estado; no sé qué es peor; tantos tiros, puñetazos y violencia gratuita entre buenos y malos, podían acentuar mucho nuestra estupidez mental. Eran películas para entretener, pero ¿A qué precio? De todas formas esas películas gustaban y se demandaban. Si yo fuese el responsable de elegir las películas, y si el fin era entretener, hubiera puesto cada día películas de no pensar sí, pero comedias, comedias y comedias. Una tras otra, hasta quedarnos empalagados de tanto chiste prefabricado.

De cinco a ocho menos cuarto me daban permiso para salir con amigos o con familiares, y como yo a esas horas estaba mucho mejor que a la mañana, aunque no exactamente bien, me oxigenaba algo. Cenábamos a las ocho y a las nueve abrían las habitaciones. En ese momento hacíamos cola para tomar el somnífero correspondiente para cada uno y mucha gente se iba entonces a la cama.
 Si no te tomabas todavía el somnífero, no te ibas a la cama y a cambio buscabas conversación y no eras fumador, tenías un buen problema. La única posibilidad de conversación era a condición de tragarte muchísimo humo, de fumar sin fumar. De hecho en el psiquiátrico de agudos hay un espacio (cerrado para más Inri), o dos, al final del pasillo de las habitaciones, en el cual, solo el hecho de entrar es todo un reto a tu bienestar pulmonar. Pero es que habiendo como había tanto malestar  psíquico, uno se metía en semejante antro lleno de humo y de fumadores compulsivos, porque fuera de él había muy poca gente; demasiado poca y desperdigada; si querías un poco de “ambiente” te tenías que pasar el medio “ambiente” por las narices; literal y metafóricamente.
En el hospital psiquiátrico de media estancia del que estoy hablando ocurría algo muy parecido; había algunas mesas, cercanas a los ventanales donde se podía ver buena parte de la ciudad, donde se podía fumar. Lo de fumar es algo muy común en gente con problemas “psiquiátricos” (no me apetece nada decir “mentales”). Pero había que aguantar la humareda si no te querías quedar sólo. En fin, que además del humo que yo tragaba, lo peor era que no estaba en muy buenas condiciones para hablar. No había fuerza ni ganas. Y a veces las conversaciones se me hacían como muy lejanas en el espacio, aunque estuviera a medio metro de quien hablase. Me parecía increíble, por increíble que parezca (y no me perdonen la redundancia) el hecho de que la gente sonriese y riese, porque, por una razón que desconozco, pensaba que todos tenían que estar como yo. Sé que es muy mezquino, pero me molestaba ver gente tan feliz cuando yo no podía componer una media sonrisa. Mi mundo me parecía tremendamente injusto. No soy un amargado pero tal como estaba, mi cara no sería sólo  un poema, sino una larga parrafada de ridícula severidad. Más que nada porque cuando se acercaba la hora para dormir suponía (y acertaba) que iba a dormir muy bien pero me iba a despertar mal. Y cuanto humo, joder, cuánto humo…

Y así entre las nueve y media o diez me marchaba a la cama.
      Recuerdo que un día, digamos que pasados unos tres o cuatro meses de ingreso, mi doctora, ni corta ni perezosa, optó por ponerse muy severa conmigo, atacándome con algunos argumentos fuera de lugar. Claro, ella buscaba una reacción airada de personalidad autoafirmativa, pero lo que consiguió fue todo lo contrario. La conversación tuvo lugar un viernes por la tarde y para el sábado al mediodía tuve que volver al Hospital (como a ellas les gustaba llamarlo) incapaz de sostener mi ánimo en pie y completamente  hundido.
Lo primero que hizo el lunes por la mañana, cuando le contaron lo sucedido, fue pedirme perdón (aunque no rectificó ninguna de las barbaridades dichas el viernes, parecía incluso suscribirlas) porque ella no esperaba que mi reacción fuera, según sus palabras “de tal magnitud negativa”. 
Pero esta doctora (y ya que estamos terminando, me voy a poner todavía más personal) es la psiquiatra de más alto grado de humanidad y humildad que he conocido en toda mi vida Y además lista.. Pongámosle de nombre Inés García. Inés García que me sostuvo en mis dramáticos monólogos con todo el afecto, humiladad y firmeza que es posible poner en estos casos. Aunque la medicación no funcionaba, ella seguía allí siempre, a mi lado sujetándome el alma con su mirada comprensiva y compasiva (nada insultante la compasión en este caso crítico) animándome todos los días. Tenia, me repito ya, cualidades humanas extraordinarias.

    Pasados cinco meses desde mi ingreso y tras haber intentado todo tipo de combinaciones medicamentosas tuve que pedir el alta voluntaria y me la concedieron. Cuatro meses después, la depresión se marcho de un día para otro (como suena), con una crisis repentina de euforia que me puso hiperactivo hasta que me fui regulando.
Cuando escribo esto han pasado dos años y pico desde esta regulación. Eso sí, de finales del año pasado a principios de éste en el que escribo tuve una neurosis de varios meses relacionada con una persona, que me ha hecho aprender mucho. Estoy más fuerte pero tomo trece pastillas al día (dos de ellas para contrarrestar el efecto colateral de las restantes), que me agotan bastante y tengo crisis anímicas como todo el mundo. La vida es más soportable incluso feliz en algunos momentos y a partir de ahora, me dejaré fluir y quizá vuelva al agujero, quizá no. Que el tiempo hable. Hasta aquí llega mi testimonio. Siento que sería absurdo continuar con este muy personal escrito ahora que no sé (nadie lo sabe) qué nos deparará esta tragicomedia que llamamos vida. Recordando el título de una preciosa novela que leí con 19 años, si “la vida sale al encuentro”, espero que no lo haga en forma de terremoto (aunque quizá el terremoto haya sido yo mismo), pero nada podemos asegurar sobre el mañana. A modo de curiosidad quiero comentar que últimamente tengo la horrible sensación de estar haciendo el ridículo cada dos por tres.  Ahora mismo me voy a tomar dos pastillas y me voy a la cama. Me llamo Antxon


San Sebastián, 11 de Junio de 2011