Mi psiquiatra (en el sanatorio de Usurbil, de enero
a abril de 2013; último ingreso voluntario, eso se acabó) se llamaba María Rodríguez.
Estaba a punto de cumplir los treinta años; de hecho los cumplió durante mi
estancia. ¡Qué empeño le ponía! Por cierto, cuatro María-s que
conozco son muy peleonas.
Era tremendamente viva, me provocaba, me tomaba el
pelo, me trataba de forma absolutamente heterodoxa, no ejercía de psiquiatra
tradicional. Qué va; se ponía enfrente de mí y se reía de mí, pero no sé qué
tenía, que yo no me sentía ofendido. Me tocaba mucho las narices pero me caía
muy bien porque me rompía los esquemas; llegó a leerse mi primer libro (que es
más importante y mejor que el de Umbral), me sonreía solidariamente a mi rostro
a veces lastimero y sobre todo confiaba en mí mucho más que yo mismo. Madre
mía, qué fuerza vital. Era desordenada y despistada pero tenía una sensibilidad
y una garra intelectual como sólo he llegado a ver en muy pocos profesionales.
Se ponía a tu altura y lo daba todo. Ay María, sigue así…
A finales de 2014 me dijeron que ahora está trabajando en Vitoria. Esa mujer, a
medida que vaya cogiendo experiencia, va a hacer mucho bien. Me contó un día, y
de forma desenfadada, que era psiquiatra por vocación, y que cuando era cría,
en la escuela, le gustaba ayudar a los más (muy malamente llamados)
"colgaos"...Después de haber tratado con ella no me sorprende nada.
Esa mujer tenía fuego positivo y caluroso en su esencia, esa mujer nunca se
rendía, probaba todo tipo de estrategias y siempre estaba dispuesta a seguir
con entusiasmo, día tras día, constante, intensa, en fin, para quitarse el
sombrero.
Y sin embargo creo que se equivocó; la idea fue que yo debía de hacer una
psicoterapia cognitiva, una vez recibido el alta; tampoco se consiguió bajar
medicación, que en realidad fue la razón por lo que fui allí. Aquella estancia,
sirvió sólo (aunque ya es mucho) para que yo no haya vuelto ni piense volver
nunca, en manera de ingreso voluntario (salvo catástrofe) a ningún sitio de
estas características. El ingreso es contraproducente en mi caso.
El problema fue que no se
consiguió, una vez fuera, empezar a hacer esa terapia y cuando volví con mi
doctor de toda la vida (al que debo mi vida, y que valga la redundancia), éste
me dijo que una psicoterapia cognitiva para mí era totalmente contraproducente;
la psicoterapia cognitiva consistía en razonar y yo lo hacía muy bien según mi
psiquiatra, pero lo hacía desde mi pesimismo (provocado por las crisis que mi
enfermedad congénita y sin controlar me provocaba) y desde mis obsesiones que
se multiplicaban en las crisis depresivas.
Total, que ese tipo de psicoterapia (cognitiva)
era contraproducente en mi caso, pues enredaría más las cosas, porque mi cabeza
tendía a reflexionar sin orden ni concierto, hasta la extenuación; y todavía lo
hace, pero muchísimo menos, cada vez menos; antes pensaba y actuaba, o mejor
dicho, casi no actuaba por la presión de tanto pensamiento, ahora actúo y voy
pensando mientras tanto, tratando de evitar conversaciones internas con los
pensamientos que me provocan miedo, o con obsesiones a las que no debo dar de
comer, no debo de luchar contra ellas, pues defendiéndome o
tratando de razonar con ellas, se crecen, las muy capullas; es inútil
razonar contra o con tu obsesión, la obsesión es irracional, y todos las
tenemos; estoy seguro de que si hubiera hecho la terapia cognitiva todavía
estaría mal, o mucho peor. Todo esto siempre según mi médico de toda la vida, y
por supuesto tenía toda la razón; mi psiquiatra de toda la vida se retiró
con los deberes muy bien hechos, en mi caso por lo menos.
Pero volviendo a María, ahí se quedó la imagen de aquella mujer brillante, tan vitalmente fuerte y positiva. Cuando me fui le dije que le estaba muy agradecido por todo el empeño que había puesto, por confiar tanto en mí y que esperaba que si la veía diez años más tarde (no en el mismo lugar, vade retro, por favor) me gustaría que siguiera con la misma energía fuerte y positiva, con esa búsqueda de la empatía con el otro tan intensa… María tenía mucho sentido del humor y se reía con mucha tranquilidad de sus propios desastres, por eso era tan válida. Genio y figura, ojalá que hasta la sepultura...
San Sebastián, 14 de Marzo de 2016.
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